viernes, 27 de mayo de 2011

"El milagro de Sevilla"

[Azulejo que rememora la insigne figura del médico sevillano Juan Muñoz y Peralta, impulsor de las nuevas ideas médicas y científicas a finales del siglo XVII. Imagen procedente de www-redes-cepalcala.org/olivaryescuela/divulgacion/]


Traigo hoy a "El devenir de la ciencia" un fragmento de mi artículo La Química a la palestra (una aproximación a los orígenes de la ciencia química en España) , publicado en "El rincón de la ciencia" (nº41, junio de 2007), en el que hablo de la "Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla" (1700) y el importante papel que desempeñó para fomentar el progreso y la modernización científica en España, incorporando nuevas ideas y métodos. Fue la primera Academia científica de nuestro país.



 EL ESENCIAL PAPEL DESEMPEÑADO POR LA REGIA SOCIEDAD DE MEDICINA Y DEMÁS CIENCIAS DE SEVILLA PARA EL PROGRESO CIENTÍFICO EN ESPAÑA
 
Pero los novatores necesitaban aunar esfuerzos para vencer la pétrea oposición de los médicos y profesores universitarios anclados en el saber clásico, intocable para ellos. Con el propósito de renovar el panorama científico hispano, tan atrasado y ajeno a lo europeo, surge lo que Marañón llama “el milagro de Sevilla”. ¿Cuál es este milagro? En el año 1697 un grupo de médicos novatores (o rebeldes, si se prefiere) comienzan a reunirse en una tertulia que posteriormente sería conocida como “Venerada Tertulia Hispalense médico-química, anatómica y matemática”.
Las tertulias tenían lugar en casa del médico sevillano, de familia judeo-conversa, Juan Muñoz y Peralta, próxima a la iglesia hispalense de San Isidoro. La Universidad de Sevilla reaccionó con vehemencia solicitando el exterminio de la tertulia que, según se afirmaba, pretendía introducir doctrinas modernas, cartesianas, paracélsicas y de otros extranjeros “con el fin de arruinar la aristotélica y galénica, que siempre habían sido las oficiales y católicas” (V. de la Fuente, Historia de las Universidades, Madrid, 1884, vol. 3, p.284). Las autoridades, en cambio, no pusieron impedimento a la celebración de dichas reuniones científicas. Además del citado anfitrión formaban parte de la tertulia Salvador Leonardo de Flores, Miguel Melero Ximénez, Gabriel Delgado y Juan Ordóñez de la Barrera. Estos médicos de ideas progresistas eran partidarios del empleo de medicamentos para el tratamiento de las enfermedades en lugar de las clásicas prácticas basadas en las doctrinas de Galeno. Así, por ejemplo, Muñoz y Peralta defendió el uso de la quina en las fiebres intermitentes y el empleo del antimonio como medicamento. Estas novedosas tesis de los iatroquímicos ponían de manifiesto la caducidad de los saberes médicos clásicos, pero tengamos en cuenta también las deficiencias de esta química médica pionera. Pensemos en la dudosa efectividad de ciertos tratamientos y en las nefastas consecuencias o efectos secundarios de algunos de ellos, particularmente si la dosis es excesiva (tratamientos con antimonio, arsénico, mercurio y otros). Con el apoyo de otros médicos innovadores residentes fuera de Sevilla logran fundar una Sociedad, con la oposición de la Universidad, siendo aprobada en mayo de 1700 por el rey Carlos II. Felipe V mostró también claramente su apoyo a la nueva Sociedad. Ésta, la Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla, desempeñó un papel fundamental en la discusión y difusión de las nuevas ideas científicas.
Gregorio Marañón, en su conferencia dada en la Real Academia de Medicina en 1934 (incluida en su libro Vida e historia, Madrid, 1962), nos dice acerca de este “milagro sevillano”:
“Yo quiero dedicar un recuerdo, en este centenario, a la primera Academia científica  española, hoy demasiado olvidada: la Real Sociedad de Medicina y demás Ciencias, de Sevilla. Fundáronla, en 1697, siete hombres de buena voluntad, que, como dice Menéndez y Pelayo, fueron los adelantados en la lucha contra el dogmatismo. Aún no había entrado en España, con la pompa latina de los Borbones, el viento francés, henchido de novedades y de audacias. Todavía reinaba, aunque ya era casi una sombra, Carlos II, rodeado de fantasmas que obturaban cuidadosamente cuantas rendijas permitieran que entrara en la Península el aire y la luz de fuera. Y, sin embargo, estos hombres quijotescos, entre rosas y naranjales, en plena Andalucía, donde el letargo no necesita estímulos para dar de sí toda su eficacia negativa, inventan una Sociedad, para hacer progresar la ciencia, con carácter resueltamente cismático y rebelde frente a la dogmática Universidad”.
Las ordenanzas de la Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias indicaban que debía seguirse la doctrina espagírica en la aplicación de los fármacos, que se aplicaran las novedades médicas y quirúrgicas que hubieran mostrado su eficacia y que debían realizarse sesiones de anatomía en los hospitales con cadáveres, o en su defecto, con animales. La labor de la Regia Sociedad fue más divulgativa que de investigación, destacando especialmente los cursos prácticos de Anatomía. Mas también se desarrolló una notable tarea en Botánica (muchos preparados de origen vegetal se utilizaban como medicamentos), en Física (se realizaron experiencias y se enseñaron cuestiones de electricidad, óptica, calor, hidráulica y acústica) y, por supuesto, en Química, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta que muchos de los miembros de la Sociedad eran médicos espagíricos. Con frecuencia se hacían experimentos químicos, aunque, al carecer de un laboratorio adecuado, éstos eran poco rigurosos y tenían más bien un carácter divulgativo y recreativo (J.M. Cano Pavón, 1993).

 [Sello conmemorativo del 300 aniversario de la Real Academia de Medicina de Sevilla, cuyo embrión fue aquella memorable "Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla", nacida de las tertulias médico-químicas que se celebraban a finales del XVII en la casa del médico Juan Muñoz y Peralta. Imagen procedente de www.correos.es]


Para leer sobre la historia de la Real Academia de Medicina de Sevilla, pínchese aquí.