sábado, 22 de noviembre de 2008

Ciencia y espiritismo en el siglo XIX




Probablemente el lector se sorprenderá de que, en la segunda mitad del XIX (el siglo de la eclosión y auge del positivismo), no pocos científicos solventes y de reconocido prestigio se interesaron por el espiritismo y sus prácticas; en algún caso incluso el interés pasa a ser militancia. Sin embargo, diremos que todos ellos lo hicieron honestamente e intentaron interpretar el espiritismo bajo una perspectiva rigurosa y científica.


Quizás el caso más paradigmático es el de Alfred Russell Wallace (1823 - 1913), padre, junto con Darwin, de la teoría de la evolución de los seres vivos mediante un proceso de selección natural. Wallace fue un convencido militante del espiritismo. Así, en 1875, publicó un voluminoso libro sobre el tema: On miracles and modern spiritualism. El espiritismo surgió a mediados del siglo XIX y se difundió rápidamente, de manera que, a finales de dicha centuria, había unos quince millones de adeptos en todo el mundo. Wallace identificaba las formas espirituales con la realidad objetiva y, aunque hoy nos choque en extremo, el insigne naturalista inglés (observador y teórico de gran talla) llegó incluso a afirmar en su libro sobre el espiritismo que "el espiritualismo moderno es una ciencia experimental".


Otro caso destacable es el del astrónomo francés Camille Flammarion (1842 - 1925), fundador en 1887 de la Sociedad Astronómica de Francia, meticuloso observador del Sistema Solar (particularmente de Marte, por lo cual a uno de sus cráteres se le dio su nombre) y gran divulgador (el Carl Sagan del siglo XIX). Flammarion se interesó sobremanera por el espiritismo y consideraba estos fenómenos sujetos a principios científicos no descubiertos todavía. Al igual que Wallace, el eminente astrónomo francés concebía el espiritismo como una ciencia. Para su estudio, pensaba, era preciso abordar rigurosamente la investigación de los fenómenos psíquicos (a la sazón muy oscuros). A la muerte de Allan Kardec (patriarca del espiritismo en Francia) en 1869, se le propuso a Flammarion la presidencia de la Sociedad Espiritista de París, pero éste rehusó, según el epistemólogo e historiador de las ciencias Pierre Thuillier, "por considerar que los discípulos de Kardec tenían una tendencia demasiado acusada a ver el espiritismo como una especie de religión" y no como una ciencia.


Concluimos este repaso a tan apasionante e inquietante asunto con un fragmento de la interesante biografía de Faraday (1791 - 1867) escrita por Fernando Rivero Garrayo (1925 - 2005), Michael Faraday, fundador del electromagnetismo, publicada en la Revista Digital de Ciencias del Club Científico Bezmilina (en tres partes; la última, a la que corresponde este fragmento, en la edición de 2008), que nos sirve de colofón:


"Faraday, a pesar de su aguda intuición, que le condujo a sus grandes descubrimientos, tenía una mente racional. Sobre esto, no está de más recordar su firme oposición al espiritismo. Desde que en 1848, las hermanas norteamericanas Margaret y Kate Fox afirmaron que tenían contacto con espíritus del otro mundo, esta creencia se extendió rápidamente, no sólo por Estados Unidos sino por toda Europa y, en especial, por Inglaterra. Aquí se realizaron bastantes sesiones espiritistas, asistiendo a ellas algunos científicos para convalidar su supuesta veracidad. Entre ellos se pueden citar, desde esta época hasta final de siglo, a algunos que creyeron en estos fenómenos, como el biólogo Alfred Russell Wallace, cofundador con Darwin de la teoría de la selección natural; el químico y físico William Crookes, ya citado por sus estudios sobre los rayos catódicos, y el también físico Oliver Lodge, que desarrolló la telegrafía sin hilos; el precursor de la teoría lógico-matemática de los conjuntos, Augustus de Morgan; y el astrónomo francés Camille Flammarion. Por el contrario, otros científicos eminentes, que también estudiaron el espiritismo, como los físicos lord Rayleigh y J. J. Thomson, se mostraron -como la inmensa mayoría de los científicos del presente siglo [XX]- renuentes a aceptarlo. A este último grupo perteneció Faraday, demostrando que, en algunos casos, el movimiento de la mesa en una sesión espiritista era consecuencia de la contracción muscular de las manos de los asistentes; a partir de aquí, dejó de interesarse en este asunto".


(Para profundizar en el tema: PIERRE THUILLIER, "La trastienda del sabio", Fontalba, Barcelona, 1983)


(Fotos: Camille Flammarion, superior; sesión de espiritismo, inferior)


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