miércoles, 14 de enero de 2026

Tiempos de melancolía

 

No engañarse en las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la mercadería; ni ai cosa que más necessite de mirarse por dentro. Ai differencia entre el entender las cosas y conocer las personas; y es gran filosofía alcançar los genios y distinguir los humores de los hombres. Tanto es menester tener estudiados los sugetos como los libros.

[BALTASAR GRACIÁN. Oráculo manual y arte de prudencia (1647). Aforismo 157]


Los siglos XVI y XVII, en los que nace la ciencia moderna, son sin embargo una época en la que cobra protagonismo la melancolía, entendida esta en el contexto del humoralismo o teoría clásica de los cuatro humores, base de la medicina hipocrático-galénica que imperó largo tiempo (unos dos mil años). Este paradigma no solo fue la guía esencial para el quehacer médico sino que tiene su reflejo en la cultura y la moral y, cómo no, en la literatura y el arte. Especial vigor tomó este mito de la melancolía en España, en su Siglo de Oro.


Hipócrates de Cos (siglo V a.C.), nacido en esta isla próxima a la costa de Asia Menor (península de Anatolia, actual Turquía), fundamenta su pensamiento médico en la observación y la razón, aunque ciertamente es una medicina especulativa. La enfermedad, para los hipocráticos (aun siendo religiosos), tiene causas naturales; abandonan estos la idea de que una deidad pueda provocar o curar los males. Así, por ejemplo, la conocida como “enfermedad sagrada”, la epilepsia, era considerada de origen divino y, en cambio, los médicos hipocráticos se atreven a atribuirla a una alteración (hereditaria) del cerebro. En la escuela hipocrática de Cos, además, se da gran importancia a la recogida detallada de los fenómenos y signos que se observan en los enfermos y al ambiente en que estos viven (aires, aguas y lugares).



[Hipócrates de Cos. Imagen aquí]


Creía Hipócrates que el cuerpo poseía cuatro líquidos esenciales o humores de cuyo equilibrio dependía el estado de salud: la sangre, la flema, la bilis (amarilla) y la bilis negra. Cada persona tenía pues su propia proporción de los cuatro humores, que condicionaba su temperamento según el predominio de uno u otro. Así habría cuatro temperamentos: sanguíneo (vital, sociable, noble); colérico (dominado por la bilis amarilla y asociado a la energía, la excitación o la irritabilidad); flemático (en oposición al colérico, representa la calma, la tranquilidad, o una actitud más pasiva); y el melancólico (determinado por el predominio de la bilis negra). La melancolía (del griego, “bilis negra”) correspondía a la tendencia a la tristeza, al miedo, a los sentimientos de persecución, a la alternancia de estados de desánimo con otros de vehemencia. Frecuentemente se asociaba a los desequilibrios mentales, a la locura.


Los tratamientos hipocráticos de las enfermedades (desequilibrio de los humores) eran diversos aunque lo primero que se nos vendrá a la mente es la práctica de las sangrías (afortunadamente se fueron dejando de realizar gradualmente a partir del siglo XIX, por ineficaces y por provocar además el debilitamiento del enfermo). Jean Starobinski nos dice al respecto en Historia de la medicina (Ed. Continente, Madrid, 1965): “Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque esta posee una “fuerza medicadora” en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción. El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia)”.


Galeno de Pérgamo (siglo II d.C.), médico griego del imperio romano y autor muy prolífico, tomó el testigo de las ideas hipocráticas y concedió preponderancia a la teoría de los humores y sus desequilibrios (criticando abierta y duramente otras escuelas). Según señala Jean Starobinski, para el médico de Pérgamo no solo es necesario que los cuatro humores (sangre, flema, bilis y bilis negra o melancolía) se mezclen conforme a un justo “temperamento” sino que es preciso también que las cualidades opuestas (frío y calor, seco y húmedo) se repartan convenientemente. De las diversas combinaciones de humores y cualidades surgirían, según Galeno, las diferentes discrasias o desequilibrios y el tratamiento deberá restablecer el equilibrio del organismo (por ejemplo, en las “discrasias calientes” habría que administrar remedios refrescantes).


[Galeno de Pérgamo. Imagen aquí]


Y es que los cuatro humores tuvieron su correspondencia con los cuatro elementos aristotélicos, de manera que la melancolía (Galeno pensaba que la bilis negra se localizaba en el bazo) es asociada a la tierra, con sus cualidades de sequedad y frialdad. Y será Saturno la deidad y el planeta que le corresponde, el último planeta conocido entonces, en los confines del cosmos (en el modelo aristotélico, más allá sólo se encontraba la esfera de las estrellas fijas), en la profunda negrura. El plomo, según la alquimia, su metal, oscuro y pesado. Por su parte, la sangre se asociaba al elemento aire (cálida y húmeda), producida por el hígado, los pulmones y el corazón; la bilis amarilla se correspondía con el fuego (cálida y seca) y tenía su sede en el hígado; la flema, en cambio, se asociaba al elemento agua (fría y húmeda) y a los pulmones.


[Los cuatro elementos de la Antigüedad. Imagen aquí]


El Renacimiento y el siglo XVII , en plena génesis de la Revolución Científica, paradójicamente, son tiempos de auge de la melancolía (aunque, en este tiempo de nacimiento de la ciencia moderna, hay que destacar la importantísima labor innovadora o en cierta medida disruptiva de médicos como Vesalio, en anatomía, Paracelso, en la aplicación de la alquimia a la terapéutica, o Harvey, descubridor de la circulación de la sangre). Partiéndose de una creencia médica se extiende ampliamente al campo cultural y creativo. El más espectral de los humores, la no observada e imaginaria bilis negra que supuestamente predominaría en los melancólicos, recorrería el cuerpo de los hombres, haciendo languidecer al que se ve afectado por un exceso del negro fluido. El individuo de carácter melancólico se hace una pregunta trascendente, es más, para él el inhóspito mundo es una gran pregunta: "¿para qué?". Pero no pocas veces el espíritu melancólico es inquieto. Nos encontramos a melancólicos de extraordinaria capacidad de reflexión, de singular inteligencia, posiblemente introvertidos y raros, con una actividad mental intensa que los ensimisma de manera extraordinaria. Estos son capaces de mutar la pregunta melancólica, el "¿para qué?" por un "¿por qué?", interrogándose, en el caso del hombre de ciencia, sobre lo que observa, sobre los fenómenos que ocurren en el mundo (en los que focaliza sus inquietudes). Estos "tiempos de melancolía", valga la paradoja, son los momentos del nacimiento de la ciencia moderna. Y, tal vez, el taciturno Isaac Newton, rara avis, sea el melancólico más representativo de la Revolución Científica (véase el artículo de M. Keynes, "Balancing Newton's mind", análisis riguroso y actual de la singular personalidad y extraño comportamiento del gran científico inglés). Tampoco podemos obviar el carácter oscuro o melancólico de Johannes Kepler, que chocó frontalmente con la personalidad epicúrea o hedonista de Tycho Brahe cuando coincidieron en la Praga del emperador Rodolfo II (sin embargo, a pesar de la difícil relación que tuvieron, qué fructífera pareja científica, síntesis del discurrir teórico y matemático, en Kepler, y la minuciosa observación astronómica, en Brahe).


Lo cierto es que durante el Renacimiento había quien relacionaba la melancolía con la inteligencia, el ingenio y ciertas capacidades extraordinarias (en sintonía con las ideas aristotélicas). Carlo Frabetti en "¿En qué se parece la melancolía a un cuadrado mágico?" (capítulo de su libro de divulgación científica, que recomendamos, ¿El huevo o la gallina?, en Alianza editorial) nos dice que la mayoría de los expertos coinciden en ver en el famoso y misterioso grabado de Durero, Melancolía (1514), en el que aparece un cuadrado mágico de orden cuatro (16 casillas), una alegoría del estado de ánimo deprimido, melancólico, característico del pensador incapaz de pasar a la acción (frecuentemente el intelectual no es hombre de acción). Se creía en el Renacimiento que la melancolía era típica de los estudiosos, ensimismados por sus profundas reflexiones que les hacían parecer enfermos. Por tanto, el grabado de Durero podría ser una alegoría de la inteligencia deprimida.




[Melancolía, obra de Durero (1514). Imagen aquí]



Aunque entre los médicos de la época hay discrepancias, no faltan quienes llevan sus ideas sobre la melancolía hacia la extravagancia, asociándola a las capacidades intelectuales más disparatadas. Así, por ejemplo, Antonio Ponce de Santa Cruz, catedrático en Valladolid (defensor de un galenismo intransigente o contrarreformista), publicó en 1622 el manuscrito de su padre, el también doctor Alfonso de Santa Cruz, Dignotio et cura affectuum melancholicorum, quien estaba convencido de que los melancólicos poseían la extraordinaria capacidad de hablar latín sin tener que haberlo aprendido antes.


Para SABER MÁS:


- R. BARTRA, Melancolía y ciencia en el Siglo de Oro, Revista Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

- M. KEYNES, 
Balancing Newton's mind: his singular behaviour and his madness of 1692 - 93, Notes and Records of The Royal Society (2008).

- J. MARÍA LÓPEZ PIÑERO. La Medicina en la historia. Aula Abierta Salvat. Barcelona, 1981.-

- A. MOYA, 
Una reflexión sobre la melancolía del hombre de ciencia, Mètode (invierno 2002/03).

- J. STAROBINSKI. Historia de la Medicina. Historia ilustrada de las ciencias y de las invenciones. Editorial Continente, Madrid, 1965.




domingo, 14 de diciembre de 2025

Medir la lluvia: el pluviómetro y el pluviógrafo


Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.


(ANTONIO MACHADO; Recuerdo infantil, 1906)



La pluviometría (del latín pluvia, "lluvia", y del griego -metría, derivado de métron, "medida") , o medición de la precipitación, variable meteorológica y climática de máximo interés, se realiza con un dispositivo llamado pluviómetro. Si el instrumento dispone de un sistema de grabación para registrar gráficamente la cantidad de lluvia en un cierto intervalo de tiempo (por ejemplo, una semana) hablaríamos de pluviógrafo. Si lo que queremos es medir la precipitación en un lugar remoto de montaña, de difícil acceso, necesitaremos un pluviómetro que nos permita recoger gran cantidad de agua para realizar la medida con menor frecuencia (como una estación o incluso un año completo); llamamos entonces al instrumento totalizador.


La medida de precipitación se expresa en L/m2 o, lo que es lo mismo, en mm. Pero, ¿por qué son equivalentes estas dos unidades aparentemente distintas? Es fácil demostrarlo. Resulta que 1 L/m2 corresponde a una precipitación de 1 L (1 dm3 = 1000 cm3 = 1000 mL) caída en una superficie de 1 m2 (1m x 1m). Y si tuviéramos un depósito de 1 m2 de superficie, la anterior precipitación de 1 L por cada metro cuadrado  alcanzaría una altura en él de, justamente, 1 mm. Veamos: puesto que 1 m2 equivale a 1.000.000 mm2 (hay tres escalones, de unidades cuadradas, que bajar; por tanto, 100 x 100 x 100 = 1.000.000), el volumen del agua depositada cuando alcance una altura de 1 mm en una superficie de 1 m2 será V = 1 mm x 1.000.000 mm2 = 1.000.000 mm3. Si no nos mareamos con tantos ceros veremos que, como un millón de milímetros cúbicos es lo mismo que un decímetro cúbico (1 dm3 = 1.000.000 mm3 ya que hay dos escalones de unidades cúbicas, que van de 1000 en 1000), o sea, equivalente a 1 L (1 dm3 = 1 L), decir que la precipitación es de 1 L/m2  es lo mismo que afirmar que ha sido de 1 mm (altura de agua de 1 mm en una superficie de 1 metro cuadrado). Así, por ejemplo, si leemos que el día con más lluvia en Sevilla, según los registros, fue el 2 de noviembre de 1997 con 109 litros, estaremos indicando que cayeron aquel lluvioso día del otoño sevillano 109 L/m2 o 109 mm (altura del agua en cada metro cuadrado).

Si construimos un pluviómetro deberemos tener en cuenta que habrá que medir con exactitud el diámetro de la abertura superior colectora expuesta a la precipitación. Así podremos calcular fácilmente su área (el área de un círculo se calcula multiplicando el número pi, aproximadamente 3,14, por el cuadrado del radio). El agua recogida es dirigida a un depósito (en los dispositivos comerciales ya graduado y calibrado) a través de un embudo. La tarea es fácil; si queremos ver cuál ha sido la precipitación en un día, determinamos los mL (o L) recogidos en el depósito (en los pluviómetros comerciales, ya calibrados, la lectura es directa en mm) y mediante una proporción directa, conocida la superficie de captación de precipitación de nuestro pluviómetro, hallamos los litros que se recogerían en un colector de abertura superior igual a 1 m2. El resultado lo expresaremos, como es norma, en L/m2 o mm, unidades equivalentes. Así, por ejemplo, para un pluviómetro con una embocadura de 14 cm de diámetro (como tenían los primeros dispositivos medidores coreanos de mediados del siglo XV), si se recogen 385 mL de lluvia, haciendo los cálculos, obtendríamos una precipitación de 25 L/m² o 25 mm.

¿Qué ocurre si la precipitación es en forma de nieve? Habitualmente se acepta que 1 cm de nieve recién caída equivale a 1 L/m2  (1 mm) de agua líquida, si bien José Miguel Viñas nos aclara oportunamente en su libro Curiosidades meteorológicas que nuevos y precisos estudios de campo han elevado hasta 1,3 dicha equivalencia, valor que sigue siendo una estimación pues la variedad de nieve es grande, desde la liviana nieve seca (cuya densidad se encuentra entre 0,05 y 0,1 g/cm3; valor este último, recordemos, que es la décima parte de la densidad del agua líquida) hasta la llamada húmeda (con densidad superior a 0,2 g/cm3).

La historia de los pluviómetros es muy dilatada (debido a la importancia de las lluvias, sobre todo en agricultura) y hay que remontarse muchos siglos atrás para encontrar los primeros medidores de precipitación. Hace 2500 años había ya en Grecia recipientes colectores de lluvia que permitían llevar una contabilidad de la precipitación y encontramos una muy temprana referencia en la India en el siglo IV a.C: "Delante del almacén, un tazón de fuente con su boca tan ancha como un Aratni será fijado como un medidor de lluvia" (véase el interesante artículo "Una historia de pluviómetros", de Ian Strangeways, publicado en la RAM). Pero la aparición del primer pluviómetro propiamente dicho está documentada en el lejano oriente, en la Corea del rey Sejong el Grande. El ingenio, conocido como cheugugi, fue diseñado probablemente por el inventor coreano Jang Yeong-sil en 1441. Este pluviómetro estaba hecho inicialmente de hierro y tenía una embocadura con un diámetro de 14 cm. Posteriormente se hicieron también de bronce y de cerámica, con la abertura superior de 15 – 17 cm de diámetro. Se hicieron réplicas del cheugugi que, dada la importancia de la información pluviométrica para la planificación de las tareas agrícolas, fueron repartidas entre los gobernadores provinciales.


[Benedetto Castelli; imagen aquí]

Parece ser que la primera pluviometría moderna realizada en Europa fue llevada a cabo por Benedetto Castelli (1578 - 1643), amigo y discípulo de Galileo Galilei, quien utilizó un vaso graduado cilíndrico en 1639. Digno de mención es el célebre arquitecto, astrónomo y científico inglés Christopher Wren (1632 – 1723), al que se debe, entre otros méritos, la reconstrucción de Londres tras el gran incendio de 1666, con la Catedral de San Pablo como obra cumbre (sin olvidar que fue uno de los miembros fundadores de la Royal Society londinense, institución que vio la luz en 1660). Wren es el inventor del pluviómetro con cubetas basculantes (1662), al que incorporó un sistema mecánico con una plumilla que registraba de forma continua en un papel graduado la lluvia caída durante un cierto período de tiempo (pluviógrafo). Y hasta el mismísimo Robert Hooke (1635 - 1703), uno de los científicos experimentales de mayor relieve en la historia de la ciencia y colaborador y amigo de Christopher Wren, entre los diversos campos que trató estuvo la pluviometría: construyó un medidor de precipitación para la universidad inglesa de Gresham (1695).


[Christopher Wren; imagen aquí]


Actualmente se utilizan los pluviómetros Hellmann, diseño de Gustav Johann Georg Hellmann (1854 - 1939), meteorólogo alemán.  El depósito se fija a un pequeño mástil de manera que la abertura superior (de 200 cm² en los homologados por la Organización Meteorológica Mundial, OMM) constituye la boca de un embudo que se encuentra en el interior de una carcasa metálica cilíndrica. El embudo tiene la misión de llevar el agua de lluvia hasta otro depósito inferior. El diseño permite minimizar las indeseables pérdidas por evaporación, que de ser relevantes llevarían a cometer un error por defecto.


[Pluviómetro Hellmann; imagen aquí]


Por último, señalemos en este breve recorrido histórico por la pluviometría el invento del catalán Ramón Jardí i Borrás (1881 – 1972), meteorólogo, astrónomo y sismólogo, catedrático de la Universidad de Barcelona. A él le debemos el conocido como pluviógrafo de intensidades Jardí, que entró en funcionamiento en 1921. Uno se instaló en el Observatorio Fabra de Barcelona en 1927, la “joya de la corona” de dicho Observatorio, y es considerado el instrumento más antiguo del mundo que registra datos de intensidad de la lluvia, un parámetro de gran interés ya que es lo que suele provocar incidencias y problemas de, a veces, nefastas consecuencias. El pluviógrafo de intensidades Jardí es de sifón y consiste en un recipiente cilíndrico que contiene una pequeña boya, de manera que por una abertura entra el agua de la lluvia mientras que por otra va saliendo.

En este punto es de justicia recordar la olvidada labor de los numerosos inventores españoles poco o muy escasamente conocidos. Es el nuestro un país de ingenio, de inventores que, demasiadas veces, no han sido valorados y reconocidos como merecen. Como muestra de ello, citemos solo a una decena relevante: Juanelo Turriano (1500 – 1585), de origen italiano, es célebre por el “artificio hidráulico de Juanelo”; Jerónimo de Ayanz (1553 – 1613) por la máquina de vapor industrial; Manuel García (1805 – 1906), barítono e inventor del laringoscopio; Isaac Peral (1851 – 1895), inventor del submarino con propulsión eléctrica; Torres Quevedo (1852 – 1936), pionero de la automática; Concepción Aleixandre (1862 – 1952), inventora de diferentes instrumentos ginecológicos; Emilio Herrera (1879 – 1967), inventor de la escafandra estratonáutica; Mónico Sánchez (1880 – 1961) diseñó un aparato portátil de rayos X; Juan de la Cierva (1895 – 1936), padre del autogiro, híbrido de aeroplano y helicóptero; y Ángela Ruíz (1895 – 1975), a quien debemos una enciclopedia mecánica precursora del libro electrónico. Ellos y muchos otros inventores españoles deben ser recordados.

Es importante medir la lluvia como fundamental dato meteorológico (junto con la temperatura es la variable de mayor significación para los estudios climáticos). Y, a veces, la lluvia, qué evocadora … Monotonía de la lluvia en los cristales.


PARA SABER MÁS:

- Viñas, José Miguel. Breve historia del pluviómetro.

Strangeways, Ian. Una historia de pluviómetros. Parte I y Parte II.

https://beteve.cat/medi-ambient/pluviograf-jardi-joia-observatori-fabra-barcelona/


viernes, 14 de noviembre de 2025

No solo lava. Las grandes nubes de ceniza volcánica

 

"Un volcán es el último episodio de un drama que comienza bastantes kilómetros por debajo de donde empieza a aparecer la lava [...]. Se trata, simplemente, de un desahogo de la energía que existe en el interior de nuestro planeta".

JOSÉ MARÍA FÚSTER CASAS (1923 - 2000); catedrático emérito de Petrología y Geoquímica de la UCM.



Erupción del Vesubio, obra pintada en el último cuarto del siglo XVIII por Antonio Carnicero Mancio (1748-1814).. Óleo sobre lienzo. Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid (España).Procedencia de la imagen aquí.

Cuando tenemos lejos los volcanes, estos no suelen preocuparnos; pero hemos podido comprobar en numerosas ocasiones cómo la distancia no es óbice para que las nubes de gases y ceniza que de ellos emanan nos afecten seriamente. Hace poco más de quince años (aún lo recuerdo bien) fue un impronunciable volcán islandés, que parecía dormido (no lo estaba) bajo el glaciar, fuego bajo el hielo, el que puso en jaque al espacio aéreo de buena parte de Europa. Pero los importantes perjuicios a pasajeros y compañías no son casi nada comparados con las alteraciones climáticas que las grandes erupciones pueden provocar, drásticos enfriamientos, a veces duraderos, debidos al incremento de la luz solar reflejada por un gran volumen de cenizas volcánicas.

No pocas veces ha aflorado el magma con gran violencia a lo largo de la historia. Así, hace 74.000 años, la potente erupción del volcán Toba (en la isla indonesia de Sumatra) pudo arrojar unos 2500 km3 de cenizas que alcanzaron gran altura en la atmósfera y, en consecuencia, produjo un enfriamiento global (se estima que hasta 10 grados de descenso de la temperatura al llegar menos radiación solar a la superficie terrestre). Esta catástrofe puso al hombre en serias dificultades de adaptación, casi al borde de la extinción. Entre las erupciones más importantes de la historia podemos citar: Laki (Islandia, 1783), Tambora (Indonesia, isla de Sumbawa, 1815), Krakatoa (se encontraba entre Java y Sumatra, 1883), monte Santa Helena (Estados Unidos, 1980) y Monte Pinatubo (Filipinas, 1991). Y en 2010, menos importante que las anteriores, la erupción del Eyjafjallajokull, el volcán escondido bajo el hielo islandés.


José Miguel Viñas nos explica perfectamente en su web, http://www.divulgameteo.es/, las características de una nube volcánica:


"Las nubes de origen volcánico presentan algunas particularidades que las distinguen claramente de las convencionales. Los materiales incandescentes que lanza con furia el volcán hacia arriba generan de inmediato un gigantesco pirocúmulo que gana altura con rapidez. En su interior conviven gases tóxicos procedentes de las emanaciones del volcán, con vapor de agua y abundantes piroclastos, que serían los fragmentos de roca volcánica de diferentes calibres -desde las cenizas más pequeñas, con diámetros siempre inferiores a los 2 mm, hasta piedras de considerable tamaño- que tiñen la nube de un color negro característico. La fricción a la que se ven sometidos los distintos materiales ardientes genera una separación de cargas eléctricas, lo que suele dar como resultado la aparición de rayos dentro de la nube de cenizas."


Pero a nadie debiera extrañarle la erupción de un volcán en aquellas septentrionales tierras heladas de Islandia, entre dos placas tectónicas (la isla se encuentra atravesada por el límite divergente de las placas norteamericana y euroasiática), un territorio geológicamente muy joven y dinámico, con más de una treintena de volcanes activos. De hecho generó gran preocupación a los geólogos la proximidad del volcán bajo el glaciar, el Eyjafjallajokull (al sur de la isla), a otros, como el Katla, que ya han demostrado de lo que son capaces. 

Por su parte, Miguel Delibes de Castro, en el recomendable blog "La ciencia es la única noticia", nos aportó alguna información valiosa y sorprendente:


"Estos días muchos vuelos han sido cancelados y algunos aeropuertos cerrados tras la segunda erupción en el Eyjafjall. No es para tomarlo a broma. Entre 1783 y 1785, las cenizas y aerosoles del Laki y el Grimsvötn, volcanes islandeses cercanos, eliminaron la cuarta parte de la población humana de la isla y más de la mitad del ganado. Algunos historiadores piensan que los efectos catastróficos del Laki sobre el clima y el rendimiento de las cosechas en Europa, con las consiguientes hambrunas, iniciaron el malestar que desembocó en la Revolución Francesa."

(Puede leerse el artículo completo pinchándose en: "Bajo el volcán"). 


En Byron, el geólogo y escritor Jorge Ordaz (autor del blog "Obiter dicta" que, entre otras, contiene la fascinante y original sección "Geoletras" sobre las relaciones entre la geología y la literatura) nos describe así la mayor erupción volcánica que registra la historia (la gigantesca del Toba pertenece a la prehistoria, cuando Homo sapiens daba sus primeros pasos por el planeta), la del Monte Tambora en 1815:


"Una colosal columna de cenizas se elevó hasta una altura de más de 40 km. Más de 10.000 personas murieron a consecuencia del flujo piroclástico. Le siguieron hambrunas que acabaron con la vida de más de 100.000 habitantes de las Indias Orientales. El dióxido de azufre emitido durante la erupción y acumulado en forma de aerosol ácido en las altas capas de la atmósfera tuvo efectos climáticos a corto plazo, reduciendo durante más de un año el calor solar en la superficie del planeta."


Y así, el verano siguiente el tiempo fue frío y desapacible en la distante Europa, como consecuencia de la gran nube de cenizas expulsada por el volcán de la isla indonesia de Sumbawa. Un gélido verano no conocido, de manera que, sin exagerar, aquel 1816 fue llamado "el año en el que no hubo verano". Y lo cierto es que los europeos no podían sospechar la causa. Curiosamente, nos cuenta  Jorge Ordaz, aquel oscuro verano de 1816 propició la aparición de dos de los relatos de terror más célebres de la literatura inglesa: Frankestein, de Mary Shelley, y El vampiro, de John William Polidori, médico particular de lord Byron.


Mas no solo fueron esas las consecuencias literarias de aquel  frío y tenebroso 1816. Lord Byron, inspirado por aquello, escribió el poema Darkness ("Oscuridad"). Los primeros versos nos describen poéticamente a la perfección lo que percibía y sentía el escritor romántico:


I had a dream, which was not all a dream.

The bright sun was extinguish´d, and the stars

did wander darkling in the eternal space,

rayless, and pathless, and the icy earth

swung blind and blackening in the moonless air;

[...]


sábado, 26 de agosto de 2023

Del veneno (la nicotina) a la vitamina (el ácido nicotínico)

La nicotina es un alcaloide bien conocido, presente en las hojas del tabaco (Nicotiana tabacum). Su fórmula molecular es C10H14N2. Y he aquí su estructura (para los interesados en el detalle):


                                                    [Imagen procedente de Wikipedia]

Es un líquido amarillento muy amargo, de fuerte olor (a tabaco, claro) y muy soluble en agua. Pero la característica que más nos interesa (y preocupa) es su elevada toxicidad.

El nombre de esta sustancia venenosa de la planta del tabaco (la nicotina) deriva del francés nicotiane, a su vez proveniente de Nicot. Jean Nicot fue embajador de Francia en Lisboa e introdujo dicha planta americana en su país hacia 1560. Así los franceses llamaron al tabaco nicotiane. En el siglo XVI al tabaco se le atribuían propiedades medicinales, describiendo el médico sevillano Nicolás Monardes un buen número de ellas. El iatroquímico Félix Palacios emplea a comienzos del siglo XVIII la palabra nicociana para referirse al tabaco. La nicotina fue aislada de las hojas del tabaco por primera vez por los alemanes Posselt y Reimann, en 1828.


Hoy sabemos que la nicotina es una sustancia muy tóxica. Una dosis de 40 a 60 mg puede ser mortal para seres humanos adultos y la rapidez de su toxicidad es similar a la del cianuro. Se absorbe con gran facilidad a través de las mucosas, así como por las vías respiratorias y la piel. Sus efectos pueden ir desde diarrea, vómitos, dolor de cabeza o taquicardia, en dosis bajas, hasta convulsiones y arritmias, o incluso estado de coma, paro respiratorio y paro cardiaco, en dosis altas. Algunos insecticidas llevan la nicotina entre sus componentes.


Pancracio Celdrán nos narra la historia de la primera víctima reconocida del tabaco, o más exactamente de la nicotina (en Hablar con corrección; capítulo "Etimología y peripecia semántica de algunas palabras", p. 331; Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 2006). Ocurrió en 1851 cuando un belga envenenó a su cuñado. Se descubrió que el agente causante del envenenamiento había sido la nicotina. El asesino había trabajado en la extracción de esta sustancia y, sin duda, sabía  que este alcaloide era un veneno útil para sus criminales propósitos. Concluye Pancracio Celdrán: "Aquel mismo año, la Academia de Medicina de Francia confirmó que el tabaco era un veneno; han pasado ciento cincuenta y todavía hay quien se pregunta si fumar es malo".      

A propósito de este veneno que es la nicotina comentemos aquí que el químico austriaco Hugo Weidel (1849 - 1899) describió la estructura del ácido nicotínico, el cual había obtenido por oxidación de la nicotina en 1873.


[Bajorrelieve de HUGO WEIDEL, con embudo de decantación,
 en la Universidad de Viena. Foto del autor]


[Niacina o vitamina B3; anteriormente conocida como "ácido nicotínico".
Imagen procedente de Wikipedia]

No fue hasta 1937 cuando el químico norteamericano Conrad Elvehjem descubrió que el ácido nicotínico era una vitamina y, por tanto, esencial para el organismo. Como consecuencia de ello, para no vincular esta vitamina (ácido nicotínico) con el potente veneno que es la nicotina, años después se decidió cambiarle el nombre por el de niacina, proveniente del inglés nicotinic acid vitamin (niacin). Es la vitamina B3.

Los derivados de la niacina son fundamentales en el metabolismo energético de las células. Hoy sabemos que la niacina o vitamina B3 (el ácido nicotínico de Weidel) juega un importante papel en nuestra salud, en particular en el buen funcionamiento del aparato digestivo, la piel y los nervios. Esta vitamina es hidrosoluble, por lo que no se acumula en el organismo al poder ser eliminado su exceso mediante la orina. Es rara su carencia el organismo ya que puede ser sintetizada a partir del aminoácido triptófano (frecuente en diversas proteínas). La enfermedad carencial de la niacina o vitamina B3 es la pelagra, caracterizada por las tres d: diarrea, dermatitis y demencia.

Así que si escucha o lee que el ácido nicotínico es una vitamina no piense que fumar es saludable, nada más lejos de la realidad.