¿No nos recuerda nuestra vida a un movimiento browniano? ¿No es nuestro existir, con frecuencia errático, una sucesión de movimientos caóticos, sin un rumbo fijo? ¿Tiene significado y propósito nuestra vida? ¿Sabemos qué rumbo debemos tomar, o simplemente dejamos que los múltiples impactos externos nos desplacen sin fin, azarosamente, no alcanzando jamás una meta, no llegando a ninguna parte?
Creo que la mayoría de nosotros somos, no pocas veces, meros granos de polen en browniana agitación. La filósofa y pionera feminista británica Mary Wollstonecraft (1759 - 1797), madre de Mary Shelley (la autora de Frankenstein), escribió certeramente: "Nada contribuye más a tranquilizar la mente como un firme propósito, un punto en el que el alma pueda fijar su ojo intelectual".
Al margen de la metáfora que podamos establecer, con mayor o menor acierto, verbigracia, esta de la existencia como una suerte de movimiento browniano, el caótico movimiento descubierto por el escocés Robert Brown hace doscientos años es de extraordinario interés histórico, pues encontramos una sutil conexión entre la botánica y la física y la química. En concreto, la meticulosa observación bajo el microscopio de las partículas de polen en agua llevó, ochenta años después, a concebir los átomos como entes físicos de existencia real y no como un mero artificio intelectual de la teoría atómica.

Robert Brown (1773 - 1858), médico y botánico escocés, hizo su importante descubrimiento en 1827 cuando observaba al microscopio una suspensión en agua de granos de polen de Clarkia pulchella (de forma triangular y con poros en los vértices), una planta herbácea perenne. Estas partículas de polen, lejos de permanecer quietas, se movían continuamente, al azar, cambiando su posición sin cesar en un movimiento realmente errático. Este movimiento aleatorio es debido a los impactos de las partículas invisibles constituyentes del agua, las moléculas, con las partículas relativamente grandes que forman la suspensión (en este caso, los granos de polen). Albert Einstein (1879 - 1955) explicó teóricamente el movimiento browniano, que así se denomina al caótico fenómeno, en 1905 y el francés Jean Perrin (1870 - 1942) llevó a cabo posteriormente (1908) las experiencias definitivas. La teoría cinética de la materia tenía entonces una importantísima prueba experimental a su favor, y ello poco después del suicidio de Boltzmann.
Robert Brown estudió Medicina en las universidades escocesas de Aberdeen y Edimburgo y, en sus primeros años de profesión, ejerció como médico militar, aficionándose a coleccionar plantas. Gracias al explorador y botánico inglés Joseph Banks (presidente de la Royal Society entre 1778 y 1820), al que había conocido en Irlanda, embarcó Brown en 1801 como naturalista en una expedición científica a Australia, regresando cuatro años más tarde con un valioso cargamento botánico de unas 4000 especies de plantas que, tras un arduo trabajo, describió posteriormente. Las aportaciones a la Botánica del médico escocés fueron realmente relevantes. Así, por ejemplo, hay que destacar que señaló la diferencia entre las gimnospermas y las angiospermas, investigó el polen como criterio para la clasificación de las plantas y, memorable, acuñó el término núcleo para designar el pequeño cuerpo que observaba en el interior de las células vegetales (advirtió que era algo característico de todas las células). Es interesante la etimología de la palabra núcleo, que proviene del latín "nucleus", una forma diminutiva de "nux" o "nucis", es decir, nuez; por tanto, núcleo vendría a significar, según su origen latino, "nuez pequeña" (núcleo es una palabra polisémica empleada en diferentes ramas de la ciencia, como la biología, la astronomía, la física, o la geología, siempre con la idea general de parte central de algo). No es de extrañar pues que el término "núcleo" fuese acuñado por un botánico, que vio con su microscopio óptico, en el interior de las diminutas células, una estructura que le recordaba, en pequeño, al fruto del nogal, la nuez comestible encerrada en la dura cáscara. En 1912 recuperó Ernest Rutherford la palabra núcleo para referirse a la parte central del átomo, de carga positiva y donde se concentra casi toda su masa, descubierta un año antes tras analizar los resultados del célebre experimento de bombardeo de una finísima lámina de oro con partículas alfa. De hecho, Rutherford no eligió el término inglés "core" para referirse al núcleo del átomo (muy usado, como en "Earth's core", núcleo de la Tierra) sino que prefirió "nucleus" ("atomic nucleus").
Pero, si la mayoría de nosotros recordamos hoy al ilustre botánico de Montrose, es por el caótico movimiento de las pequeñas partículas de polen en suspensión que lleva su nombre, el movimiento browniano, epónimo que comenzó a ser utilizado por los físicos y químicos años después de la muerte de Robert Brown, popularizándose en la década de 1870, en el contexto de la teoría cinética de la materia. Digamos que, aunque el descubrimiento de Brown en las suspensiones de polen es de 1827, ya en 1785 Jan Ingenhousz (considerado el descubridor de la fotosíntesis) describió el movimiento irregular de polvo de carbón en la superficie del alcohol. Según nos cuenta Isaac Asimov en su Enciclopedia Biográfica de Ciencia y Tecnología (Alianza Ed., 1987), Robert Brown, tras su observación con el microscopio óptico de una suspensión de polen en agua, dedujo inicialmente que el errático movimiento de las partículas de polen debía ser consecuencia de la vida que había encerrada en dichos granos, pero él mismo refutó su explicación cuando observó similar movimiento caótico en partículas de colorante, carentes de vida, en suspensión acuosa. Largo tiempo después, en 1887, el físico francés Louis G. Gouy (1854 - 1926) llegó a la acertada conclusión de que el movimiento browniano era una manifestación de la agitación térmica de las partículas del disolvente, conforme a la teoría cinética (dichas partículas o moléculas están en movimiento continuo, de manera que la temperatura es una medida directa de la energía cinética promedio de las partículas que forman el sistema).

[
Movimiento browniano. Del artículo de
Jean B. Perrin, "Mouvement brownien et réalité moléculaire" Ann. de Chimie et de Physique (VIII) 18, 5-114, 1909 ]
Nuestro gran físico Luis Bru (notable experimentador y divulgador de la excelente labor científica de investigadores españoles como Blas Cabrera, Arturo Duperier o Miguel Catalán) describe en su manual de Física (Librería Internacional de Romo; 1969) el movimiento browniano con estas sencillas palabras:
"Cuando se observa una suspensión al microscopio puede comprobarse que las partículas que la forman no están quietas, sino animadas de un rápido y desordenado movimiento que se realiza tanto más de prisa cuanto más pequeñas son las partículas. El origen del fenómeno estriba en que las moléculas líquidas [del líquido] empujan en sus desplazamientos a las partículas suspendidas, las cuales chocan unas con otras, originándose un desordenado movimiento en zig - zag".
Albert Einstein (1879 - 1955), en 1905 (su annus mirabilis), describió matemáticamente con éxito el movimiento browniano en su artículo Über die von der molekularkinetischen Theorie der Wärme geforderte Bewegung von in ruhenden Flüssigkeiten suspendierten Teilchen ("Sobre el movimiento postulado por la teoría cinético - molecular del calor de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario"), cuyos resultados suponían confirmar indirectamente la existencia de átomos y moléculas. Hay que señalar que Einstein hizo su estudio teórico y matemático del fenómeno con un conocimiento muy vago de las observaciones de Robert Brown.
[Muro de Berlín. Albert Einstein, Goethe ("la historia de la ciencia es la ciencia misma") y otros ilustres alemanes. Foto: B. Rivero]
Einstein supo explicar el movimiento browniano matemáticamente basándose en la teoría cinética de Maxwell y Boltzmann, demostrando que el movimiento caótico de las partículas en suspensión tenía que ser consecuencia del movimiento al azar de las moléculas del agua en la que se encontraban suspendidas. Einstein comprendió que la velocidad de la partícula en suspensión no es una magnitud definida (choca multitud de veces y, por tanto, cambia de velocidad, en módulo y dirección, haciéndose nula con frecuencia). Llegó a la conclusión de que el movimiento errático de las partículas en suspensión, como los granos de polen de Robert Brown, está provocado por las múltiples colisiones con las moléculas del líquido en el que están inmersas y, además, este movimiento es tan complicado que ha de ser descrito probabilísticamente. Es decir, en 1905 Einstein proponía una teoría del movimiento browniano basada en las fluctuaciones estadísticas del número y la velocidad de las moléculas de líquido que colisionan con la partícula browniana.
El tamaño de las partículas en suspensión es un factor muy importante a la hora de observar, o no, el movimiento browniano pues estas no pueden ser demasiado pequeñas (si están en la escala atómica o molecular no formarían una suspensión sino que serían parte de la disolución) ni demasiado grandes (sufrirían las partículas billones de impactos por segundo repartidos uniformemente por toda su gran superficie y no sería observable el efecto y, además, la fuerza gravitatoria, su propio peso, haría que precipitaran, cayendo al fondo). Se suele establecer un rango de tamaño de partícula que va de 1 nanómetro a 5 micrómetros (o a lo sumo 10 micrómetros) para que el movimiento browniano sea claramente detectable. En rigor, diremos que Robert Brown no observó en 1827 con su microscopio el movimiento aleatorio de los granos de polen de Clarkia pulchella (demasiado grandes, de unos 80 micrómetros) sino el de las pequeñas partículas liberadas de su interior al agua (como amiloplastos y esferosomas), con un tamaño comprendido entre 1 y 5 micrómetros (o milésimas de milímetros).
El académico
Jesús Santamaría Antonio nos enfatiza que el movimiento browniano es un
fenómeno mesoscópico (conforme a la idea de Einstein, la
escala meso iría desde el milímetro a la millonésima del metro, es decir, el micrómetro):
"El movimiento browniano es un proceso mesoscópico, compatible con el equilibrio termodinámico, que explica las fluctuaciones de magnitudes termodinámicas y fundamenta la Teoría Atómico-Molecular del siglo XX y la Teoría Matemática de los procesos al azar".
Y me parecen muy interesantes sus conclusiones respecto a las relaciones entre el movimiento browniano, la dinámica de fluctuaciones y la Biología (un camino de ida y vuelta que conecta la Biología con la Física y la Química):
"En la materia condensada y en Biología, ambas gobernadas por estructuras de mesoescala y fluctuaciones importantes, el movimiento browniano determina la dinámica de fluctuaciones que une lo microscópico rápido con lo macroscópico lento".
Toda teoría científica ha de partir de los hechos observados y, para que sea aceptada, debe estar refrendada por los experimentos. La explicación teórica de Einstein del movimiento browniano encontró su confirmación en los meticulosos trabajos experimentales del físico francés Jean B. Perrin (1870 - 1942), y con ello se hacía evidente la existencia real de los átomos y las moléculas que forman la materia, quedando resuelta la larga controversia que dominó el siglo XIX desde la teoría atómica de Dalton y que, en sus últimas décadas, adquirió gran resonancia.
[
Jean Perrin, físico francés que en
1909 demostró la existencia de
átomos y
moléculas]
Anteriormente, Jean Perrin había investigado la naturaleza de los rayos catódicos observados por Crookes y llegó a la conclusión en 1895 de que eran partículas cargadas negativamente y no ondas (estudios culminados por J. J. Thomson en 1897 con el descubrimiento de los electrones). Incluso, en 1901, años antes que Rutherford, propuso un modelo alternativo al de Thomson, un modelo planetario del átomo, con una región central positiva y los electrones en la periferia, girando alrededor como los planetas lo hacen en torno al Sol.
Pero fue en 1908, tres años después de la teoría de Einstein sobre el movimiento browniano, cuando Jean Perrin se pone a la tarea de intentar determinar el tamaño de las moléculas mediante la observación sistemática. Asimov nos cuenta así el gran logro del físico francés: "Con el microscopio, contó el número de pequeñas partículas de resina suspendidas a diferentes alturas en una gota de agua. Encontró la manera por la cual se ajustaban perfectamente a las ecuaciones de Einstein, y, por primera vez, el tamaño aproximado de átomos y moléculas pudo ser calculado por medio de la observación real". Así quedaba confirmada la existencia de átomos y moléculas, cerrando el largo debate decimonónico. Además, por si todo esto fuera poco, Perrin determinó el número de Avogadro con gran exactitud (fue precisamente él quien lo llamó constante de Avogadro). Su estudio experimental quedó reflejado en diferentes artículos científicos, entre los que destaca Mouvement brownien et réalité moléculaire ("Movimiento browniano y realidad molecular"), de 1909, traducido poco después al inglés y al alemán.
Añadir a lo ya dicho que Jean B. Perrin propuso en 1919 que los procesos nucleares (fusión nuclear del hidrógeno) pueden proporcionar la fuente de energía en las estrellas. Su hijo, Francis Perrin, fue un gran especialista en fisión nuclear (¿recuerdan quién propuso por vez primera la palabra núcleo como término científico?). Francis Perrin se doctoró con una tesis sobre el estudio matemático del movimiento browniano de rotación. A su padre, Jean B. Perrin, le fue concedido el premio Nobel de Física en 1926 (justamente hace ahora cien años) por sus investigaciones sobre la estructura discontinua de la materia y el equilibrio de sedimentación.
Apenas tres años antes de la publicación de los cruciales trabajos experimentales de Jean Perrin, en los que queda patente la existencia real de los átomos, moría trágicamente uno de los científicos más relevantes del siglo XIX, al que me atrevería a llamar, sin embargo, "primer físico del siglo XX": Ludwig Boltzmann (1844 - 1906).
[En la Universidad de Viena, junto al busto de L. Boltzmann.
Foto: B. Rivero]
Boltzmann se suicidó en Duino en 1906. Se ahorcó en esta pequeña localidad de la costa adriática, próxima a Trieste (célebre por aquellas elegías que escribiera el gran poeta Rainer María Rilke), mientras su mujer e hija se bañaban. Las causas que llevaron a tan destacado físico teórico, pionero en conectar el mundo microscópico de los átomos con las leyes macroscópicas de la física (mecánica estadística), a una decisión drástica e irreversible como esta no están claras. El físico austríaco tenía un carácter cambiante y una personalidad depresiva (probablemente padecía un trastorno bipolar) y, a la fatal determinación, debió de contribuir sin duda la dureza de los ataques que recibieron sus ideas atomistas por parte de algunos de sus colegas (Mach y Ostwald principalmente) y el progresivo deterioro de su salud física (a veces, las buenas noticias o las recompensas llegan demasiado tarde, como se nos recuerda en el epílogo de Bartleby, el escribiente, deliciosa obra maestra de Herman Melville). El autor de Teoría cinética de los gases (1895 - 1899), entre otras importantísimas obras, fue además un notable filósofo de la ciencia, muy apreciado por Karl Popper, quien lo consideraba "uno de los grandes físicos del siglo XIX y, al mismo tiempo, un ardiente, y casi militante, realista y objetivista".
Aquí, sobre todo, quiero destacar su tenaz defensa del atomismo físico, pues creía Boltzmann en la existencia real de los átomos (más allá de su utilidad en los modelos teóricos), lo cual suponía encontrar la dura oposición de los positivistas, para quienes los átomos eran meros entes metafísicos. Es el debate y la tensión entre dos concepciones filosófico - científicas rivales: el atomismo y el energetismo. La primera saldría triunfante en el siglo XX pero la segunda, con Wilhem Ostwald a la cabeza, se mostraba muy vigorosa en la época del desdichado Boltzmann.
Hacia 1890 el químico alemán (nacido en Riga, Letonia) Wilhelm Ostwald (1853 - 1932) era un destacadísimo defensor de las posturas energetistas, sosteniendo firmemente que era la energía, y no la materia, lo único real en la naturaleza. Para Ostwald, la energética debía sustituir a la teoría cinética y la teoría atómica como fundamento de la física. Sin embargo, con buen espíritu científico, tras los estudios sobre el movimiento browniano de Einstein (1905) y los definitivos resultados experimentales de Jean Perrin (1909), el eximio químico de Riga (de los bálticos "bosques del este") aceptó, por fin, la teoría atómica. Muestra de ello es lo escrito por Ostwald en Einführung in die Chemie: ein Lehrbuch zum Selbstunterricht und für höhere Lehranstalten ("Introducción a la Química: un libro de texto para el autoaprendizaje y para centros de enseñanza superior"), de 1910, que podemos leer en español gracias a la traducción del profesor Modesto Bargalló en "Elementos de Química" (Gustavo Gili Editor, Barcelona, 1917). En el capítulo dedicado al oxígeno encontramos el epígrafe "Teoría atómica", donde queda clara la nueva postura de Ostwald respecto a los átomos:
"Además, de la ley de la conservación de los elementos se deduce que un átomo no puede transformarse en otro: si esto fuese posible, también lo sería la transformación mutua de los elementos, con lo cual desaparecerían unos para dar origen a otros. por consiguiente, el fenómeno de la combinación no se puede concebir más que como unión de los átomos de los elementos, y así se explica que puedan obtenerse, de nuevo, los elementos, de los cuerpos compuestos.
[...]
Con la hipótesis de la existencia del átomo dotado de las propiedades antes indicadas, se explica, pues, claramente la proporcionalidad de pesos en los compuestos químicos, lo cual viene en apoyo de la misma hipótesis. Admitiremos, por consiguiente, que todos los cuerpos están realmente compuestos de átomos; concepto que han venido a confirmar todavía diversos descubrimientos de otras ciencias. En lo sucesivo nos serviremos bastante de dicha teoría".
Pues sí, todos admitieron, como Ostwald, que los átomos formaban realmente la materia.
BIBLIOGRAFÍA:
- ALFONSECA, Manuel. Grandes científicos de la humanidad. Espasa. Madrid, 1998.
- ASIMOV, Isaac. Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología. Alianza Ed. Madrid, 1987.
- BRU, Luis. Física. Librería Internacional de Romo, S. L. Madrid, 1969.
- BYNUM, W. F.; BROWNE, E. J.; PORTER, Roy. Diccionario de historia de la ciencia. Ed. Herder. Barcelona, 1986.
- OSTWALD, Guillermo. Elementos de Química. Gustavo Gili Ed. Barcelona, 1917.
- SANTAMARÍA ANTONIO, Jesús. El movimiento browniano: un paradigma de la materia blanda y de la biología. Rev. R. Acad. Cienc. Exact. Fís. Nat. (Esp). Vol. 106, Nº. 1-2, pp 39-54, 2013.