sábado, 14 de febrero de 2026

Laura, estudiante universitaria en los años treinta

La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación. 

[MARÍA CEGARRA. Cristales míos. Poemas de laboratorio (1935)]


La química y poeta de la minera localidad murciana de La Unión, María Cegarra (1899 – 1993), es un claro ejemplo de aquellas mujeres pioneras de las primeras décadas del siglo XX que tuvieron que abrirse paso en el mundo universitario español en una época donde la sociedad, aún, les tenía reservadas a las mujeres las tareas del hogar y el cuidado de la familia. Fue María Cegarra la primera perito químico de España, obteniendo su titulación en 1928. Esto le permitió ponerse al frente de su propio laboratorio de análisis de minerales y dedicarse profesionalmente a la química, también como profesora, de la que se fue enamorando. Y hoy afortunadamente se va reconociendo cada vez más su valiosa y original aportación a la poesía, en la que enlaza magistralmente la química con la evocación y sensibilidad propias de la creación poética, de lo cual son buena muestra sus Poemas de laboratorio, incluidos en su libro Cristales míos, de 1935.


[María Cegarra, química y poeta. Mural de Clara Ledo en Cartagena, 2021]


Dando un salto al mundo de la ficción novelesca hay que destacar la aparición, o más bien rescate, en 2018 de una interesante novela protagonizada por una mujer, una joven estudiante de Medicina en la España de los años treinta del pasado siglo, cuando ya es un hecho evidente la lenta pero progresiva incorporación de la mujer al mundo universitario, incluidas las carreras de ciencias. En 2018 la editorial Caro Raggio sacó a la luz la primera edición completa, sin las mutilaciones que en el pasado hizo la censura, de Laura o la soledad sin remedio, que escribiera el gran novelista vasco Pío Baroja en su exilio de París (1936 - 1940), durante la tragedia española de la Guerra Civil. La novela, que ahora podemos disfrutar plenamente, es considerada por muchos como la mejor de nuestro gran escritor después de la Guerra Civil (publicada por vez primera en 1939 en Argentina y posteriormente en Barcelona en 1942). 

La novela nos narra las vivencias de Laura Monroy, una estudiante de Medicina en la antigua Facultad madrileña de San Carlos. La personalidad de Laura, de naturaleza melancólica, tendente al decaimiento de ánimo y al sentimiento de soledad, contrasta con el vigor de Mercedes, que lucha y se esfuerza tenazmente para superar las duras circunstancias que le ha tocado vivir. En cierto modo el tema de esta novela tiene elementos comunes con la gran novela filosófica de Baroja, El árbol de la ciencia (1911). Comprenderá el lector que uno, que es barojiano y descubrió un nuevo mundo de pensamiento en su juventud con El árbol de la ciencia, no haya pasado por alto la publicación íntegra de Laura o la soledad sin remedio


Laura o la soledad... me resulta una novela muy atractiva por diferentes motivos: el ya mencionado de su relación temática con El árbol de la ciencia, la presencia de personajes de formación científica (médicos no podían faltar; el padre de Laura era catedrático de Geología y esta se casó con un astrónomo y matemático), tan frecuente en la obra de Baroja, médico de formación, y, muy destacable, el hecho de que la protagonista, Laura, sea una joven estudiante de medicina en aquellos agitados años treinta del pasado siglo cuando, además, la mujer española comenzaba a incorporarse con pleno derecho a los estudios universitarios. La propia madre de Laura no ve con buenos ojos al principio la extraña dedicación de su hija. Para doña Paz, la madre de la joven estudiante de medicina, Laura debería haber continuado sus estudios de piano y dedicar su tiempo a las tareas de la casa y a la familia pues para ella "las mujeres no servían para estudios científicos". Opinión esta que no debería  de diferir mucho de la de la mayoría de hombres y mujeres de aquella época.

En la narración nos dice Baroja que Laura se alegraba de haber estudiado la carrera de Medicina, pues esta le supuso una “lección de realismo duro y fuerte” que “le convenía para su carácter un poco soñador e idealista”. Los estudios de medicina y fisiología y, sobre todo, la práctica y la experiencia hospitalaria “la acercaron a la vida con sus necesidades y sus durezas” (algo que bien conocía Pío Baroja).


Hasta 1910 no se permitió oficialmente en España la matriculación de mujeres en todos los niveles educativos, haciendo posible su culminación con los estudios universitarios. La universidad que se encontraron estas estudiantes pioneras mantenía sin duda aún fuertes dosis de machismo. Nos dice Baroja que no faltaban en la Facultad estudiantes con aires chulescos, impropiamente llamados "castizos", que no escatimaban comentarios a y sobre las chicas del tipo "está que chuta", etc. Había otros estudiantes aficionados a los deportes (que seguían en la prensa las noticias referentes a partidos de fútbol, ciclismo, carreras o combates de boxeo; siendo cada vez menos los apasionados por la tauromaquia en los estudiantes universitarios). Asimismo, buen reflejo de la convulsa y crítica época (los años treinta del siglo XX) en la que se desarrolla la trama, Baroja cuenta que habían dejado la Facultad buena parte de los estudiantes revolucionarios que conoció Laura al entrar en ella, quedando solo algunos comunistas y fascistas.

La obra de Baroja, producto de la avidez lectora del escritor vasco y de su formación científica durante sus estudios de medicina, está llena de referencias científicas (Laura o la soledad... no es una excepción). Pío Baroja sabía bien que la ciencia, como conocimiento objetivo de la realidad con valiosas aplicaciones en diversos campos (entre ellos la salud), puede ser la mejor herramienta para el progreso de una nación y para el bienestar social. 

[Felisa Martín, primera doctora en Ciencias Físicas en España. Autora del retrato: Maitane Azurmendi]


No quiero concluir estas líneas sin recordar a algunas de esas pioneras en los estudios científicos en nuestro país, mujeres decididas y tenaces que abrieron camino para las demás, ejemplo para todos, cuando no faltaban trabas y críticas. María Sordé fue la primera licenciada en Ciencias en España (1914), alumna muy brillante que durante el curso 1906 – 07 fue la única chica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona. Isabel Ovín fue la primera mujer licenciada en Química en España (1917). El fallecimiento de su madre le impidió realizar el doctorado en Madrid y se dedicó a la enseñanza (uno de sus alumnos fue Manuel Losada Villasante, eminente bioquímico especialista en fotosíntesis y bioconversión de la energía, que obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 1995). Felisa Martín leyó su tesis doctoral en 1926, siendo la primera mujer en hacerlo en Ciencias Físicas en nuestro país y, en 1931, es la primera en ingresar en el Servicio Meteorológico (un año después fue becada para estudiar espectroscopía de rayos X en Cambridge, asistiendo a las clases de Rutherford).

Pioneras valientes en una época, las primeras décadas del siglo XX, en la que la presencia femenina en las aulas universitarias es todavía minoritaria.


PARA SABER MÁS:

Las primeras mujeres universitarias en España (1870-1936) | Archivos de la Historia

CIENTÍFICAS PIONERAS ESPAÑOLAS - Mujeres Ingeniosas





miércoles, 14 de enero de 2026

Tiempos de melancolía

 

No engañarse en las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la mercadería; ni ai cosa que más necessite de mirarse por dentro. Ai differencia entre el entender las cosas y conocer las personas; y es gran filosofía alcançar los genios y distinguir los humores de los hombres. Tanto es menester tener estudiados los sugetos como los libros.

[BALTASAR GRACIÁN. Oráculo manual y arte de prudencia (1647). Aforismo 157]


Los siglos XVI y XVII, en los que nace la ciencia moderna, son sin embargo una época en la que cobra protagonismo la melancolía, entendida esta en el contexto del humoralismo o teoría clásica de los cuatro humores, base de la medicina hipocrático-galénica que imperó largo tiempo (unos dos mil años). Este paradigma no solo fue la guía esencial para el quehacer médico sino que tiene su reflejo en la cultura y la moral y, cómo no, en la literatura y el arte. Especial vigor tomó este mito de la melancolía en España, en su Siglo de Oro.


Hipócrates de Cos (siglo V a.C.), nacido en esta isla próxima a la costa de Asia Menor (península de Anatolia, actual Turquía), fundamenta su pensamiento médico en la observación y la razón, aunque ciertamente es una medicina especulativa. La enfermedad, para los hipocráticos (aun siendo religiosos), tiene causas naturales; abandonan estos la idea de que una deidad pueda provocar o curar los males. Así, por ejemplo, la conocida como “enfermedad sagrada”, la epilepsia, era considerada de origen divino y, en cambio, los médicos hipocráticos se atreven a atribuirla a una alteración (hereditaria) del cerebro. En la escuela hipocrática de Cos, además, se da gran importancia a la recogida detallada de los fenómenos y signos que se observan en los enfermos y al ambiente en que estos viven (aires, aguas y lugares).



[Hipócrates de Cos. Imagen aquí]


Creía Hipócrates que el cuerpo poseía cuatro líquidos esenciales o humores de cuyo equilibrio dependía el estado de salud: la sangre, la flema, la bilis (amarilla) y la bilis negra. Cada persona tenía pues su propia proporción de los cuatro humores, que condicionaba su temperamento según el predominio de uno u otro. Así habría cuatro temperamentos: sanguíneo (vital, sociable, noble); colérico (dominado por la bilis amarilla y asociado a la energía, la excitación o la irritabilidad); flemático (en oposición al colérico, representa la calma, la tranquilidad, o una actitud más pasiva); y el melancólico (determinado por el predominio de la bilis negra). La melancolía (del griego, “bilis negra”) correspondía a la tendencia a la tristeza, al miedo, a los sentimientos de persecución, a la alternancia de estados de desánimo con otros de vehemencia. Frecuentemente se asociaba a los desequilibrios mentales, a la locura.


Los tratamientos hipocráticos de las enfermedades (desequilibrio de los humores) eran diversos aunque lo primero que se nos vendrá a la mente es la práctica de las sangrías (afortunadamente se fueron dejando de realizar gradualmente a partir del siglo XIX, por ineficaces y por provocar además el debilitamiento del enfermo). Jean Starobinski nos dice al respecto en Historia de la medicina (Ed. Continente, Madrid, 1965): “Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque esta posee una “fuerza medicadora” en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción. El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia)”.


Galeno de Pérgamo (siglo II d.C.), médico griego del imperio romano y autor muy prolífico, tomó el testigo de las ideas hipocráticas y concedió preponderancia a la teoría de los humores y sus desequilibrios (criticando abierta y duramente otras escuelas). Según señala Jean Starobinski, para el médico de Pérgamo no solo es necesario que los cuatro humores (sangre, flema, bilis y bilis negra o melancolía) se mezclen conforme a un justo “temperamento” sino que es preciso también que las cualidades opuestas (frío y calor, seco y húmedo) se repartan convenientemente. De las diversas combinaciones de humores y cualidades surgirían, según Galeno, las diferentes discrasias o desequilibrios y el tratamiento deberá restablecer el equilibrio del organismo (por ejemplo, en las “discrasias calientes” habría que administrar remedios refrescantes).


[Galeno de Pérgamo. Imagen aquí]


Y es que los cuatro humores tuvieron su correspondencia con los cuatro elementos aristotélicos, de manera que la melancolía (Galeno pensaba que la bilis negra se localizaba en el bazo) es asociada a la tierra, con sus cualidades de sequedad y frialdad. Y será Saturno la deidad y el planeta que le corresponde, el último planeta conocido entonces, en los confines del cosmos (en el modelo aristotélico, más allá sólo se encontraba la esfera de las estrellas fijas), en la profunda negrura. El plomo, según la alquimia, su metal, oscuro y pesado. Por su parte, la sangre se asociaba al elemento aire (cálida y húmeda), producida por el hígado, los pulmones y el corazón; la bilis amarilla se correspondía con el fuego (cálida y seca) y tenía su sede en el hígado; la flema, en cambio, se asociaba al elemento agua (fría y húmeda) y a los pulmones.


[Los cuatro elementos de la Antigüedad. Imagen aquí]


El Renacimiento y el siglo XVII , en plena génesis de la Revolución Científica, paradójicamente, son tiempos de auge de la melancolía (aunque, en este tiempo de nacimiento de la ciencia moderna, hay que destacar la importantísima labor innovadora o en cierta medida disruptiva de médicos como Vesalio, en anatomía, Paracelso, en la aplicación de la alquimia a la terapéutica, o Harvey, descubridor de la circulación de la sangre). Partiéndose de una creencia médica se extiende ampliamente al campo cultural y creativo. El más espectral de los humores, la no observada e imaginaria bilis negra que supuestamente predominaría en los melancólicos, recorrería el cuerpo de los hombres, haciendo languidecer al que se ve afectado por un exceso del negro fluido. El individuo de carácter melancólico se hace una pregunta trascendente, es más, para él el inhóspito mundo es una gran pregunta: "¿para qué?". Pero no pocas veces el espíritu melancólico es inquieto. Nos encontramos a melancólicos de extraordinaria capacidad de reflexión, de singular inteligencia, posiblemente introvertidos y raros, con una actividad mental intensa que los ensimisma de manera extraordinaria. Estos son capaces de mutar la pregunta melancólica, el "¿para qué?" por un "¿por qué?", interrogándose, en el caso del hombre de ciencia, sobre lo que observa, sobre los fenómenos que ocurren en el mundo (en los que focaliza sus inquietudes). Estos "tiempos de melancolía", valga la paradoja, son los momentos del nacimiento de la ciencia moderna. Y, tal vez, el taciturno Isaac Newton, rara avis, sea el melancólico más representativo de la Revolución Científica (véase el artículo de M. Keynes, "Balancing Newton's mind", análisis riguroso y actual de la singular personalidad y extraño comportamiento del gran científico inglés). Tampoco podemos obviar el carácter oscuro o melancólico de Johannes Kepler, que chocó frontalmente con la personalidad epicúrea o hedonista de Tycho Brahe cuando coincidieron en la Praga del emperador Rodolfo II (sin embargo, a pesar de la difícil relación que tuvieron, qué fructífera pareja científica, síntesis del discurrir teórico y matemático, en Kepler, y la minuciosa observación astronómica, en Brahe).


Lo cierto es que durante el Renacimiento había quien relacionaba la melancolía con la inteligencia, el ingenio y ciertas capacidades extraordinarias (en sintonía con las ideas aristotélicas). Carlo Frabetti en "¿En qué se parece la melancolía a un cuadrado mágico?" (capítulo de su libro de divulgación científica, que recomendamos, ¿El huevo o la gallina?, en Alianza editorial) nos dice que la mayoría de los expertos coinciden en ver en el famoso y misterioso grabado de Durero, Melancolía (1514), en el que aparece un cuadrado mágico de orden cuatro (16 casillas), una alegoría del estado de ánimo deprimido, melancólico, característico del pensador incapaz de pasar a la acción (frecuentemente el intelectual no es hombre de acción). Se creía en el Renacimiento que la melancolía era típica de los estudiosos, ensimismados por sus profundas reflexiones que les hacían parecer enfermos. Por tanto, el grabado de Durero podría ser una alegoría de la inteligencia deprimida.




[Melancolía, obra de Durero (1514). Imagen aquí]



Aunque entre los médicos de la época hay discrepancias, no faltan quienes llevan sus ideas sobre la melancolía hacia la extravagancia, asociándola a las capacidades intelectuales más disparatadas. Así, por ejemplo, Antonio Ponce de Santa Cruz, catedrático en Valladolid (defensor de un galenismo intransigente o contrarreformista), publicó en 1622 el manuscrito de su padre, el también doctor Alfonso de Santa Cruz, Dignotio et cura affectuum melancholicorum, quien estaba convencido de que los melancólicos poseían la extraordinaria capacidad de hablar latín sin tener que haberlo aprendido antes.


Para SABER MÁS:


- R. BARTRA, Melancolía y ciencia en el Siglo de Oro, Revista Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

- M. KEYNES, 
Balancing Newton's mind: his singular behaviour and his madness of 1692 - 93, Notes and Records of The Royal Society (2008).

- J. MARÍA LÓPEZ PIÑERO. La Medicina en la historia. Aula Abierta Salvat. Barcelona, 1981.-

- A. MOYA, 
Una reflexión sobre la melancolía del hombre de ciencia, Mètode (invierno 2002/03).

- J. STAROBINSKI. Historia de la Medicina. Historia ilustrada de las ciencias y de las invenciones. Editorial Continente, Madrid, 1965.