sábado, 16 de marzo de 2019

La ciencia y la técnica del siglo XIX

[Alfred Russel Wallace hacia 1880]


Es el siglo XIX una centuria de enormes avances en la ciencia y la tecnología. Pensemos en la importancia y cantidad de descubrimientos científicos producidos entre la invención de la pila eléctrica por Volta y el descubrimiento de la radiación infrarroja por William Herschel (1800) y la célebre y crucial ecuación de Planck para la energía de un fotón o cuanto de luz (1900), que abre un nuevo camino sorprendente para la física con el nacimiento de la teoría cuántica. Entre ambas fechas se desarrollan disciplinas como el electromagnetismo, la termodinámica, la química (particularmente la orgánica), la fisiología o la microbiología, por citar solo algunas. Y no solo es el siglo del positivismo y de los avances científicos de aplicaciones tecnológicas muy importantes que cambian la vida de las personas, también es el siglo en el que ven la luz teorías tan trascendentales como la teoría atómica de Dalton o la teoría de la evolución mediante la selección natural de Darwin, las cuales cambiarían por completo la visión que el hombre tendría del mundo y de sí mismo. Ya nada volvería a ser igual, ni en lo teórico ni en lo práctico, ni en lo filosófico.

Precisamente uno de los padres de la teoría de la evolución, Alfred Russel Wallace (1823 - 1913), quien propuso su teoría de forma independiente de la de Darwin, escribió un libro a finales del siglo XIX en el que analizaba los éxitos (también lo que él consideraba fracasos) de la próspera centuria que terminaba: The Wonderful Century

[Fuente de la imagen aquí]

En esta obra Wallace destaca trece grandes conquistas de la técnica en el siglo XIX, trece avances decisivos para la humanidad. Son los siguientes:

- El ferrocarril.
- La navegación a vapor.
- El telégrafo eléctrico.
- El teléfono.
- Los fósforos de encender.
- La iluminación con gas.
- La luz eléctrica.
- La fotografía.
- El fonógrafo.
- Los rayos X.
- El análisis espectral.
- Los anestésicos.
- El uso de antisépticos.



jueves, 14 de febrero de 2019

La pasión por los hechos

[Sir Michael Foster en 1881. FOSTER (1836 - 1907) fue un importante fisiólogo y naturalista inglés de la época victoriana, miembro destacado de la Royal Society de Londres. Renovador de la enseñanza de la biología y la fisiología en su país al introducir métodos modernos en los que la experimentación es parte esencial. Es autor de un tratado de Fisiología de referencia en su época: Text book of Physiology (1877). Maestro de notables biólogos británicos, fue discípulo suyo Charles Scott Sherrington, neurofisiólogo galardonado con el premio Nobel de Medicina en 1932 por sus investigaciones de las funciones de la corteza cerebral. Procedencia de la fotografía de Michael Foster aquí]


Las ciencias empíricas, como las ciencias naturales, obtienen su cuerpo de conocimientos mediante lo que conocemos como método científico o método hipotético-deductivo, basado en la observación de hechos o fenómenos, a partir de los cuales ha de plantearse de forma precisa el problema que se quiere investigar, la formulación de hipótesis (siempre provisionales) y la deducción de consecuencias de ellas y, paso crucial, la contrastación de la hipótesis propuesta mediante la experiencia (la experimentación es una forma rigurosa de observación controlada).

Queda claro pues que, en toda investigación científica, la observación precisa de hechos o fenómenos es crítica para un correcto planteamiento de los problemas. Y no pocas dificultades nos podemos encontrar en esta decisiva etapa inicial. El naturalista escocés John Arthur Thomson, especialista en corales blandos y estudioso de las relaciones entre ciencia y religión (profesor de historia natural  en la Universidad de Aberdeen en las primeras décadas del pasado siglo), cita unas palabras del eximio fisiólogo inglés Sir Michael Foster en el delicioso libro Introducción a la ciencia (Editorial Labor; 3ª Ed. 1934). Toma Thomson las palabras de Foster para destacar la "pasión por los hechos" como primera de las particularidades del carácter científico, "que corresponde a la cualidad de la veracidad", nos dice el naturalista de la Universidad de Aberdeen. "Ante todo cerciórate de los hechos", afirma Foster. Y aclara Thomson que este precepto fundamental de la ciencia es ciertamente  difícil de cumplir. Toda investigación científica comienza pues con dificultades, complicaciones que son de observación y de medición (en las que debe quedar al margen la subjetividad). Explica Thomson que aun en el estudio de problemas sencillos con frecuencia es difícil captar los hechos correspondientes y nos encontramos con dificultades para formular una concepción precisa de lo ocurrido. Ello se debe, entre otras causas, según Thomson, a la inexperiencia de nuestros ojos, "que solamente ven aquello que tienen facultad de ver -algunas veces poco, ciertamente-, y, de otra parte, a prejuicios, que hacen ver al hombre cosas que no debiera". También es debido, denuncia Thomson, a la carencia de disciplina en la aplicación del método científico; "nada más común que una narración en la que se mezcla la observación directa con deducciones inconscientes de la observación". Decía Michael Foster que "el hombre, el hombre no científico, se contenta a menudo con lo impreciso y lo aproximado".

[Marischal College de la Universidad de Aberdeen, hacia 1900. Aquí fue profesor de historia natural JOHN ARTHUR THOMSON en el periodo 1899 - 1930]

[John Arthur Thomson (1861 - 1933), eminente naturalista escocés
 y autor de Introducción a la ciencia]

Thomson destaca que el científico está convencido de que en la medida y en la observación "la fidelidad posible es solamente aproximada, y de que el grado de aproximación varía con cada individuo" (desde antiguo en Astronomía). "La ciencia comienza con la medida, y hay personas que no son capaces de medir", nos dice el naturalista escocés. Y apunta que el distintivo del carácter científico es la nota de precisión y este trata de establecer una distinción entre apariencia y realidad. Cuenta Thomson que se dice de James Clerk Maxwell, el físico de Edimburgo padre de la teoría electromagnética, que desde su infancia se hacía constantemente preguntas del tipo: "¿A dónde va esto?", "¿cuál es su finalidad?". Y sin contentarse con una respuesta vaga, insistía: "¿Pero cuál es su razón particular?".


lunes, 21 de enero de 2019

El misterio de la materia: la búsqueda de los elementos y su ordenación

 Este Año Internacional de la Tabla Periódica de los elementos es buena ocasión para, si no se ha hecho con anterioridad, aproximarse a la apasionante historia del descubrimiento de los distintos elementos. Y para ello nada mejor que leer un buen libro, como El secreto de Prometeo y otras historias sobre la Tabla Periódica de los elementos (Alejandro Navarro Yáñez), La Tabla Periódica (Hugh Aldersey-Williams), La cuchara menguante (Sam Kean) o el clásico de Isaac Asimov, La búsqueda de los elementos. Y, claro, el buen lector no debería dejar de sumergirse en la original y lúcida obra de Primo Levi, El Sistema Periódico, con sus magistrales ventiún capítulos, cada uno de ellos dedicado a un elemento, metáfora del hombre y sus relaciones, de marcado carácter autobiográfico en el que la dura experiencia, como químico judío en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, de Primo Levi es parte esencial (entregado al ejército de ocupación alemán por la milicia fascista italiana, nos cuenta Primo Levi que la mayor preocupación en el campo de concentración no era el temor a la muerte sino cómo hacer frente al hambre). La obra incluye también dos cuentos: Plomo y Mercurio.

[Sello de Correos (España) conmemorativo del 150º aniversario de la Tabla Periódica, en el que aparecen los tres elementos químicos descubiertos por españoles: el platino (Pt), el wolframio (W) y el vanadio (V), llamado eritronio por su descubridor, Andrés Manuel del Río.
Procedencia de la imagen aquí]

Para ir abriendo apetito se pueden ver estos tres estupendos vídeos de la serie The Mystery of Matter, en la que personajes como Priestley, Lavoisier, Davy, Mendeléiev, Marie Curie o Moseley, entre otros, cobran vida para contarnos su participación en esa fascinante aventura científica que fue la búsqueda de los elementos que forman las sustancias que conocemos (y las que están por descubrir o sintetizar en los laboratorios). Los elementos y su ordenación, siguiendo la ley periódica de Mendeléiev. Una de las más importantes empresas de la humanidad que nadie debería ignorar.









martes, 1 de enero de 2019

1 de enero de 1840: un réquiem por William Herschel

[WILLIAM HERSCHEL (1738 - 1822); notable músico e imprescindible astrónomo]


La relación entre las matemáticas y la música es antigua (Pitágoras). Asimismo no pocos científicos se han interesado, con mayor o menor dedicación y éxito, por la música. Particularmente destacables me parecen los casos de William Herschel y Aleksandr Borodín, de trayectorias que acaso podríamos considerar como antiparalelas. El primero era un notable músico que se aficionó apasionadamente a la astronomía, llegando a ser una de las figuras de mayor relieve en esta rama de la ciencia (amén de descubrir la radiación infrarroja). Borodín, en cambio, era un prestigioso químico profesional, centrado en la química orgánica (particularmente en el estudio de los aldehídos), que es reconocido hoy por ser un gran compositor del nacionalismo ruso.

William Herschel, músico que dejó, al menos en buena medida, el oboe por el telescopio,  descubrió el planeta Urano en 1781 ( el nuevo planeta que duplicaba el tamaño del Sistema Solar) y  fue un observador incansable del espacio profundo. Y, por si todo ello fuera poco, descubrió en 1800, el luminoso año en el que Volta presentó la pila eléctrica, un tipo de "luz invisible", pero detectable con un simple termómetro, la radiación infrarroja (de onda más larga que el rojo). Contagió William su entusiasmo por el cosmos a su hermana Caroline, tenaz ayudante y descubridora ella misma de objetos celestes, y a su hijo John, escrutador del hemisferio austral.


[CAROLINE HERSCHEL, astrónoma, hermana de WILLIAM HERSCHEL]


[JOHN HERSCHEL, astrónomo, hijo de WILLIAM HERSCHEL]




El gran astrónomo de Hannover, William Herschel, es sin duda una figura clave de finales del XVIII y principios del XIX. Hoy, primer día del año, quiero compartir con los lectores una anécdota realmente curiosa que leí en Grandes astrónomos (de Newton a Laplace), del célebre físico y astrónomo romántico François Arago (en Colección Austral, Espasa-Calpe, nº 543, 3ª edición, Madrid, 1968).

La curiosidad hace referencia a una ceremonia de homenaje que le rindió su familia en torno al gran telescopio, en el jardín de la casa de Slough donde William Herschel desarrolló buena parte de sus observaciones astronómicas. Recordemos que Herschel construyó sus propios telescopios newtonianos (reflectores) en Inglaterra. Para ello tuvo que aprender bastante, como el estudio de las aleaciones metálicas con las que hacer los espejos parabólicos y practicar las técnicas adecuadas de pulido de los mismos. Cuando el gran telescopio de Herschel (de 12 metros y con un espejo de casi un metro y medio de diámetro) dejó de cumplir su función, el enorme tubo de bronce se dispuso horizontalmente en medio del círculo donde en su día se hallaba la estructura y el mecanismo para dirigir tan potente y extraordinario instrumento óptico. Arago nos cuenta la singular ceremonia en honor de William Herschel así:

"El 1 de enero de 1840 [el músico astrónomo había muerto en 1822], sir Juan Herschel [John, el hijo astrónomo de William Herschel], su mujer y sus siete hijos y algunos viejos servidores de la familia, se reunieron en Slough. A las doce del día dieron todos varias vueltas al monumento [el gran tubo tumbado], a continuación se introdujeron por el tubo del telescopio, se sentaron en bancos preparados de antemano y entonaron un réquiem, en versos ingleses, compuesto por el mismo sir Juan Herschel. Cuando hubo salido, la ilustre familia se colocó en círculo alrededor del tubo y se procedió a sellar la abertura herméticamente.
La jornada finalizó con una fiesta íntima".


[Gran telescopio reflector de Herschel. Procedencia de la imagen aquí]


Y puesto que estamos en Año Nuevo, nada mejor que dejaros con este excelente vídeo de un concierto para viola de nuestro protagonista, William Herschel:





NOTAS:

- Para visitar la web del Museo Herschel de Astronomía en Bath, donde William Herschel había sido organista en la capilla octogonal, pínchese aquí.

- Sobre WILLIAM HERSCHEL como compositor pínchese aquí.



martes, 23 de octubre de 2018

Watt y Kelvin en Glasgow

El pasado verano volví a Escocia, después de más de 25 años sin pisar aquellas verdes y entrañables tierras septentrionales. Y descubrí la ciudad de Glasgow, dinámica y sorprendente. Paseando por el río Kelvin llegué a su universidad; bajo la lluvia y entre bandas de jóvenes gaiteros caminé por el parque, Kelvingrove Park, por el que discurre alegremente el río con nombre de escala absoluta de temperatura (realmente es al revés, William Thomson recibió el título nobiliario de Lord Kelvin en recuerdo del río que fluye próximo a la Universidad de Glasgow, donde trabajó el célebre físico victoriano). En la tienda de la Universidad, como recuerdo material del imborrable día, adquirí un par de cuadernos dedicados a James Watt y a Lord Kelvin, respectivamente, personajes imprescindibles de la historia de esta universidad escocesa. La ilustradora es la original Rosemary Cunningham:



¿No les parecen maravillosos?



sábado, 6 de octubre de 2018

José de Mendoza y Ríos, un matemático de novela

[Retrato del marino, astrónomo y matemático sevillano JOSÉ DE MENDOZA Y RÍOS.
Eulogia Merle (2011). Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología]


La ciencia española del siglo XVIII y principios del XIX está ligada en gran medida a la navegación y a las expediciones a ultramar; y, por tanto, a las ciudades andaluzas de Sevilla y Cádiz. Al tratarse de tiempos de conflictos bélicos entre las potencias europeas y de épocas revolucionarias, tenemos todos los ingredientes necesarios para que no pocas biografías de aquellos marinos y científicos ilustrados sean verdaderas aventuras dignas de una novela. 

La labor desarrollada por el sevillano José de Mendoza y Ríos (Sevilla, 1761 - Brighton, 1816), miembro de la Royal Society de Londres y de otras prestigiosas instituciones científicas europeas, en astronomía náutica es más que notable. Hizo importantes contribuciones al problema de la determinación de la longitud en el mar, proponiendo el método de las distancias lunares. Para ello, mejoró el círculo de reflexión de Borda (medición de ángulos entre dos astros) y aportó tablas para la realización de los cálculos posteriores. En definitiva, José de Mendoza y Ríos proporcionó a los marinos un método de medición más cómodo y preciso.

Pero nuestro protagonista realizó también un titánico esfuerzo por la modernización y perfeccionamiento de las enseñanzas e investigaciones matemáticas y navales, proponiendo para tal fin la creación de una Biblioteca Marítima en Cádiz. Así él mismo viaja por Europa para ir haciendo acopio de libros e instrumental científico. Estuvo un tiempo en el París revolucionario antes de trasladarse a Londres en 1792. En la más que interesante novela El crimen del sistema métrico decimal, de Miguel Izu (Berenice; 2017), el autor nos dice en voz de uno de los personajes que "el insigne marino y astrónomo sevillano José Mendoza y Ríos colaboró ya desde 1790 en París con Condorcet" en la creación del sistema métrico decimal.

Pasó el matemático sevillano el resto de sus días en Inglaterra, desarrollando allí una importante labor científica y viviendo ciertas experiencias no todas agradables, como la de ser acusado de espionaje, siendo expulsado de la Marina en 1800 por negarse a regresar a España. Se suicidó en la localidad inglesa de Brighton en 1816.

Sus obras en astronomía náutica fueron muy valoradas en su época y entre ellas podemos destacar:

- Tratado de navegación (2 volúmenes; Madrid, 1787).

- Memoria sobre algunos métodos nuevos de calcular la longitud por las distancias lunares (Madrid, 1795).

- Tables for facilitating the calculations of nautical astronomy (Londres, 1801).



PARA SABER MÁS:

- "El matemático y espía José de Mendoza y Ríos" (Antonio J. Durán).

- "Biografía de José Mendoza Ríos" en la Historia naval de España (www.todoavante.es).


Sobre otros científicos andaluces en la historia:

http://devenirdelaciencia.blogspot.com/2011/02/andaluces-en-la-historia-de-la-ciencia.html

- "Científicos andaluces. Una aproximación histórica" (Bernardo Rivero Taravillo).


lunes, 30 de julio de 2018

Haber, 150 años después

[Sello sueco conmemorativo del premio Nobel (1918) Fritz Haber.
Procedencia de la imagen aquí]

Paradigma de científico controvertido es sin duda el químico alemán (de origen judío) Fritz Haber. No por sus hallazgos científicos, que son realmente excepcionales, sino por el hecho de haber dedicado sus esfuerzos al desarrollo de armas químicas (de terribles consecuencias), poniéndose al frente de la investigación y puesta en práctica en el campo de batalla de la Primera Guerra Mundial de los gases letales, particularmente el cloro (Cl2, gas tóxico cuya nube verdosa fue el terror en las trincheras). Su patriotismo extremado le llevó del crucial descubrimiento de las condiciones óptimas (temperatura, presión y catalizadores) para poder sintetizar el amoniaco (NH3), fundamental para la obtención de fertilizantes, a dirigir la investigación alemana de gases para la guerra química (seguramente pensó que podía contribuir eficazmente para que su país ganase con rapidez la guerra, a pesar de contar con la oposición de su mujer, Clara Immerwahr, también química, quien terminó suicidándose en 1915).

Se cumple este año el 150 aniversario del nacimiento de Fritz Haber (uno de los químicos más relevantes de la historia) y el centenario de la concesión del Premio Nobel de Química. Se ha hablado mucho sobre las luces y las sombras de la labor desarrollada por el químico prusiano pero no está de más recordar la importancia de los trabajos científicos (todo estudiante de química conoce la síntesis del amoniaco y el ciclo de Born - Haber para el cálculo de la energía reticular de una sustancia iónica), para bien o para mal de la humanidad, del químico de Breslau. Y de paso evidenciar, una vez más, que los hombres y mujeres de ciencia no se diferencian sustancialmente del resto de mortales y se ven influenciados y condicionados por las coyunturas históricas.



Rescato la breve biografía que incluyó mi padre, FERNANDO RIVERO GARRAYO, de Fritz Haber en su estudio sobre Los judíos y la ciencia (mis notas aparecen en el texto entre corchetes [...] ) :


Fritz Haber (1868 - 1934) fue un químico físico alemán al que se le debe la síntesis del amoniaco. Nacido en Breslau, su padre era fabricante de tintes, por lo que empezó a estudiar química orgánica y así mejorar técnicamente la empresa familiar, a pesar de lo cual se interesó por la química física. Estudió en las universidades de Berlín, Heidelberg y Zurich. En 1894 pasó a ser profesor asistente en la Escuela Superior Técnica de Karlsruhe, y más tarde, en 1906, profesor de química técnica. En 1911 se le nombra profesor en Berlín, donde el mismo año ocupa el cargo de director del Instituto de Química Física Kaiser Guillermo, recientemente fundado. 

Desde 1900 empezó a investigar sobre la síntesis de amoniaco,  ya que la producción de abonos nitrogenados se surtía del nitrato de Chile, y existía la necesidad de que Alemania se autoabasteciera de este tipo de fertilizantes. En 1908 logró dicha síntesis a partir del nitrógeno atmosférico y del hidrógeno procedente de la electrólisis del agua. La reacción química correspondiente (N2 + 3H2 = 2NH3) la realizaba mediante una alta presión [téngase en cuenta que un aumento de la presión desplaza el equilibrio hacia la derecha, con mayor formación de amoniaco, pues es un equilibrio en fase gaseosa en el que 4 moléculas de reactivos, 1 de nitrógeno y 3 de hidrógeno, forman solo 2 moléculas de producto, que es amoniaco], de 200  a 1000 atmósferas y a la moderada alta temperatura de unos 500 ºC y un catalizador a base de hierro [utilizó también catalizadores de osmio y de carburo de uranio]. Junto con su cuñado, el químico técnico Carl Bosch (1874 - 1940), premio Nobel de Química de 1931 por sus investigaciones sobre el empleo de altas presiones en procesos químicos, aplicó en 1913 la citada síntesis del amoniaco a la industria (proceso de Haber - Bosch). Debido a dicha industrialización, Alemania dispuso en abundancia de fertilizantes nitrogenados (además del amoniaco, NH3, este por oxidación da lugar al ácido nítrico, HNO3) y de explosivos durante la 1ª Guerra Mundial, a pesar del bloqueo marítimo a que la sometió Inglaterra.



[Proceso de Haber - Bosch para la síntesis industrial de amoniaco (NH3).
Procedencia de la imagen aquí]

Durante esta guerra [la 1ª Guerra Mundial], Haber, que era muy patriota, puso sus laboratorios al servicio del gobierno alemán para producir gases venenosos (cloro, fosgeno e iperita o gas mostaza) con la posibilidad de usarlos en los frentes de batalla y contrarrestar los de los aliados, como así ocurrió [a comienzos de la guerra Francia y Rusia fracasaron en su ataque con gases a Alemania; parece ser que los gases  lacrimógenos (a base de compuestos orgánicos con bromo) de los franceses se dispersaban en el viento sin alcanzar su objetivo y los lanzados por los rusos terminaban condensados en el  frío lodo sin afectar al enemigo].

[FOSGENO]




En 1918 recibió el Premio Nobel de Química por la citada síntesis del amoniaco. La concesión de dicho premio fue criticada por otros científicos, especialmente ingleses, como Rutherford que se negó a recibirle cuando Haber visitó Cambridge en 1933, y ello por el apoyo de este a la fabricación de gases venenosos.

Para ayudar a enjugar la deuda de guerra que Alemania debía abonar a los aliados, Haber trató de obtener oro del mar, pero fracasó en este intento [después de largas investigaciones, Haber llegó a la conclusión de que no era para nada rentable la extracción del preciado metal del agua marina pues las concentraciones de oro en ella resultaban ser mucho menores de lo que se creía]. 

Además de los trabajos anteriores, Haber tiene otros importantes en Termoquímica y Electroquímica, como el estudio químico de la llama del mechero de gas y el invento, en 1909, de un electrodo de vídrio que se emplea en la medida del pH

En 1933, a pesar de ser de origen judío, debido a sus méritos era respetado por los nazis, además de estar exento de dejar su puesto, por haber obtenido este antes del comienzo de la 1ª Guerra Mundial, de acuerdo con una ley promulgada por los nazis. No obstante, Haber no quiso hacer uso de esta prerrogativa y solicitó ser jubilado como director de los Institutos Kaiser Guillermo y como catedrático de la universidad de Berlín, y emigró a Inglaterra, donde fue invitado por la universidad de Cambridge. Esta ausencia de su patria hizo que su espíritu decayera bastante y murió poco más tarde en Suiza de un ataque al corazón cuando iba a pasar allí unas vacaciones. 












sábado, 23 de junio de 2018

Méchnikov, el hombre de los fagocitos

[Méchnikov (derecha) fotografiado con el gran novelista ruso Tolstói en 1909.
Procedencia de la imagen aquí]


"Se observa con frecuencia que en las familias, donde todos los miembros están expuestos al mismo peligro, así como en las escuelas o en las tropas, donde cada uno lleva la misma vida que el resto, la enfermedad no afecta a todos de igual forma".

[MÉCHNIKOV (1845 - 1916), zoólogo y microbiólogo ruso, padre de la teoría fagocitósica de la inmunidad y estudioso de la sífilis; premiado con el Nobel de Fisiología o Medicina en 1908]


He encontrado esta antigua e interesante y divertida dramatización de la vida de Méchnikov, "el hombre de los fagocitos", en el archivo audiovisual de Televisión Española (RTVE):


                    


Para saber más sobre MÉCHNIKOV:


martes, 5 de junio de 2018

De la alquimia a la ciencia química. Los nuevos tratados de Química europeos del siglo XVII

A lo largo del siglo XVII van apareciendo importantes obras en Europa en las cuales se aprecia una clara evolución hacia una ciencia química moderna. Eso sí, de forma tardía, pues en la todavía llamada Filosofía Natural (la Física) se produce en este siglo la Revolución Científica, y la rigurosa ciencia física del XVIII se construye ya bajo el paradigma newtoniano (podemos afirmar que la Química, en un sentido moderno, surge con un retraso de unos cien años respecto de la Física). Estas obras deben considerarse precursoras y de gran importancia para el posterior desarrollo de la Química (pionero es el texto de Andreas Libavio, Alchemia , 1597, que contribuyó decisivamente a la escisión entre química y alquimia; este libro, donde se describen los hechos químicos con un lenguaje sencillo, al margen de toda fantasía y hermetismo, es considerado el primer manual de química).

Surge pues en el siglo XVII una literatura química que conduce de forma irreversible de la alquimia a la ciencia química. No obstante, tengamos en cuenta que la entonces llamada “Chymica” era considerada fundamentalmente como un arte, el “Arte Noble”. Nicolas Le Févre (o Le Febure), químico del Jardin du Roi y excelente farmacéutico, miembro de la Royal Society, en su Traicté de la Chymie (1660) afirma:

“La contemplación es el único motivo de una ciencia, y su único objeto el de llegar al conocimiento por medio de esta contemplación, por lo que debe quedar satisfecha sin emplear la mente en ulteriores pesquisas; el arte, en cambio, se inclina siempre a obrar  y no descansa jamás, aunque los propósitos del Artista hayan alcanzado su meta”.

Le Févre y sus contemporáneos consideran a la “chymica” en cierta manera como Ciencia y Arte al mismo tiempo, es decir, como una ciencia práctica u operativa (es un conocimiento fundamentalmente empírico y práctico).

Entre estas novedosas obras de química, amén del mencionado tratado, citemos:

Tyrocinium chymicum (1610) o “Química para principiantes”, de Jean Beguin (iatroquímico y estudioso de la minería, el cual adoptó los tres principios esenciales de la materia de Paracelso: sal, azufre y mercurio).

Philosophia pirotécnica, seu curriculus chymiatricus (“Filosofía pirotécnica o curso de química espagírica”), 1633 – 1635, del escocés William Davidson.

Furni novi philosophici (“Nuevos hornos filosóficos”), 1650, del gran químico práctico Johann R. Glauber, que a pesar de este extraño título es un libro escrito con claridad sobre preparados químicos (instrucciones para su obtención y manipulación, así como la descripción de los aparatos necesarios para las operaciones químicas).

Traité  de la Chymie (1663), del boticario y médico suizo, trasladado a París, Christopher Glaser (libro que alcanzó enorme popularidad en las últimas décadas del siglo, apareciendo más de treinta ediciones, la mayoría en francés, algunas en alemán y una en inglés).

Por último, entre otras obras de “artistas químicos”, destacamos el Cours de Chymie (1675), de singular calado para la época, del boticario y químico francés Nicolas Lemery (del cual hablaremos con mayor extensión más adelante dada la gran influencia que tuvo en Félix Palacios; digamos ahora tan sólo que fue discípulo de Glaser y alcanzó gran fama y reputación como comentarista químico popular, claro y ameno, y excelente experimentador, además de sugerir ideas y explicaciones bastante originales que otorgan a su obra un singular matiz científico-teórico).

[Cours de Chymie, de LEMERY. Procedencia de la imagen aquí]


Félix Palacios introdujo las ideas y conocimientos prácticos de Lemery en España al traducir el importante libro del químico de Rouen (esta primera versión española es de 1703, tan sólo tres años antes de que Palacios publicase su Palestra pharmaceutica).



[Fragmento de mi artículo La Química a la palestra, publicado en EL RINCÓN DE LA CIENCIA, nº 41, junio de 2007. Puede leerse completo aquí]

martes, 8 de mayo de 2018

Las peripecias de un joven científico (Arago en España)

[François ARAGO, astrónomo y físico francés (1786 - 1853).
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Hay biografías que resultan más jugosas que muchas novelas. La de François Arago, quien narró sus peripecias juveniles como científico en España, es una de ellas. Miembro del Bureau des longitudes del Observatorio de París viajó a España a comienzos del siglo XIX para completar la medición del meridiano de París (a la sazón rival del célebre meridiano de Greenwich, que resultaría finalmente vencedor por votación en 1884). Mechain había muerto en Castellón de la Plana en 1804 y se pensó en el interés que podría tener la continuación de las medidas geodésicas precisas por el método de triangulación del meridiano Dunkerque - Barcelona, prolongándolas hasta Formentera (Islas Baleares). Recordemos la importancia que tenían estas medidas a finales del siglo XVIII y principios del XIX para una definición rigurosa de la unidad de longitud: el metro (inicialmente definido como la diezmillonésima parte de la distancia del polo norte a la línea ecuatorial). El propio Arago nos cuenta que partió de París junto con Biot (con quien había colaborado en el Observatorio en la investigación de la refracción de los gases) a comienzos de 1806. Les acompañaba un tal Rodríguez, comisario español. En primer lugar visitaron las estaciones de medida indicadas por Mechain, realizando en las triangulaciones correspondientes algunas modificaciones importantes.


[Procedencia de la imagen aquí 
(gallica.bnf.fr / BnF)]

François Arago narró años después (ya paralítico pero conservando toda su lucidez) las aventuras vividas en nuestro país mientras tenazmente se esforzaba por culminar este proyecto de medición precisa. Lo hizo en el delicioso libro Historia de mi juventud (Viaje por España, 1806 - 1809), publicado en español en la Colección Austral (Espasa - Calpe Argentina; Buenos Aires, 1946). En esta amena obra autobiográfica Arago nos cuenta diversas anécdotas, aventuras novelescas, pero reales, y peripecias, a veces divertidas, en otras ocasiones ciertamente peligrosas, vividas por él en tierras del levante español. Así, tiene encuentros con asaltadores de caminos, presencia un humillante y detestable cortejo del Santo Oficio en Valencia (una supuesta bruja era obligada a pasearse por los barrios de la ciudad a horcajadas de un asno, mirando al rabo del animal, con el torso desnudo embadurnado con una sustancia pegajosa a la cual quedaban adheridas una enorme cantidad de pequeñas plumas), o es tomado por espía del ejército francés (al que, piensan, le envía señales luminosas), siendo apresado y encerrado en el castillo mallorquín de Bellver, de donde logra fugarse en una barca de pescadores y llegar a Argel. Posteriormente huirá de este peligroso lugar disfrazado de mercader, embarcándose con rumbo a Marsella. Sin embargo, no termina felizmente este viaje por mar pues es interceptado por corsarios españoles. Finalmente, no sin padecer diversos incidentes, logra regresar a Perpiñán, donde vive su familia. La madre lo había dado por muerto y de la misma forma que antes había encargado misas por el eterno descanso de su alma, nos dice Arago, ella, "la más piadosa de las mujeres", ahora hizo oficiar numerosas misas para dar gracias a Dios por el retorno de su vástago. Al poco abandona el calor de la familia para dirigirse a París. En el Bureau des Longitudes y en la Academia de Ciencias entregó las observaciones y mediciones realizadas en España, al menos aquellas que había logrado conservar tras salir airoso de tantas peripecias y peligros propios de un héroe de una novela de aventuras. Una accidentada aventura científica en este caso. 

En septiembre de 1809, con tan solo veintitrés años y salvando las reticencias iniciales de Laplace, es nombrado académico de la Academia de Ciencias de Francia, en sustitución de Lalande. A pesar de su juventud fue muy valorada la labor científica desarrollada por Arago y se reconoció su gran proyección como investigador, consiguiendo una mayoría aplastante en la votación. El propio Arago confesó ya anciano que para él hubiera sido muy triste el ser elegido miembro de la Academia de Ciencias sin contar con el voto de Laplace, el insigne autor de la Mecánica celeste.

[Medida del meridiano de París. Triangulación Dunkerque - Barcelona.
Procedencia de la imagen aquí]

Como muestra de las lamentables, pero al mismo tiempo divertidas, anécdotas vividas por Arago en su estancia en la España de comienzos del siglo XIX citaremos una en la que nuestros animosos científicos franceses se topan de bruces con la soberbia de un personaje de talla humana e intelectual muy inferior a ellos. Resulta que, según cuenta el físico y astrónomo del sur de Francia, para tener el apoyo y la colaboración de los paisanos de las zonas donde estaban sus estaciones de mediciones geodésicas era necesaria la recomendación de la Iglesia. Por tal motivo, Arago y Biot, acompañados por el vicecónsul de Francia, fueron a visitar al arzobispo de Valencia a su palacio, buscando su protección. Era el arzobispo hombre de gran estatura y por entonces general de los franciscanos. Los atendió con agrado y no puso objeción alguna a las pretensiones de los científicos, todo lo contrario, "prometió satisfacer ampliamente las recomendaciones pedidas". Pero algo inesperado sucedió a la despedida. El vicecónsul francés y Biot abandonaron la sala de recepciones "sin besar la mano del prelado, a pesar de que este se la había presentado a ambos muy graciosamente". Y el final de la historia no tiene desperdicio. Cuenta Arago:

"El arzobispo se desquitó en mi pobre persona. Un movimiento que estuvo a punto de romperme los dientes, un gesto que sin exagerar podría calificar con el nombre de puñetazo, me demostró que el general de los franciscanos, a pesar de su voto de humildad, había sido sorprendido por la desfachatez de mis dos acompañantes. Cuando iba a quejarme por la rudeza con que me trataba, reflexioné sobre las necesidades de nuestras operaciones trigonométricas, y opté por callarme".

Y pone el colofón Arago a tan sorprendente y jugosa historia con el siguiente comentario, no exento del sentido del humor propio de un científico jovial:

"Por otra parte, en el momento en que el apretado puño del arzobispo se aplicó sobre mis labios, estaba pensando en los estupendos experimentos de óptica que hubieran podido realizarse con la magnífica piedra que adornaba su anillo pastoral. Confieso que esta idea me había preocupado durante todo el tiempo que duró la entrevista".

¿Qué les parece?


Digamos por último de tan eminente científico que desarrolló también una importante carrera política, alcanzando puestos de gran responsabilidad desde los que inició el camino (en sintonía con las ideas de su amigo Humboldt) de la abolición de la esclavitud en las colonias francesas.


Nota:

Ya hablamos algo de FRANÇOIS ARAGO en El devenir de la ciencia, en la entrada "Una pila de conocimientos":


En sus Notas biográficas el matemático, físico y astrónomo François Arago escribió :


"Esta pila [de Volta] de tantas parejas de metales diferentes separados por un poco de líquido es, por la singularidad de los efectos, el instrumento más maravilloso que el hombre nunca ha inventado, sin exceptuar el telescopio y la máquina de vapor".


Ilustrativo. Recordemos que Arago jugó un papel (aunque poco divulgado) muy importante en el origen de las investigaciones electromagnéticas, cuyos experimentos sirvieron para que otros obtuvieran las explicaciones teóricas pertinentes. Su disco de cobre ("disco de Arago"), en el que observa el magnetismo de rotación, fue precursor del de Faraday, descubridor de la inducción electromagnética  (1831).

martes, 3 de abril de 2018

1936: Laura, estudiante de medicina

[PÍO BAROJA en la vejez. Procedencia de la imagen aquí]



Recientemente la editorial Caro Raggio ha sacado a la luz en España la primera edición completa, sin las mutilaciones que en el pasado hizo la censura, de Laura o la soledad sin remedio, que escribiera el gran novelista vasco Pío Baroja en su exilio de París (1936 - 1940), durante la tragedia española de la Guerra Civil. La novela, que ahora podemos disfrutar plenamente, es considerada por muchos como la mejor de nuestro gran escritor después de la Guerra Civil (publicada por vez primera en 1939). 

La novela nos narra las vivencias de Laura Monroy, una estudiante de medicina en la antigua Facultad madrileña de San Carlos. La personalidad de Laura, de naturaleza melancólica, tendente al decaimiento de ánimo y al sentimiento de soledad, contrasta con el vigor de Mercedes, que lucha y se esfuerza tenazmente para superar las duras circunstancias que le ha tocado vivir. En cierto modo el tema de esta novela tiene elementos comunes con la gran novela filosófica de Baroja, El árbol de la ciencia (1911). Comprenderá el lector que uno, que es barojiano y descubrió un nuevo mundo de pensamiento en su juventud con El árbol de la ciencia, no haya pasado por alto la publicación íntegra de Laura o la soledad sin remedio. De El árbol de la ciencia dije ya en este blog: 


"Pío Baroja comentó de El árbol de la ciencia que era la mejor novela de carácter filosófico que había escrito, probablemente el libro más acabado y completo de todos los suyos. Estoy de acuerdo. El protagonista es un joven médico, Andrés Hurtado, que sufre con lo que ve, una realidad, la de España a comienzos del siglo XX, en la que la injusticia, la crueldad, la decadencia caen sobre las personas y los paisajes como una insoportable niebla que ciega y agota. Pero Hurtado, con profundas inquietudes intelectuales, pregunta e indaga, sondea sobre la falta de sentido de la existencia. Para ello cuenta Hurtado con un interlocutor excepcional, su tío Iturrioz, también médico como él, y como el propio Pío Baroja. Parte esencial de la novela son las jugosas conversaciones, de carácter filosófico, entre tío y sobrino. En ellas se manifiestan dos concepciones filosóficas en conflicto dialéctico: Iturrioz, con un enfoque empirista; Hurtado defiende las ideas de Kant y Schopenhauer (recordemos que Baroja realizó su tesis doctoral sobre el dolor, haciendo un estudio psicofísico del mismo".


Laura o la soledad... me resulta una novela muy atractiva por diferentes motivos: el ya mencionado de su relación temática con El árbol de la ciencia, la presencia de personajes de formación científica (médicos no podían faltar; el padre de Laura era catedrático de Geología y ésta se casó con un astrónomo y matemático), tan frecuente en la obra de Baroja (médico de formación) y, muy resaltable, el hecho de que la protagonista, Laura, sea una joven estudiante de medicina en aquellos agitados años treinta del pasado siglo, cuando, además, la mujer española comenzaba a incorporarse con pleno derecho a los estudios universitarios. La propia madre de Laura no ve con buenos ojos al principio la extraña dedicación de su hija. Para doña Paz, la madre de la joven estudiante de medicina, Laura debería haber continuado sus estudios de piano y dedicar su tiempo a las tareas de la casa y a la familia pues para ella "las mujeres no servían para estudios científicos". Opinión ésta que no debería  de diferir mucho de la de la mayoría de hombres y mujeres de aquella época. Hasta 1910 no se permitió oficialmente en España la matriculación de mujeres en todos los niveles educativos, haciendo posible su culminación en la universidad (puede leerse este interesante artículo sobre el tema aquí). La universidad que se encontraron estas estudiantes pioneras mantenía sin duda aún fuertes dosis de machismo. Nos dice Baroja que no faltaban en la Facultad estudiantes con aires chulescos, impropiamente llamados "castizos", que no escatimaban comentarios a y sobre las chicas del tipo, "está que chuta", etc. Había otros estudiantes aficionados a los deportes (que seguían en la prensa las noticias referentes a partidos de fútbol, ciclismo, carreras o combates de boxeo; siendo cada vez menos los apasionados por la tauromaquia en los estudiantes universitarios). Asimismo, buen reflejo de la convulsa y crítica época (los años treinta del siglo XX) en la que se desarrolla la trama, Baroja cuenta que habían dejado la Facultad buena parte de los estudiantes revolucionarios que conoció Laura al entrar en ella, quedando solo algunos comunistas y fascistas.

La obra de Baroja, producto de la avidez lectora del escritor vasco y de su formación científica durante sus estudios de medicina, está llena de referencias científicas (Laura o la soledad... no es una excepción). Pío Baroja sabía bien que la ciencia, como conocimiento objetivo de la realidad con valiosas aplicaciones en diversos campos (entre ellos la salud), puede ser la mejor herramienta para el progreso de una nación y para el bienestar social. En mi artículo "La ciencia en la literatura" apuntaba sobre estas referencias científicas barojianas:


 "La obra de Baroja (1872-1956) está salpicada de referencias científicas (aunque son más numerosas las filosóficas). Muestra de ello son sus novelas protagonizadas por el singular Silvestre Paradox (Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox Paradox, rey, ambas muy recomendables para el lector joven) y el cuento La vida de los átomos, de fácil lectura (como es característico del escritor vasco) y fino sentido del humor. El protagonista, adormecido tras la lectura nocturna de un tratado de Química, al calor de la chimenea, imagina o sueña una danza de átomos, revoloteando vertiginosamente sobre su cabeza. Así: “¡Hache! ¡Hache!, estornudaba un señor idiota, inodoro, incoloro e insípido”, o “¡Ag…, ag…, ag…! exclamó una señora vestida de blanco, con una risa argentina”. El positivista protagonista del delicioso cuento, indignado, se pregunta: “¿Quién ha visto el átomo? ¿Quién ha pesado el átomo? ¿Por qué se atreve a decir nadie que es indivisible?”. Para él el átomo es una antigualla, una hipótesis que hay que abandonar; “tenemos que remontarnos más allá, al subátomo, si se me permite la expresión”, nos dice. "


Los apasionados por la ciencia tienen, sin duda, más de un motivo para entregarse a la lectura de la obra literaria de Pío Baroja.


[Procedencia de la imagen y reseña en el diario El País aquí]