jueves, 25 de septiembre de 2014

El latido de las nubes

Precioso vídeo con música de Erik Satie. Las cambiantes nubes son las protagonistas.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Vida y legado de Marie Curie

Extracto de la conferencia de José Manuel Sánchez Ron en la Fundación Juan March sobre la más célebre de las mujeres científicas, la inolvidable Marie Curie, aquí.

Y un interesante vídeo:




lunes, 1 de septiembre de 2014

Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte III)

[Alfred Nobel de joven (izquierda) con su hermano Ludvig en San Petersburgo hacia finales de la década de los 40 del XIX. Todos los hermanos Nobel fueron emprendedores y colaboraron siempre estrechamente en los negocios, particularmente de los explosivos y de la emergente industria petrolera. Fuente de la imagen aquí (Nobelprize.org)]


Sabía bien Alfred Nobel que para poder comercializar con éxito el aceite explosivo o nitroglicerina (tan peligroso de manipular, como había denunciado Ascanio Sobrero, su descubridor) tenía que idear algún dispositivo que permitiera controlar de forma segura el potente explosivo. Así, poco después de patentar su método de producción de nitroglicerina (1863), logra diseñar un componente clave para alcanzar su propósito: el detonador o "encendedor inicial" (una cajita de madera o "cápsula fulminante", sustituida después por un casquillo metálico, con una carga de pólvora negra en su interior). Este invento del detonador de Nobel es considerado por muchos tan relevante o más que el de la dinamita y puede afirmarse que hay un antes y un después en la historia de los explosivos con esta invención del químico sueco.

A mediados de los años 60 es ya Alfred Nobel no sólo un inventor sino un decidido empresario que pretende abrir fábricas de explosivos en diferentes partes de Europa y de los Estados Unidos. En 1865 pone en marcha la importante fábrica alemana de Krümmel, próxima a la ciudad de Hamburgo. Pero los accidentes con la nitroglicerina siguen haciendo estragos y Nobel no descansa para intentar reducir los riesgos del transporte, almacenamiento y manipulación de la nitroglicerina. Prueba con materiales porosos con escaso éxito hasta que lo hace con tierra de diatomeas, que abundaba en la región de Alemania donde se encontraba. La tierra de diatomeas, diatomita o kieselgur es una roca sedimentaria silícea formada por microfósiles de diatomeas (algas unicelulares marinas) de elevada porosidad y cualidades adsorbentes. Observó Nobel que la tierra de diatomeas quedaba impregnada de nitroglicerina formando una pasta que se podía amasar y darle fácilmente forma de barras. De esta manera podrían fabricarse cartuchos de tierra de diatomeas impregnada de nitroglicerina cuyo transporte y almacenamiento no supusiera un riesgo importante, estando la explosión controlada por un detonador o "encendedor Nobel". A esta masilla explosiva quiso darle el inventor sueco el nombre de dinamita, haciendo referencia a la "fuerza" del nuevo explosivo comercializable. En 1867 obtiene finalmente las patentes de la dinamita en diferentes países, entre ellos Estados Unidos.

A pesar del temor y la desconfianza hacia los inventos de Nobel en algunos momentos la carrera empresarial de Nobel no para, y sus experimentos tampoco. Su dinamita era un magnífico logro para una época en la que la minería y las grandes obras públicas estaban en auge pero Alfred Nobel era consciente de que tenía que seguir investigando para obtener explosivos seguros y más potentes. Se fijó en la nitrocelulosa o algodón pólvora. Y con el tiempo inventaría dos explosivos más de importancia: la gelignita o gelatina explosiva y la balistita o pólvora casi sin humo (que sustituiría a la pólvora negra en armas de fuego).



La nitrocelulosa es un sólido amorfo, parecido al algodón, inflamable. Contiene entre un 10 % y un 14 % de nitrógeno (N). La nitrocelulosa de mayor contenido en N se utiliza en explosivos, mientras que la de menor porcentaje forma parte del colodión (disolución de nitrocelulosa que es un líquido viscoso amarillo pálido que es empleado como recubrimiento de heridas y rozaduras) y lacas. Se obtiene por tratamiento de la celulosa (por ejemplo, de la pulpa de madera) con mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico.

Parece ser, según cuenta el mismo Alfred Nobel, que aplicó colodión a una herida en un dedo tras sufrir un corte. Y allí, en el laboratorio, al observar la capa elástica que dejaba el colodión, se le ocurrió mezclarlo con, ¡cómo no!, nitroglicerina, dando lugar a una masa gelatinosa. Era el nacimiento de un nuevo explosivo (patentado en 1876): la gelatina explosiva, más potente que la nitroglicerina y sin los riesgos de ésta.

Muchos aspectos de la intensa vida de Alfred Nobel se quedan fuera de este artículo, por lo que invito al lector curioso a profundizar más en otros trabajos. Concluyo con un pequeño fragmento de una carta de Alfred Nobel a su hermano Ludvig, que constituye el prólogo de la deliciosa biografía novelada del inventor de la dinamita escrita por Austin Tower (Alfred Nobel; Editorial Dólar, Colección Celebridades; Madrid, ¿1951?). Nos da muestras de su personalidad. Así habla Alfred Nobel de sí mismo:

"Su principal mérito consiste en mantener sus uñas limpias y en no haber sido jamás una carga para nadie. Sus faltas peores: carece de familia, tiene mal genio y padece de indigestión. Su único deseo: que no se le entierre vivo. Su peor pecado: no adorar el dinero. Importantes sucesos en su vida: ninguno".


Pueden leerse las dos partes anteriores de este breve recorrido por la vida e inventos de Alfred Bernhard Nobel aquí:

- "Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte I)".

- "Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte II)".


Para saber más:

- FRÄNGSMYR, TORE. Alfred Nobel. Instituto Sueco. Estocolmo, 2013.

- VV. AA. Crónica de la Técnica. Plaza & Janés Ed., Barcelona, 1989.


En Internet:

- Página web oficial de los Premios Nobel: www.nobelprize.org.

- Presentación de Miguel Ángel Sierra sobre explosivos: "Materiales energéticos"



 

sábado, 30 de agosto de 2014

Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte II)

[OLOF RUDBECK (1630 - 1702); ilustre antepasado de Alfred Bernhard Nobel.
Fuente de la imagen: Wikipedia]

Petrus Nobelius había nacido en Nöbbelöv (Escania, al sur de Suecia) a mediados del siglo XVII. Su apellido, latinizado, hacía referencia a su lugar de nacimiento. Su suegro era nada menos que Olof Rudbeck, una de las figuras más notables de la cultura y la ciencia suecas. El polifacético Olof Rudbeck ("el viejo"), nacido en 1630, fue catedrático de Medicina en la Universidad de Uppsala y, además de dominar su especialidad y la botánica, fue historiador, compositor, arquitecto e ingeniero. Hoy podemos disfrutar de una de sus magníficas creaciones: el teatro anatómico en la cúpula del antiguo edificio Gustavianum de la Universidad de Uppsala (actualmente museo de obligada visita), inspirado en los de Padua y Leiden, con la sustancial mejora respecto a ellos de una excelente iluminación natural para realizar las disecciones. Tuvo Petrus Nobelius un nieto que convirtió el apellido en Nobel para la posteridad. Este nieto de Petrus tendría otro nieto llamado Alfred Bernhard, quien pasados los años haría importantes avances en el campo de los explosivos (tan necesarios en las minas, los túneles y otras obras de ingeniería en un mundo, el de la segunda mitad del siglo XIX, en vertiginoso desarrollo técnico) y haría fortuna con sus fábricas. El padre de nuestro protagonista, Immanuel Nobel, ya se dedicaba a la obtención de explosivos, así pues no es de extrañar la trayectoria de Alfred Nobel. Y con un antepasado tan sobresaliente como Olof Rudbeck y una educación privada exquisita (en San Petersburgo, donde se trasladó la familia, no acudió a la escuela sino que recibió clases en su propia casa por parte de prestigiosos profesores, como los químicos Trapp y Zinin) no es raro que Alfred Nobel, el padre del detonador y la dinamita (y de más de 350 patentes) y de los premios más célebres y apreciados, fuera un hombre de gran talento y cualidades extraordinarias para la experimentación y la invención.

[ALFRED B. NOBEL de joven. Imagen procedente de www.nobelprize.org]

Sin duda fue de enorme importancia para el joven Alfred Nobel (Estocolmo, Suecia, 1833 - San Remo, Italia, 1896) su estancia en París a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX. Allí completó su formación como químico bajo la supervisión de Jules Pelouze, de gran reputación en aquella época. El célebre químico francés contaba entre sus discípulos con el italiano Ascanio Sobrero (1812 - 1888), quien había descubierto una sustancia explosiva en los años 40 del siglo XIX al añadir glicerina a una mezcla con ácido nítrico (HNO3). Él la llamó piroglicerina, posteriormente conocida como nitroglicerina. Sobrero sufrió en su propio rostro la cualidad explosiva de la nueva sustancia y descartó su aprovechamiento debido a la peligrosidad de su manejo (la nitroglicerina es muy sensible a los golpes, la agitación y el calor). Resulta irónico que Ascanio Sobrero, habiendo estudiado medicina, despreció la utilidad de la nitroglicerina debido a los riesgos que conlleva. No podía imaginar entonces que llegaría a aplicarse en medicina como vasodilatador.



[La nitroglicerina, CH2ONO2-CHONO2-CH2ONO2, es un líquido viscoso, amarillo pálido, soluble en alcohol y éter, ligeramente soluble en agua y con mayor densidad que ésta (1,6 g/cm3). Fue obtenida por primera vez por el médico y químico italiano ASCANIO SOBRERO en 1847 al hacer reaccionar la glicerina, un subproducto de la fabricación de jabón, con ácido nítrico en presencia de ácido sulfúrico. 1mol de glicerina reacciona con 3 moles de ácido nítrico para formar 1 mol de nitroglicerina y 3 moles de agua.
Imagen procedente de Wikipedia]



Fue en el laboratorio de Pelouze (quien había trabajado también en la obtención de explosivos) donde Alfred Nobel debió interesarse por ese nuevo explosivo que había desechado Sobrero por su peligro y dificultad de controlar. Y para Nobel, familiarizado (nunca mejor dicho) con el mundo de los explosivos, se abría una magnífica oportunidad para investigar y experimentar tenazmente sobre aquella piroglicerina de Sobrero. Tal vez él podría ser capaz de dominar el potente explosivo y hacer posible su comercialización. Y así fue, aunque el asunto tuvo sus complicaciones y no faltarían los accidentes (uno de ellos muy doloroso para toda su familia, la explosión registrada en 1864 en la fábrica sueca de Heleneborg, donde murieron varias personas, entre ellas el hermano menor de Alfred Nobel, Emil). Para proseguir los trabajos de laboratorio con una sustancia de tan peligroso manejo hacía falta mucho valor y tener las ideas muy claras de lo que se busca, lo cual no está al alcance de cualquiera. Pero Alfred Nobel estaba hecho de una madera especial y había mamado los peligros y las dificultades de la obtención y manipulación de explosivos. Por fin en los años 60 fue capaz de producir nitroglicerina en cantidad suficiente y en 1863 obtiene la patente por su método de obtención de nitroglicerina, el aceite explosivo. El descubrimiento de la nitroglicerina fue de Sobrero pero Alfred Nobel hizo posible su fabricación con menos riesgos y su posterior comercialización. Una mente inquieta y emprendedora como la de Nobel no se conforma, sin embargo, con lo obtenido, sino que observa sus defectos y trata de corregirlos. Las invenciones de Nobel no habían hecho más que empezar, las ideas (permítanme la expresión) detonaban en su cabeza...

La primera parte aquí:


Y la tercera y última puede leerse aquí:

- "Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte III)".

viernes, 29 de agosto de 2014

Alfred Nobel: emprendedor y experimentador incansable (parte I)

[Medalla correspondiente al premio Nobel de Química, concretamente la de 1954, concedida a Linus Pauling. En el anverso, retrato de Alfred Nobel; en el reverso se representa la naturaleza mediante la diosa Isis, que porta la cornucopia o cuerno de la abundancia, símbolo de prosperidad, mientras la ciencia levanta el velo de la diosa. Fuente de la imagen aquí]


"Se puede afirmar sin exagerar que lo que sirve de fundamento a todo el conocimiento humano es la observación y búsqueda de similitudes y disimilitudes".

(ALFRED NOBEL)


Una visita a la bella y elegante ciudad de Estocolmo es una oportunidad magnífica para recorrer los lugares emblemáticos de los celebérrimos premios Nobel: el antiguo edificio de la Bolsa, distinguida construcción del siglo XVIII en el corazón de Gamla Stan (isla que constituye la ciudad vieja), que alberga el Museo Nobel (un recinto expositivo dedicado a los premios que incluye también una pequeña e interesante sala donde se nos explican aspectos de la vida, los intereses intelectuales e invenciones del hombre que hizo posible los galardones más preciados de la ciencia, la literatura y la paz); el feo edificio azulado de conciertos, sede de la Real Orquesta Filarmónica, un mamotreto neoclásico en Norrmalm (ensanche del XVIII al norte del casco viejo de Gamla Stan), construido en los años 20 de la pasada centuria, que, sin embargo, es el lugar (de momento, pues está previsto un nuevo edificio) donde el rey de Suecia entrega los premios; y el imponente Ayuntamiento de la capital (inaugurado en 1923), en cuya Sala Azul (que no es de tal color sino un enorme patio cubierto que recuerda a un palacio medieval de la Italia septentrional, con altas paredes de ladrillo rojizo y señoriales columnas y escalinata) tiene lugar el muy concurrido banquete de gala tras la ceremonia de entrega de galardones en la Sala de Conciertos, que culmina con un baile en la  deslumbrante Sala Dorada del edificio (que sí merece su nombre pues el pan de oro la decora).

[Magnífica Sala Dorada del Ayuntamiento de Estocolmo. Imagen procedente de www.estocolmo.org]

Los premios Nobel se entregan cada 10 de diciembre (tal día de 1896 murió el científico e inventor sueco en San Remo) en las categorías de Física, Química, Medicina o Fisiología, Literatura, Paz (los originales incluidos por Alfred Nobel en su testamento) y de Ciencias Económicas (instituido por el Banco de Suecia a finales de los años 60 del pasado siglo). Alfred Nobel tenía un espíritu cosmopolita y humanista (había viajado por diferentes países de Europa y por Estados Unidos y dominaba cinco idiomas: ruso, francés, inglés y alemán, además del sueco) y era su deseo que los premios que debían concederse con la fortuna que había acumulado gracias a sus patentes y negocios para premiar a aquellos cuyos trabajos y esfuerzos hubieran sido de mayor utilidad a la humanidad tuvieran carácter internacional (lo cual fue motivo de cierta crítica en Suecia pues algunos no veían con buenos ojos que parte de la herencia de Nobel fuera destinada a extranjeros). La Real Academia de Ciencias de Suecia concede los galardones de Física y de Química, mientras que el prestigioso Instituto Karolinska de Estocolmo decide el correspondiente a Medicina o Fisiología. Tras salvarse las dificultades del testamento de Nobel por fin se entregaron los primeros premios en 1901, con el nacimiento del siglo XX, que tantos descubrimientos científicos revolucionarios depararía. El primer galardón de Física fue para el alemán W. C. Röntgen, por su descubrimiento de los rayos X; el de Química para el holandés van't Hoff, por su descubrimiento de las leyes de la dinámica química y de la presión osmótica en disoluciones; el de Fisiología o Medicina se concedió aquel primer año al alemán von Behring, por su descubrimiento de la aplicación de suero sanguíneo en la terapia de enfermedades infecciosas, particularmente en la difteria. Son innumerables las curiosidades que se pueden citar respecto a la ya larga trayectoria de los premios Nobel. Tan sólo diré aquí que dos son los españoles que han recibido el galardón de Fisiología o Medicina: Santiago Ramón y Cajal (en la temprana fecha de 1906) y Severo Ochoa (en 1959). Puede consultarse la entrada "Cajal y Ochoa, científicos españoles con el Nobel" en El devenir de la ciencia.

[ALFRED BERNHARD NOBEL (1833; Estocolmo, Suecia - 1896; San Remo, Italia). Fuente de la imagen: http://www.nobelprize.org/alfred_nobel/]


Resulta curioso que los premios que llevan el nombre de Nobel sean tan conocidos y valorados en todo el mundo y, en cambio, la biografía y la tenaz labor investigadora y empresarial del inventor sueco que donó en su testamento buena parte de su fortuna para los mismos queden reservadas para un relativamente reducido número de curiosos, científicos e historiadores que se han interesado por ellas.

El personaje, en sí mismo, es del máximo interés. Y no sólo por su invención de la dinamita. Alfred Bernhard Nobel fue un emprendedor y experimentador incansable que no se conformó con haber dominado el poder explosivo de la nitroglicerina, de tantas aplicaciones en obras públicas e ingeniería, sino que no dejó de trabajar toda su vida, en diferentes partes de Europa (también en Estados Unidos), para innovar, crear fábricas y fomentar el progreso (no es justo reducir la visión que se tiene de Nobel a las aplicaciones bélicas que los gobiernos de las naciones han hecho de los explosivos o a los accidentes que éstos han provocado). Allá donde residiera Alfred Nobel había un completo laboratorio para experimentar y buscar soluciones.

A lo largo de su vida Alfred Nobel había conseguido 355 patentes (además de diferentes tipos de explosivos Nobel ideó un aparato fotográfico ligado a un cohete para tomar imágenes y mediciones del terreno, diferentes aparatos de electroquímica y óptica, un extintor de incendios, un sistema para realizar transfusiones de sangre, un método para la destilación continua del petróleo, etc.). Pero por si esto fuera poco, a la mentalidad del científico y el humanista (se interesó especialmente por la literatura y la filosofía) hay que añadir la del hombre de negocios que tiene que luchar contra todo tipo de dificultades y zancadillas para abrirse camino. Fue capaz de levantar unas cien fábricas repartidas en una veintena de países, también en España, concretamente en Vizcaya



viernes, 15 de agosto de 2014

Los tres grados en el conocimiento humano, según Claude Bernard

[CLAUDE BERNARD, en un retrato de 1875; procedencia de 
la imagen aquí]


Me parecen de interés estas palabras del eximio médico y fisiólogo francés Claude Bernard (1813 - 1878), impulsor decidido del método experimental en la investigación médica; visión bastante simplificada de la evolución de la actitud del hombre ante el conocimiento del mundo (pero creo que valiosa, aunque hay que analizarla, claro está, en su contexto histórico: el siglo XIX) que comparto con el lector, para que él mismo juzgue. Son fragmentos recogidos en el libro Dos biólogos: Claudio Bernard y Ramón y Cajal, de Pedro Laín Entralgo, Espasa-Calpe (Colección Austral), Buenos Aires, 1949. He aquí las palabras del sabio francés del XIX:

"El espíritu humano, en los diversos períodos de su evolución, ha pasado sucesivamente por el sentimiento, la razón y la experiencia. En un principio, el sentimiento se impuso por sí solo a la razón y creó las verdades de fe, es decir, la teología. La razón o la filosofía se constituyó luego en dueña y señora, y alumbró la escolástica. Por fin, la experiencia, es decir, el estudio de los fenómenos naturales, enseñó al hombre que las verdades del mundo exterior no se encuentran formuladas de antemano ni en el sentimiento ni en la razón. Uno y otra son tan sólo guías indispensables; mas para obtener esas verdades es necesario descender a la realidad objetiva de las cosas, donde se encuentran ocultas bajo su forma fenomenal".

Dice Laín Entralgo que no es necesario ser un lince para advertir la coincidencia entre el pensamiento del fisiólogo francés y las ideas del padre del positivismo, Auguste Comte. Sin embargo, a pesar de esta sintonía, aclara Laín, mientras que para Comte el logro histórico del último estado, el "estado positivo" (el período de la experiencia de Bernard), anularía las dos fases anteriores (el "estado teológico" y el "estado metafísico") para Claude Bernard el "período de la experiencia", aun siendo el último, no invalidaría las anteriores actitudes del hombre o modos de ser del espíritu humano, sino que el método experimental resume todo lo precedente y, dice Bernard, "se apoya sucesivamente sobre las tres ramas de este trípode inmutable: el sentimiento, la razón y la experiencia". Obviamente un investigador actual, sin negar que tenga una faceta emocional o pueda alimentar su "dimensión espiritual" con el sentimiento, incluso que posea fe religiosa (nada raro, por cierto, sobre todo entre médicos), emplea en su labor el método hipotético-deductivo, en el que la razón y la experiencia, nunca el sentimiento o las creencias sentimentales (que quedan al margen del método científico, que no las necesita y se vería gravemente adulterado por una contaminación de este tipo), son las herramientas imprescindibles.

Añade Laín Entralgo que Bernard, en un texto manuscrito de 1865, muestra un claro pensamiento "transpositivista" (término empleado por Laín) al definir tres grados o ramas del conocimiento humano, que no etapas históricas sucesivas. Asimismo observa Laín cómo Claude Bernard, en consonancia con su época, cae en el ingenuo error de llamar "ciencia" a la religión (que es una forma de conocimiento, no científica, del "mundo espiritual"). Escribe el médico y fisiólogo francés en dicho manuscrito:

"Es preciso distinguir tres grados en el conocimiento del hombre. En un principio se hace una representación de las cosas, en el [la] cual cree. En seguida quiere saber por qué cree, y razona sobre sus creencias. Por fin, quiere tener la prueba de sus razonamientos [aspecto genuinamente científico]: entonces demuestra, experimenta. De donde derivan las tres ramas fundamentales de los conocimientos humanos: 1º La ciencia de las creencias: Religión. 2º La ciencia del razonamiento: Filosofía. 3º La ciencia de las demostraciones, de las pruebas: Ciencias propiamente dichas".

Hoy no hablaríamos de ciencia más que para el tercer grado, mientras que los otros dos, aunque Bernard los cataloga como ciencias, quedarían al margen, aquí, en las palabras de Bernard, el término hay que entenderlo como sinónimo de saberes humanos. La conclusión de Claude Bernard es que en todos los conocimientos humanos y en todas las épocas hay una mezcla en proporción variable de religión, filosofía y ciencia. Esto, en todo caso, podemos asumirlo hasta mediados del siglo XIX, pero con posterioridad y particularmente desde comienzos de la pasada centuria el conocimiento de la naturaleza es absolutamente independiente del religioso y, aunque con influencias mutuas, tiene un carácter diferenciado (precisamente por su método) del filosófico.

miércoles, 30 de julio de 2014

La ciencia en plural

[Fuente de la imagen: Wikipedia]

"El arte es yo; la ciencia es nosotros".

Magnífica y elocuente es esta célebre frase del adalid de la medicina científica, impulsor del método experimental en la medicina y la fisiología del siglo XIX: el francés CLAUDE BERNARD (de joven, curiosamente, tuve conocimiento de su labor científica gracias a la lectura de Pío Baroja, novelista y médico de formación). Recomiendo al lector esta biografía del premio Nobel argentino en Medicina Bernardo A. Houssay: Claude Bernard y el método experimental.

Claude Bernard, fundador de la medicina experimental, bien sabía que la ciencia es tarea colectiva, particularmente desde el siglo XIX (y cada vez más). Son equipos de investigadores y trabajadores que aúnan sus esfuerzos liderados por algún o algunos científicos (hoy no pocas mujeres) brillantes. Una labor colectiva, frecuentemente interdisciplinar e internacional (dada la complejidad y el elevado coste de las investigaciones punteras actuales): de un equipo humano (un "nosotros") para el beneficio y conocimiento de toda la humanidad (todos nosotros). El arte, en cambio, es generalmente labor creativa de una mente inquieta y a veces genial, individual, que se proyecta hacia los demás.

martes, 22 de julio de 2014

Berzelius: los símbolos y mucho más

J. J. Berzelius fue uno de los grandes personajes de la química, cuando esta ciencia, gracias a Lavoisier, Dalton y otros, tomó impulso a principios del siglo XIX. Y no sólo estableció la moderna simbología química de los elementos y de las fórmulas de los compuestos (con superíndices, en vez de los actuales subíndices para indicar las proporciones de los elementos que forman parte de la sustancia compuesta, como H2O, CO2, etc.), sino que su metódica labor es ciertamente amplia y de interés.

[Fuente de la imagen aquí]


 

martes, 1 de julio de 2014

¿Guerra biológica en el siglo XVIII? (la viruela en la Guerra de Independencia norteamericana)

Hay libros que no puede dejar uno de recomendar porque, cada vez que fueron abiertos para su lectura, supusieron un plácido rato de disfrute y conocimiento. Y si el tema es abordado por el autor con un original enfoque la recomendación se hace poco menos que obligatoria. Tal es el caso de Chiripas de la Historia ("una antología de las casualidades más increíbles que han forjado el destino de la humanidad"), de Gonzalo Ugidos (La Esfera de los Libros, Madrid, 2013), al que conocemos de su magnífico e imprescindible espacio radiofónico (RNE5) Vidas Contadas.

Entre tantas amenas y jugosas páginas leo "Su Majestad George Washington" (imagen de la izquierda), en donde Gonzalo Ugidos narra una muy interesante historia: la epidemia de viruela que asoló la costa este de Norteamérica durante la Guerra de Independencia. Precisamente George Washington tenía una vital ventaja, un escudo protector biológico, pues el comandante en jefe de las tropas rebeldes que luchaban contra los británicos había sobrevivido a la viruela que padeció en su adolescencia, de manera que era inmune a dicha enfermedad vírica.

El hecho es que la viruela hizo estragos en las tropas continentales rebeldes, jugando un muy importante papel en la Guerra de Independencia, afectando a miles de soldados y ocasionando que la guerra se prolongara por más tiempo. En 1776 unos cinco millares de soldados rebeldes, la mitad del Ejercito Continental en las proximidades de Quebec, padecieron la enfermedad, convirtiéndose pues en peor enemigo que los británicos, canadienses e indios juntos, como dijera John Adams, segundo presidente de Estados Unidos.

Los soldados británicos gozaban de cierto grado de inmunidad contra la viruela, desde luego mucho mejor que las tropas rebeldes americanas. Cuenta Gonzalo Ugidos que tal vez (es un asunto de controversia entre los historiadores) la epidemia de viruela de 1776 que azotó al Ejercito Continental rebelde fue deliberadamente propagada por los británicos, en lo que sería una pionera guerra biológica para debilitar o acabar con el enemigo. La hipótesis es plausible porque, dice Ugidos, "los redcoats (casacas rojas) del ejército británico habían sido previamente vacunados". Esta afirmación me mueve a profundizar algo más y a hacer una aclaración sobre la vacunación.


Edward Jenner (1749 - 1823) descubrió la vacuna en 1796, es decir, veinte años después de aquel terrible brote de viruela que castigó a las tropas rebeldes norteamericanas, con miles de afectados. Por tanto, creo que no es muy acertado emplear aquí el término vacunación, pues puede inducir a cierta confusión histórica. Con mayor propiedad podríamos hablar de inoculación (aunque es cierto que hoy día se emplean indistintamente los términos inoculación y vacunación para referirse a cualquier inyección protectora de infecciones). Con anterioridad al hallazgo de Jenner, para inmunizar a las personas contra la enfermedad infecciosa se inoculaba pus (en la época de la Guerra de la Independencia de Norteamérica al procedimiento se le llamaba virulación) de pacientes que sufrían la enfermedad de forma moderada, menos grave. La viruela (enfermedad infecciosa que sabemos hoy que es provocada por un virus) es muy contagiosa, ocasionando en el enfermo fiebres altas y una erupción cutánea característica y pudiendo causar la muerte. Cuando la enfermedad no tenía fatales consecuencias para el paciente, éste quedaba inmunizado contra la enfermedad de forma duradera. Pero, a pesar de usarse la inoculación como técnica de inmunización, en ocasiones el procedimiento tenía un fatal desenlace para el inoculado. Fue Edward Jenner quien halló una solución efectiva al problema de la inoculación al descubrir su vacuna (del latín vacca, es decir, vaca), obtenida de la viruela bovina, una forma mucho más benigna de la enfermedad infecciosa (Jenner observó que las ganaderas que ordeñaban las vacas con viruela bovina se infectaban con una forma leve o inocua de la enfermedad que les confería inmunidad frente a la temida viruela humana). La vacunación fue reconocida como una poderosa técnica de inmunización por la comunidad médica tras la publicación en 1798 de la obra de Edward Jenner titulada Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vaccinae. La vacunación tomó fuerza y rápidamente se extendió el procedimiento profiláctico por Europa y también por el continente americano. A mediados del siglo XIX la vacunación pasa a ser obligatoria con la finalidad de mejorar la salud pública y la calidad de vida de la población (como así fue), pero ante ello reaccionaron ciertos grupos organizándose en contra de tal medida, particularmente en Gran Bretaña, al considerarla una injerencia del Estado (¿les suena esto de algo?; no hay nada nuevo bajo el Sol).


Los soldados británicos de las colonias norteamericanas fueron inoculados con carácter voluntario. Por este motivo, entre otros, creo que la hipótesis del contagio premeditado, de la "guerra biológica" de los británicos contra los rebeldes norteamericanos, no es cierta aunque sea posible. De pretender  diezmar al ejército enemigo con el mínimo riesgo la inoculación contra la viruela entre la tropa británica habría sido obligatoria (aunque es cierto que el procedimiento de inmunización de la época no era completamente seguro).

El caso es que, dada la alarmante y grave situación, George Washington tuvo la valentía y perspicacia suficientes como para ordenar la inoculación obligatoria contra la viruela para todos sus soldados, a excepción de aquellos que ya hubieran padecido y superado la enfermedad, de manera que eran inmunes a la misma. Esto ocurrió en 1777, tan sólo un año después del terrible brote epidémico. Hubiera sido mejor, evitándose muchas víctimas, que la inoculación se realizara con anterioridad (lo cual incluso acaso habría modificado el devenir de Norteamérica). Pero no podemos negar el arrojo de Washington, quien, tal vez animado por su propia inmunidad, fue el artífice de la inoculación del Ejército Continental norteaméricano, que se convirtió así en el primero del mundo al que se aplicó un plan organizado de prevención de la viruela.


Nota:

La inoculación o vacunación consiste en inyectar, con carácter profiláctico, microorganismos, vivos o muertos, o sus productos, para prevenir una enfermedad infecciosa (o bien para que esta aparezca en forma atenuada o leve). Parece ser que ya en la antigüedad se practicaba la inoculación de la viruela en Asia y Oriente próximo. Posteriormente, en el siglo XVII, fue introducida en Europa. Destacable es el caso de Mary Wortley Montagu (1689 - 1762), quien a comienzos del XVIII escribió sobre la práctica de la inoculación que se realizaba en Turquía (ella misma sometió a sus hijos al proceso). Esta técnica de inoculación o virulación provocaba una forma de viruela más leve.


Bibliografía:

- BYNUM, W. F., BROWNE, E. J., ROY PORTER; Diccionario de historia de la ciencia. Herder, Barcelona, 1986.

- UGIDOS, G.; Chiripas de la historia. La Esfera de los Libros, Madrid, 2013.

En Internet:



domingo, 15 de junio de 2014

No es un día cualquiera... para la ciencia

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)  cumple 75 años de vicisitudes y el programa No es un día cualquiera, de RNE, dirigido por Pepa Fernández, emitió el sábado desde la sede de la institución científica española. La tertulia estuvo dedicada a la investigación; Nieves Concostrina, narradora de historias de huesos y difuntos, habló de Galileo Galilei ; y Pepa Fernández entrevistó al biólogo Daniel Ramón, experto en tecnología de alimentos, particularmente en transgénicos, que ha escrito Los genes que comemos (coautor también de una novela sobre el polémico asunto).

El domingo por la mañana, ya en La Rioja, el humor, originalísimo, lo puso como siempre Juan Carlos Ortega, que es un gran aficionado a la historia de la ciencia (es autor de la singular obra divulgativa para todos los públicos, estudiantes de ESO incluidos, El universo para Ulises; Editorial Planeta, 2013). En sus Cuentos para Ulises narra una rara historia de un remoto lugar en el que la política invade absurdamente el territorio de la ciencia, y en su sección de la disparatada Radio 6 un físico atómico se ve en apuros ante la descabellada intervención de una oyente (todo puede ocurrir en esta cadena). El cuento para Ulises comienza así:

"Había una vez un país muy lejano en el que la ciencia no funcionaba igual que aquí. Allí, todos los asuntos científicos se sometían a referéndum.

- Mañana se votará cuál va a ser la velocidad de la luz.

Y todos los habitantes de ese lejano país decidían cuál sería el valor de esa constante natural.

- Yo votaré que sean 100 km/h.

- Pues yo votaré...".


Puede escucharse el extraño cuento político-científico pinchando aquí. La entrevista de Radio 6, aquí (a partir del minuto 9:10).

Y como en terrenos humorísticos estamos, os dejo un par de viñetas de Forges, también ilustre colaborador de No es un día cualquiera:




  

lunes, 9 de junio de 2014

El pato Donald en el mundo de las matemáticas

[Un simpático viaje al maravilloso mundo de las matemáticas con el pato Donald, que hoy cumple 80 años.]

Puede disfrutarse de Donald in Mathmagic Land pinchando aquí.

lunes, 2 de junio de 2014

El Príncipe de Asturias y la química

[El investigador AVELINO CORMA es especialista en síntesis y aplicaciones de las zeolitas; fuente de la imagen aquí]

Hoy todos los medios de comunicación hablan del rey y del príncipe de Asturias. En El devenir de la ciencia destacamos al químico Avelino Corma (Moncófar, Castellón, España, 1951), premiado con el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2014. Por fin la investigación química es la protagonista de estos prestigiosos premios internacionales. "Fue un reconocimiento a la química en España", ha afirmado el investigador. Corma es uno de los científicos más valorados de nuestro país, desarrollando su labor investigadora en el campo de la catálisis heterogénea.

Junto con el biólogo Antonio García-Bellido constituye la representación española en la Royal Society, lo que invita a soñar con la posibilidad de un nuevo Nobel hispano. Un par de docenas de españoles han formado parte a lo largo de la historia de tan célebre institución inglesa, la mayoría en el siglo XVIII, con Antonio de Ulloa y Jorge Juan como máximos exponentes de aquella época. Los miembros españoles de mayor relieve han sido Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, ambos galardonados con el Nobel.

Pepa Fernández entrevistó a Avelino Corma y al eximio bioquímico Santiago Grisolía el pasado fin de semana en No es un día cualquiera, de RNE:



 

sábado, 17 de mayo de 2014

Las mamas de Dolly

No hay oveja más famosa que Dolly (1996 - 2003), el primer mamífero clonado a partir de una célula somática adulta. Los padres científicos de la criatura fueron Keith Campbell e Ian Wilmut, investigadores del Instituto Roslin de Edimburgo. Diez años antes se había logrado clonar un ratón, pero en este caso tomando el núcleo de una célula madre embrionaria.

[Fuente de la imagen: aquí]


Los británicos emplearon la técnica de transferencia nuclear de la célula somática, consistente en extraer el núcleo de una célula somática adulta (en el caso de Dolly una célula de una gándula mamaria de una oveja donante) e introducirlo en un óvulo desprovisto de su núcleo. Después de dotar al óvulo con el núcleo de la célula adulta (con toda la información genética de esta, con su ADN) los investigadores del equipo de Edimburgo estimularon la división celular mediante la aplicación de descargas eléctricas. El desarrollo del embrión en otra oveja daría lugar, finalmente, al nacimiento de la oveja clonada, Dolly, genéticamente idéntica a la oveja donante del núcleo de célula adulta. Aclaremos que aunque Dolly tenía el mismo ADN nuclear que la célula adulta de la oveja donante su ADN mitocondrial (que es extranuclear) provenía de la oveja utilizada para proporcionar el óvulo (desnucleado) receptor. Por supuesto, no hay tarea fácil en la ciencia y menos en un asunto tan delicado como este. Fueron necesarios 277 intentos hasta que los investigadores del Instituto Roslin de Edimburgo gritaron su particular eureka.

Y como sucede tantas veces en la investigación el caso de Dolly tiene su punto chusco. Puesto que la célula somática adulta se había obtenido de una glándula mamaria de una oveja, los británicos Campbell y Wilmut tiraron de humor isleño y dieron a la oveja obtenida por clonación el nombre de Dolly, en homenaje a la gran cantante de country Dolly Parton, de abrumadora delantera.

Os dejo un divertido vídeo de introducción a la clonación hecho por alumnos de bachillerato y una muestra de la música de la cantante de poderosos pechos, Dolly Parton:






Para saber más: 50 cosas que hay que saber sobre genética; MARK HENDERSON; Ed. Ariel.

domingo, 4 de mayo de 2014

Dos ciencias: historia y cosmología

[MARIO BUNGE, físico y filósofo; Buenos Aires, 1919]



" La historia es mucho más científica que la cosmología. El buen historiador busca y da evidencia de prueba, a diferencia de los cosmólogos fantasistas, como Hawking. La historia es la más científica de las ciencias sociales."

Me han llamado la atención de manera especial estas palabras del longevo y gran filósofo de la ciencia argentino Mario Bunge en una entrevista recientemente concedida al diario El País (puede leerse completa aquí).

Tiene su razón Bunge, pues la investigación histórica se basa en el análisis de los hechos de forma objetiva y contrastada, con todas sus limitaciones (no confundir con las, subjetivas, memorias históricas). No cabe duda de que la cosmología física es ciencia, pero no es menos cierto que hoy día está impregnada de numerosas especulaciones teóricas, con sutiles y complejos desarrollos matemáticos (incluidas "acrobacias matemáticas"), no falsables, como ocurre con los modelos cíclicos, en los que se considera la sucesión de big bangs. Tal es el caso de la cosmología de Hawking y, acaso más aún, el de la Cosmología Cíclica Conforme de Penrose (véase este artículo de Carlo Frabetti). Pero esas aventuras teóricas de la cosmología son enormemente sugestivas y animan el debate, estimulando nuestra inevitable y sana curiosidad por conocer.