miércoles, 15 de abril de 2026

De la alquimia a la ciencia química. La incipiente química en los tratados del siglo XVII

La naturaleza, para ser dominada, debe ser obedecida; y aquello que en la contemplación es la causa, en la práctica es la regla.

[FRANCIS BACON; Novum Organum Scientiarum (1620)]


[The Sceptical Chymist (1661), “El químico escéptico”, de Robert BOYLE]

Es comúnmente aceptado que la química moderna nace con Antoine Lavoisier y su célebre "Tratado elemental de química" (Traité Elémentaire de Chimie) de 1789. Al químico francés le debemos, entre otras aportaciones clave, el estudio de las oxidaciones y la combustión y, por supuesto, la ley de conservación de la masa en las reacciones químicas, que todos hemos estudiado (además de dar relevancia capital a la medida con la balanza, haciendo la química una ciencia experimental y cuantitativa). En este punto quiero recordar también al ruso Mijaíl Lomonósov (1711  1765). No mencionaré aquí las numerosas aportaciones científicas verdaderamente pioneras del eximio químico, polímata y poeta ruso, tan solo decir, por su gran relevancia, que se anticipó a Lavoisier (en cuarenta años) en la ley de la conservación de la masa en las reacciones químicas (que debería ser enseñada como la ley de Lomonósov-Lavoisier) y que sostuvo un modelo corpuscular de la materia, precursor de la teoría atómica y de la teoría cinética de los gases. Además, se anticipó a su época cuando propuso una teoría del calor, considerado como una forma de movimiento, en sintonía con la posterior de Rumford, y una teoría ondulatoria de la luz, como la que establecería Young.

Pero la transición hacia una nueva química, aunque aún enraizada en la alquimia, podemos afirmar que se inicia más de cien años antes de la obra capital de Lavoisier. A lo largo del siglo XVII van apareciendo importantes obras en Europa en las cuales se aprecia una clara evolución hacia una ciencia química moderna. Eso sí, de forma tardía, pues en la todavía llamada filosofía natural (la física) se produce en este siglo la Revolución Científica, y la rigurosa ciencia física del XVIII se construye ya bajo el paradigma newtoniano. Estas obras deben considerarse precursoras y de gran importancia para el ulterior desarrollo de la química.


Pionero es el texto de Andreas Libavius (nombre latinizado de Andreas Libau), Alchemia , 1597, que contribuyó decisivamente a la posterior escisión entre química y alquimia. El alquimista alemán (ca. 1550 – 1616) resumió en este libro los conocimientos alquímicos de su época, describiendo los fenómenos y procedimientos químicos con un lenguaje claro y sencillo (una verdadera inflexión para su tiempo), al margen de toda fantasía y hermetismo (seña de identidad de las clásicas obras de alquimia). Seguidor de las ideas de Paracelso en lo que respecta a la aplicación de la alquimia al tratamiento de las enfermedades, se basa sin embargo en la experimentación y no en meras hipótesis imaginativas (o incluso estrafalarias). La Alchemia de Libavius fue una obra con gran influencia  y fue una referencia para todos los alquimistas (o protoquímicos) del siglo XVII. Isaac Asimov afirma que este tratado puede “ser considerado el primer libro de texto de química que merece este título”. Como se ha dicho, la experimentación tiene un papel muy relevante en la obra de Libavius. Así, por ejemplo, describe la preparación de ácidos fuertes como el ácido sulfúrico (el “aceite de vitriolo”) o de sustancias como el volátil tetracloruro de estaño (SnCl4), conocido como “espíritu fumante de Libavio”. Asimismo a él le debemos el desarrollo de una primitiva marcha analítica y un método sencillo basado en la técnica de evaporación – cristalización para determinar el grado de mineralización del agua. Sin embargo, siendo todo ello de gran interés, hay que destacar que Andreas Libavius, consciente de las necesidades específicas y los peligros del trabajo alquímico, elaboró planos para la construcción de laboratorios químicos adecuados para las labores a las que estaban destinados, con diferentes salas: para las cristalizaciones, para los hornos, para preparaciones, almacén, etc. Algo realmente novedoso para la época. Hay que señalar, no obstante, la ausencia de una sala de balanzas en el diseño de sus “casas químicas”, pues la protoquímica tardaría aún tiempo en ser una disciplina verdaderamente cuantitativa (Lavoisier es considerado el padre de la ciencia química, experimental y cuantitativa). Libavius, alquimista práctico (creía en la transmutación para fabricar oro), dio unos primeros pasos muy a tener en consideración para entender la evolución de la química, que finalmente eclosionaría como ciencia a finales del siglo XVIII.


["Casa alquímica" o laboratorio diseñado por Libavius]

Surge pues en el siglo XVII una literatura química que conduce de forma irreversible de la alquimia a la ciencia química. No obstante, tengamos en cuenta que la entonces llamada “Chymica” era considerada fundamentalmente como un arte, el “Arte Noble”. Nicolas Le Févre (o Le Febure), químico del Jardin du Roi y excelente farmacéutico, miembro de la Royal Society, en su Traicté de la Chymie (1660) afirma:

“La contemplación es el único motivo de una ciencia, y su único objeto el de llegar al conocimiento por medio de esta contemplación, por lo que debe quedar satisfecha sin emplear la mente en ulteriores pesquisas; el arte, en cambio, se inclina siempre a obrar  y no descansa jamás, aunque los propósitos del Artista hayan alcanzado su meta”.

Le Févre y sus contemporáneos consideran a la “chymica” en cierta manera como ciencia y arte al mismo tiempo, es decir, como una ciencia práctica u operativa (es un conocimiento fundamentalmente empírico y práctico).


Entre las novedosas obras de química que van apareciendo a lo largo del siglo XVII a la estela de la Alchemia de Andreas Libavius destacan:

- Tyrocinium chymicum (1610) o “Química para principiantes”, de Jean Beguin, iatroquímico y estudioso de la minería, el cual adoptó los tres principios esenciales de la materia de Paracelso: sal, azufre y mercurio. La iatroquímica, impulsada por el disruptivo Paracelso, es una forma de alquimia o química aplicada a la medicina, una suerte de primitiva farmacología no exenta de ideas que hoy consideraríamos extravagantes.

- Philosophia pirotécnica, seu curriculus chymiatricus (“Filosofía pirotécnica o curso de química espagírica”), 1633 – 1635, del escocés William Davidson.

- Furni novi philosophici (“Nuevos hornos filosóficos”), 1650, del gran químico práctico Johann R. Glauber, que a pesar de este extraño título es un libro escrito con claridad sobre preparados químicos (instrucciones para su obtención y manipulación, así como la descripción de los aparatos necesarios para las operaciones químicas).

- Traité  de la Chymie (1663), del boticario y médico suizo, trasladado a París, Christopher Glaser (libro que alcanzó enorme popularidad en las últimas décadas del siglo, apareciendo más de treinta ediciones, la mayoría en francés, algunas en alemán y una en inglés).


Por último, entre otras obras de “artistas químicos”, destacamos el Cours de Chymie (1675), de singular calado para la época, del boticario y químico francés Nicolas Lemery, quien fue discípulo de Glaser y alcanzó gran fama y reputación como comentarista químico popular, claro y ameno. Lemery fue un verdadero químico, impartiendo clases y conferencias con demostraciones experimentales. El Cours de Chymie tuvo un enorme éxito popular, siendo considerado durante mucho tiempo como el mejor tratado de Química. Se publicaron numerosas ediciones en francés, varias en inglés y fue traducido también al latín, alemán, italiano y al español por Félix Palacios. Además de su ameno carácter divulgativo, la obra de Lemery tiene extraordinario interés teórico y experimental, con aportaciones verdaderamente originales. Sus ideas teóricas están muy próximas a las de Boyle, siendo también defensor de la concepción corpuscularista de la materia. Así, este librepensador de la química, independiente y lúcido, sostiene una curiosa teoría en la cual relaciona las propiedades de las sustancias con las supuestas formas de sus partículas. En esta concepción atomista primitiva, por ejemplo, las partículas de los ácidos tienen puntas agudas, capaces de agujerear los metales, explicándose de esta manera la disolución de un metal por un ácido. El aumento de peso de un metal por la calcinación lo explica diciendo que las partículas ígneas se introducen en sus poros.


[Nicolas Lemery (1645 - 1715)]

Entre estos pioneros de la incipiente ciencia química destacan por encima del resto Jan B. van Helmont (1580 – 1644), influido por Paracelso como es característico de la época y riguroso experimentador, y Robert Boyle (1627 – 1691), autor del célebre e imprescindible libro, punto de inflexión en la trayectoria del saber químico, The Sceptical Chymist (1661), “El químico escéptico”.


Jan Baptista van Helmont, médico y alquimista flamenco, se mueve entre la mística y la química experimental. Rechazaba la teoría aristotélica de los cuatro elementos (agua, aire, tierra y fuego) y también las tres sustancias fundamentales (tria prima) de Paracelso: el mercurio (principio de fusibilidad y volatilidad), azufre (principio de inflamabilidad) y sal (principio de incombustibilidad y no volatilidad). Para Jan B. van Helmont los dos principios esenciales de los cuerpos son el agua y el fermento (principio organizativo activo), los cuales darían lugar a las diferentes formas y propiedades de las sustancias.


[Jan B. van Helmont, alquimista y médico flamenco]

El alquimista flamenco, aunque con tendencia al misticismo (dice Isaac Asimov que Helmont “buscó la piedra filosofal y quiso fundir la religión con la química en algo que no fuera ni lo uno ni lo otro”), fue un serio experimentador que hacía observaciones cuantitativas y controlaba variables que pudieran afectar a los resultados (como hizo en su célebre experimento del sauce relativo a la nutrición y crecimiento de las plantas). Van Helmont usó de forma sistemática la balanza para su trabajo experimental (¡pesaba las sustancias reaccionantes y los productos de las transformaciones químicas!), estudió los gases (la palabra gas, nombre que él propuso, significa “caos”), llamando “espíritu silvestre” al gas que se desprendía en la combustión del carbón vegetal (el dióxido de carbono), y trató de introducir, siempre con lo que llamaríamos espíritu científico, sus ideas iatroquímicas en la medicina. Sin embargo, a pesar del enorme valor de sus aportaciones metodológicas en la primitiva química, no se desligó de su misticismo y “espiritualizó la materia” (se negó a separar el alma de la materia), lo cual atrajo el interés de ciertos grupos religiosos puritanos ingleses. William H. Brock resume muy bien la valía científica del alquimista flamenco en estas palabras: “Pero junto a esta ideología se encontraba la ciencia “positiva” de van Helmont: gases, cuantificaciones y medidas, y la iatroquímica”. Las obras completas del médico y químico de Bruselas, Ortus medicinae (“Orígenes de la medicina”), fueron publicadas en 1648 con este título por su hijo.


Por su parte, Robert Boyle (1627 - 1691), hijo del conde de Cork, es el máximo exponente de la química, como disciplina científica, en el siglo XVII y sus aportaciones experimentales y teóricas (defensor de las interpretaciones mecanicistas y corpusculares de la materia) son de indiscutible valor. En “El químico escéptico” (The Sceptical Chymist; 1661) Boyle exige demostraciones y una rigurosa metodología de trabajo, planteando los experimentos de laboratorio con un meticuloso control de las variables. Es decir, una metodología genuinamente científica. La idea de los cuatro elementos aristotélicos, las explicaciones de los fenómenos físicos mediante “fuerzas ocultas y misteriosas” y los principios de Paracelso (mercurio, azufre y sal “filosóficos”) son atacados por Boyle. Es pues un escepticismo altamente productivo. Se ha dicho que a pesar de la importancia de algunos de los descubrimientos científicos de Boyle (por ejemplo, sus experiencias con los gases) su metodología es de superior relieve.


[Robert Boyle, un "químico escéptico" del siglo XVII]

“El químico escéptico” de Boyle está escrito en forma de diálogo entre un escéptico, un aristotélico, un seguidor de Paracelso y un interlocutor neutral, aunque en su mayor parte es un monólogo del escéptico que expresa las ideas de Boyle. En esta obra fundamental expone Robert Boyle su concepto de elemento. Manifiesta el filósofo de la naturaleza anglo-irlandés: “No veo por qué hemos de creer que existan cuerpos primigenios y simples, a partir de los cuales la naturaleza estuviera obligada a formar todos los demás, como si de elementos preexistentes se tratara”. Para Boyle, los elementos son “ciertos cuerpos primitivos y simples” que “al no estar formados por ningún otro cuerpo, son los ingredientes constitutivos de los que se componen todos aquellos cuerpos denominados perfectamente mixtos, y en los que se descomponen en en última instancia”. En sintonía con la definición de Boyle, hoy se explica a los estudiantes de química que el agua no es un elemento sino un compuesto (una combinación química de elementos) ya que se puede descomponer en sustancias más simples, los elementos que la forman (hidrógeno y oxígeno), mediante electrólisis o descomposición por la corriente eléctrica. Asimismo es destacable la clasificación experimental propuesta por Boyle para distinguir entre soluciones ácidas y alcalinas. Utilizó jarabe de violetas a modo de indicador, ya que observó que viraba hacia el rojo en solución ácida y hacia el verde en medio básico (hoy sabemos que las violetas contienen antocianinas que son pigmentos naturales que cambian su estructura según el pH, provocando cambios de color). A pesar de todo lo anterior, Boyle sigue arrastrando antiguas ideas alquimistas, de hecho siempre estuvo convencido de la posibilidad de transmutación de los metales en oro. 


¿Cuál es la aportación española a la nueva química experimental que abandona el hermetismo y que emprende una transición lenta pero progresiva a lo largo del siglo XVII desde los antiguos saberes alquímicos?

A mediados del siglo XVII ve la luz una obra muy importante sobre minería y beneficio de los metales (de tanta importancia práctica). Su autor es Álvaro Alonso Barba (Lepe, Huelva, 1569 - Sucre, 1664), metalúrgico importantísimo en su época. En su célebre Arte de los metales (1640) trata sobre el beneficio del oro y la plata con azogue (mercurio), su fundición, refinado y técnicas de separación. Esta obra es considerada como la más relevante del siglo XVII, a nivel mundial, en minerometalurgia (traducida al inglés, alemán y francés).

[Instrumentos para la amalgamación. Arte de los metales de Alonso Barba (1640)]


Y, ya a comienzos del siglo XVIII, es obligado mencionar a Félix Palacios y Bayá (1677 – 1737), quien introdujo las ideas y conocimientos prácticos de Lemery en España al traducir el importante libro del químico de Rouen (esta primera versión española es de 1703, tan sólo tres años antes de que Palacios publicase su Palestra pharmaceutica, chymico-galenica).

Palacios, como genuino representante del “movimiento novator”, critica la medicina arábigo-galénica imperante y, en la línea de Lemery y los iatroquímicos, propugna la innovación con la aplicación terapéutica de preparados químicos.  La Palestra pharmaceutica de Félix Palacios es, sin duda, una obra importante de la literatura científica hispana, la cual sigue un esquema similar al Cours de Chymie de Lemery, de cuyas lecciones aprendió el boticario toledano. El título completo del libro es Palestra pharmaceutica, chymico-galenica. Título significativo, pues de una lucha o discusión se trata: las antiguas concepciones médicas, clásicas, las basadas en las doctrinas de Galeno, frente a las modernas o iatroquímicas. Se públicó por primera vez la Palestra pharmaceutica en 1706 y tuvo varias ediciones a lo largo de todo el siglo XVIII.  El imprescindible libro de Palacios, en la edición de 1737, lleva el siguiente subtítulo, casi un prólogo: “ En la cual se trata de la elección de los simples, sus preparaciones químicas, y galénicas, y de las más selectas composiciones antiguas, y modernas, usuales, tanto en Madrid, como en toda Europa, descritas por los antiguos, y modernos, con las anotaciones necesarias, y más nuevas, que hasta lo presente se han escrito, tocantes a su perfecta elaboración, virtudes, y mejor aplicación en los enfermos. Obra muy útil, y necesaria para todos los profesores de la Medicina, médicos, cirujanos, y en particular boticarios: muy añadida en esta tercera impresión”. También pues, en nuestro país, no sin la oposición de los núcleos académicos más reticentes a la modernización, comenzaba a surgir una química más racional y experimental que pretendía dejar atrás los saberes clásicos.

[Lámina de la Palestra pharmaceutica de Félix Palacios]


BIBLIOGRAFÍA:


- ASIMOV, Isaac; Enciclopedia biográfica de Ciencia y Tecnología; Alianza Editorial, Madrid, 1987.

- BLAS, L. Biografías y descubrimientos químicos; Aguilar Ed. Madrid, 1947.

- BROCK, William H. Historia de la química; Alianza Editorial, Madrid,  1998.

- REICHEN, Charles Albert; Historia de la química (Historia ilustrada de las ciencias y de las invenciones); Editorial Continente, Madrid, 1965.


En Internet:

-  RIVERO,  Bernardo; La Química a la palestra. Una aproximación a los orígenes de la ciencia química en España; El rincón de la ciencia:

http://centros5.pntic.mec.es/ies.victoria.kent/Rincon-C/Curiosid2/rc-101/rc-101a.htm







sábado, 14 de febrero de 2026

Laura, estudiante universitaria en los años treinta

La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación. 

[MARÍA CEGARRA. Cristales míos. Poemas de laboratorio (1935)]


La química y poeta de la minera localidad murciana de La Unión, María Cegarra (1899 – 1993), es un claro ejemplo de aquellas mujeres pioneras de las primeras décadas del siglo XX que tuvieron que abrirse paso en el mundo universitario español en una época donde la sociedad, aún, les tenía reservadas a las mujeres las tareas del hogar y el cuidado de la familia. Fue María Cegarra la primera perito químico de España, obteniendo su titulación en 1928. Esto le permitió ponerse al frente de su propio laboratorio de análisis de minerales y dedicarse profesionalmente a la química, también como profesora, de la que se fue enamorando. Y hoy afortunadamente se va reconociendo cada vez más su valiosa y original aportación a la poesía, en la que enlaza magistralmente la química con la evocación y sensibilidad propias de la creación poética, de lo cual son buena muestra sus Poemas de laboratorio, incluidos en su libro Cristales míos, de 1935.


[María Cegarra, química y poeta. Mural de Clara Ledo en Cartagena, 2021]


Dando un salto al mundo de la ficción novelesca hay que destacar la aparición, o más bien rescate, en 2018 de una interesante novela protagonizada por una mujer, una joven estudiante de Medicina en la España de los años treinta del pasado siglo, cuando ya es un hecho evidente la lenta pero progresiva incorporación de la mujer al mundo universitario, incluidas las carreras de ciencias. En 2018 la editorial Caro Raggio sacó a la luz la primera edición completa, sin las mutilaciones que en el pasado hizo la censura, de Laura o la soledad sin remedio, que escribiera el gran novelista vasco Pío Baroja en su exilio de París (1936 - 1940), durante la tragedia española de la Guerra Civil. La novela, que ahora podemos disfrutar plenamente, es considerada por muchos como la mejor de nuestro gran escritor después de la Guerra Civil (publicada por vez primera en 1939 en Argentina y posteriormente en Barcelona en 1942). 

La novela nos narra las vivencias de Laura Monroy, una estudiante de Medicina en la antigua Facultad madrileña de San Carlos. La personalidad de Laura, de naturaleza melancólica, tendente al decaimiento de ánimo y al sentimiento de soledad, contrasta con el vigor de Mercedes, que lucha y se esfuerza tenazmente para superar las duras circunstancias que le ha tocado vivir. En cierto modo el tema de esta novela tiene elementos comunes con la gran novela filosófica de Baroja, El árbol de la ciencia (1911). Comprenderá el lector que uno, que es barojiano y descubrió un nuevo mundo de pensamiento en su juventud con El árbol de la ciencia, no haya pasado por alto la publicación íntegra de Laura o la soledad sin remedio


Laura o la soledad... me resulta una novela muy atractiva por diferentes motivos: el ya mencionado de su relación temática con El árbol de la ciencia, la presencia de personajes de formación científica (médicos no podían faltar; el padre de Laura era catedrático de Geología y esta se casó con un astrónomo y matemático), tan frecuente en la obra de Baroja, médico de formación, y, muy destacable, el hecho de que la protagonista, Laura, sea una joven estudiante de medicina en aquellos agitados años treinta del pasado siglo cuando, además, la mujer española comenzaba a incorporarse con pleno derecho a los estudios universitarios. La propia madre de Laura no ve con buenos ojos al principio la extraña dedicación de su hija. Para doña Paz, la madre de la joven estudiante de medicina, Laura debería haber continuado sus estudios de piano y dedicar su tiempo a las tareas de la casa y a la familia pues para ella "las mujeres no servían para estudios científicos". Opinión esta que no debería  de diferir mucho de la de la mayoría de hombres y mujeres de aquella época.

En la narración nos dice Baroja que Laura se alegraba de haber estudiado la carrera de Medicina, pues esta le supuso una “lección de realismo duro y fuerte” que “le convenía para su carácter un poco soñador e idealista”. Los estudios de medicina y fisiología y, sobre todo, la práctica y la experiencia hospitalaria “la acercaron a la vida con sus necesidades y sus durezas” (algo que bien conocía Pío Baroja).


Hasta 1910 no se permitió oficialmente en España la matriculación de mujeres en todos los niveles educativos, haciendo posible su culminación con los estudios universitarios. La universidad que se encontraron estas estudiantes pioneras mantenía sin duda aún fuertes dosis de machismo. Nos dice Baroja que no faltaban en la Facultad estudiantes con aires chulescos, impropiamente llamados "castizos", que no escatimaban comentarios a y sobre las chicas del tipo "está que chuta", etc. Había otros estudiantes aficionados a los deportes (que seguían en la prensa las noticias referentes a partidos de fútbol, ciclismo, carreras o combates de boxeo; siendo cada vez menos los apasionados por la tauromaquia en los estudiantes universitarios). Asimismo, buen reflejo de la convulsa y crítica época (los años treinta del siglo XX) en la que se desarrolla la trama, Baroja cuenta que habían dejado la Facultad buena parte de los estudiantes revolucionarios que conoció Laura al entrar en ella, quedando solo algunos comunistas y fascistas.

La obra de Baroja, producto de la avidez lectora del escritor vasco y de su formación científica durante sus estudios de medicina, está llena de referencias científicas (Laura o la soledad... no es una excepción). Pío Baroja sabía bien que la ciencia, como conocimiento objetivo de la realidad con valiosas aplicaciones en diversos campos (entre ellos la salud), puede ser la mejor herramienta para el progreso de una nación y para el bienestar social. 

[Felisa Martín, primera doctora en Ciencias Físicas en España. Autora del retrato: Maitane Azurmendi]


No quiero concluir estas líneas sin recordar a algunas de esas pioneras en los estudios científicos en nuestro país, mujeres decididas y tenaces que abrieron camino para las demás, ejemplo para todos, cuando no faltaban trabas y críticas. María Sordé fue la primera licenciada en Ciencias en España (1914), alumna muy brillante que durante el curso 1906 – 07 fue la única chica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona. Isabel Ovín fue la primera mujer licenciada en Química en España (1917). El fallecimiento de su madre le impidió realizar el doctorado en Madrid y se dedicó a la enseñanza (uno de sus alumnos fue Manuel Losada Villasante, eminente bioquímico especialista en fotosíntesis y bioconversión de la energía, que obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 1995). Felisa Martín leyó su tesis doctoral en 1926, siendo la primera mujer en hacerlo en Ciencias Físicas en nuestro país y, en 1931, es la primera en ingresar en el Servicio Meteorológico (un año después fue becada para estudiar espectroscopía de rayos X en Cambridge, asistiendo a las clases de Rutherford).

Pioneras valientes en una época, las primeras décadas del siglo XX, en la que la presencia femenina en las aulas universitarias es todavía minoritaria.


PARA SABER MÁS:

Las primeras mujeres universitarias en España (1870-1936) | Archivos de la Historia

CIENTÍFICAS PIONERAS ESPAÑOLAS - Mujeres Ingeniosas





miércoles, 14 de enero de 2026

Tiempos de melancolía

 

No engañarse en las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la mercadería; ni ai cosa que más necessite de mirarse por dentro. Ai differencia entre el entender las cosas y conocer las personas; y es gran filosofía alcançar los genios y distinguir los humores de los hombres. Tanto es menester tener estudiados los sugetos como los libros.

[BALTASAR GRACIÁN. Oráculo manual y arte de prudencia (1647). Aforismo 157]


Los siglos XVI y XVII, en los que nace la ciencia moderna, son sin embargo una época en la que cobra protagonismo la melancolía, entendida esta en el contexto del humoralismo o teoría clásica de los cuatro humores, base de la medicina hipocrático-galénica que imperó largo tiempo (unos dos mil años). Este paradigma no solo fue la guía esencial para el quehacer médico sino que tiene su reflejo en la cultura y la moral y, cómo no, en la literatura y el arte. Especial vigor tomó este mito de la melancolía en España, en su Siglo de Oro.


Hipócrates de Cos (siglo V a.C.), nacido en esta isla próxima a la costa de Asia Menor (península de Anatolia, actual Turquía), fundamenta su pensamiento médico en la observación y la razón, aunque ciertamente es una medicina especulativa. La enfermedad, para los hipocráticos (aun siendo religiosos), tiene causas naturales; abandonan estos la idea de que una deidad pueda provocar o curar los males. Así, por ejemplo, la conocida como “enfermedad sagrada”, la epilepsia, era considerada de origen divino y, en cambio, los médicos hipocráticos se atreven a atribuirla a una alteración (hereditaria) del cerebro. En la escuela hipocrática de Cos, además, se da gran importancia a la recogida detallada de los fenómenos y signos que se observan en los enfermos y al ambiente en que estos viven (aires, aguas y lugares).



[Hipócrates de Cos. Imagen aquí]


Creía Hipócrates que el cuerpo poseía cuatro líquidos esenciales o humores de cuyo equilibrio dependía el estado de salud: la sangre, la flema, la bilis (amarilla) y la bilis negra. Cada persona tenía pues su propia proporción de los cuatro humores, que condicionaba su temperamento según el predominio de uno u otro. Así habría cuatro temperamentos: sanguíneo (vital, sociable, noble); colérico (dominado por la bilis amarilla y asociado a la energía, la excitación o la irritabilidad); flemático (en oposición al colérico, representa la calma, la tranquilidad, o una actitud más pasiva); y el melancólico (determinado por el predominio de la bilis negra). La melancolía (del griego, “bilis negra”) correspondía a la tendencia a la tristeza, al miedo, a los sentimientos de persecución, a la alternancia de estados de desánimo con otros de vehemencia. Frecuentemente se asociaba a los desequilibrios mentales, a la locura.


Los tratamientos hipocráticos de las enfermedades (desequilibrio de los humores) eran diversos aunque lo primero que se nos vendrá a la mente es la práctica de las sangrías (afortunadamente se fueron dejando de realizar gradualmente a partir del siglo XIX, por ineficaces y por provocar además el debilitamiento del enfermo). Jean Starobinski nos dice al respecto en Historia de la medicina (Ed. Continente, Madrid, 1965): “Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque esta posee una “fuerza medicadora” en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción. El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia)”.


Galeno de Pérgamo (siglo II d.C.), médico griego del imperio romano y autor muy prolífico, tomó el testigo de las ideas hipocráticas y concedió preponderancia a la teoría de los humores y sus desequilibrios (criticando abierta y duramente otras escuelas). Según señala Jean Starobinski, para el médico de Pérgamo no solo es necesario que los cuatro humores (sangre, flema, bilis y bilis negra o melancolía) se mezclen conforme a un justo “temperamento” sino que es preciso también que las cualidades opuestas (frío y calor, seco y húmedo) se repartan convenientemente. De las diversas combinaciones de humores y cualidades surgirían, según Galeno, las diferentes discrasias o desequilibrios y el tratamiento deberá restablecer el equilibrio del organismo (por ejemplo, en las “discrasias calientes” habría que administrar remedios refrescantes).


[Galeno de Pérgamo. Imagen aquí]


Y es que los cuatro humores tuvieron su correspondencia con los cuatro elementos aristotélicos, de manera que la melancolía (Galeno pensaba que la bilis negra se localizaba en el bazo) es asociada a la tierra, con sus cualidades de sequedad y frialdad. Y será Saturno la deidad y el planeta que le corresponde, el último planeta conocido entonces, en los confines del cosmos (en el modelo aristotélico, más allá sólo se encontraba la esfera de las estrellas fijas), en la profunda negrura. El plomo, según la alquimia, su metal, oscuro y pesado. Por su parte, la sangre se asociaba al elemento aire (cálida y húmeda), producida por el hígado, los pulmones y el corazón; la bilis amarilla se correspondía con el fuego (cálida y seca) y tenía su sede en el hígado; la flema, en cambio, se asociaba al elemento agua (fría y húmeda) y a los pulmones.


[Los cuatro elementos de la Antigüedad. Imagen aquí]


El Renacimiento y el siglo XVII , en plena génesis de la Revolución Científica, paradójicamente, son tiempos de auge de la melancolía (aunque, en este tiempo de nacimiento de la ciencia moderna, hay que destacar la importantísima labor innovadora o en cierta medida disruptiva de médicos como Vesalio, en anatomía, Paracelso, en la aplicación de la alquimia a la terapéutica, o Harvey, descubridor de la circulación de la sangre). Partiéndose de una creencia médica se extiende ampliamente al campo cultural y creativo. El más espectral de los humores, la no observada e imaginaria bilis negra que supuestamente predominaría en los melancólicos, recorrería el cuerpo de los hombres, haciendo languidecer al que se ve afectado por un exceso del negro fluido. El individuo de carácter melancólico se hace una pregunta trascendente, es más, para él el inhóspito mundo es una gran pregunta: "¿para qué?". Pero no pocas veces el espíritu melancólico es inquieto. Nos encontramos a melancólicos de extraordinaria capacidad de reflexión, de singular inteligencia, posiblemente introvertidos y raros, con una actividad mental intensa que los ensimisma de manera extraordinaria. Estos son capaces de mutar la pregunta melancólica, el "¿para qué?" por un "¿por qué?", interrogándose, en el caso del hombre de ciencia, sobre lo que observa, sobre los fenómenos que ocurren en el mundo (en los que focaliza sus inquietudes). Estos "tiempos de melancolía", valga la paradoja, son los momentos del nacimiento de la ciencia moderna. Y, tal vez, el taciturno Isaac Newton, rara avis, sea el melancólico más representativo de la Revolución Científica (véase el artículo de M. Keynes, "Balancing Newton's mind", análisis riguroso y actual de la singular personalidad y extraño comportamiento del gran científico inglés). Tampoco podemos obviar el carácter oscuro o melancólico de Johannes Kepler, que chocó frontalmente con la personalidad epicúrea o hedonista de Tycho Brahe cuando coincidieron en la Praga del emperador Rodolfo II (sin embargo, a pesar de la difícil relación que tuvieron, qué fructífera pareja científica, síntesis del discurrir teórico y matemático, en Kepler, y la minuciosa observación astronómica, en Brahe).


Lo cierto es que durante el Renacimiento había quien relacionaba la melancolía con la inteligencia, el ingenio y ciertas capacidades extraordinarias (en sintonía con las ideas aristotélicas). Carlo Frabetti en "¿En qué se parece la melancolía a un cuadrado mágico?" (capítulo de su libro de divulgación científica, que recomendamos, ¿El huevo o la gallina?, en Alianza editorial) nos dice que la mayoría de los expertos coinciden en ver en el famoso y misterioso grabado de Durero, Melancolía (1514), en el que aparece un cuadrado mágico de orden cuatro (16 casillas), una alegoría del estado de ánimo deprimido, melancólico, característico del pensador incapaz de pasar a la acción (frecuentemente el intelectual no es hombre de acción). Se creía en el Renacimiento que la melancolía era típica de los estudiosos, ensimismados por sus profundas reflexiones que les hacían parecer enfermos. Por tanto, el grabado de Durero podría ser una alegoría de la inteligencia deprimida.




[Melancolía, obra de Durero (1514). Imagen aquí]



Aunque entre los médicos de la época hay discrepancias, no faltan quienes llevan sus ideas sobre la melancolía hacia la extravagancia, asociándola a las capacidades intelectuales más disparatadas. Así, por ejemplo, Antonio Ponce de Santa Cruz, catedrático en Valladolid (defensor de un galenismo intransigente o contrarreformista), publicó en 1622 el manuscrito de su padre, el también doctor Alfonso de Santa Cruz, Dignotio et cura affectuum melancholicorum, quien estaba convencido de que los melancólicos poseían la extraordinaria capacidad de hablar latín sin tener que haberlo aprendido antes.


Para SABER MÁS:


- R. BARTRA, Melancolía y ciencia en el Siglo de Oro, Revista Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

- M. KEYNES, 
Balancing Newton's mind: his singular behaviour and his madness of 1692 - 93, Notes and Records of The Royal Society (2008).

- J. MARÍA LÓPEZ PIÑERO. La Medicina en la historia. Aula Abierta Salvat. Barcelona, 1981.-

- A. MOYA, 
Una reflexión sobre la melancolía del hombre de ciencia, Mètode (invierno 2002/03).

- J. STAROBINSKI. Historia de la Medicina. Historia ilustrada de las ciencias y de las invenciones. Editorial Continente, Madrid, 1965.




domingo, 14 de diciembre de 2025

Medir la lluvia: el pluviómetro y el pluviógrafo


Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón».

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.


(ANTONIO MACHADO; Recuerdo infantil, 1906)



La pluviometría (del latín pluvia, "lluvia", y del griego -metría, derivado de métron, "medida") , o medición de la precipitación, variable meteorológica y climática de máximo interés, se realiza con un dispositivo llamado pluviómetro. Si el instrumento dispone de un sistema de grabación para registrar gráficamente la cantidad de lluvia en un cierto intervalo de tiempo (por ejemplo, una semana) hablaríamos de pluviógrafo. Si lo que queremos es medir la precipitación en un lugar remoto de montaña, de difícil acceso, necesitaremos un pluviómetro que nos permita recoger gran cantidad de agua para realizar la medida con menor frecuencia (como una estación o incluso un año completo); llamamos entonces al instrumento totalizador.


La medida de precipitación se expresa en L/m2 o, lo que es lo mismo, en mm. Pero, ¿por qué son equivalentes estas dos unidades aparentemente distintas? Es fácil demostrarlo. Resulta que 1 L/m2 corresponde a una precipitación de 1 L (1 dm3 = 1000 cm3 = 1000 mL) caída en una superficie de 1 m2 (1m x 1m). Y si tuviéramos un depósito de 1 m2 de superficie, la anterior precipitación de 1 L por cada metro cuadrado  alcanzaría una altura en él de, justamente, 1 mm. Veamos: puesto que 1 m2 equivale a 1.000.000 mm2 (hay tres escalones, de unidades cuadradas, que bajar; por tanto, 100 x 100 x 100 = 1.000.000), el volumen del agua depositada cuando alcance una altura de 1 mm en una superficie de 1 m2 será V = 1 mm x 1.000.000 mm2 = 1.000.000 mm3. Si no nos mareamos con tantos ceros veremos que, como un millón de milímetros cúbicos es lo mismo que un decímetro cúbico (1 dm3 = 1.000.000 mm3 ya que hay dos escalones de unidades cúbicas, que van de 1000 en 1000), o sea, equivalente a 1 L (1 dm3 = 1 L), decir que la precipitación es de 1 L/m2  es lo mismo que afirmar que ha sido de 1 mm (altura de agua de 1 mm en una superficie de 1 metro cuadrado). Así, por ejemplo, si leemos que el día con más lluvia en Sevilla, según los registros, fue el 2 de noviembre de 1997 con 109 litros, estaremos indicando que cayeron aquel lluvioso día del otoño sevillano 109 L/m2 o 109 mm (altura del agua en cada metro cuadrado).

Si construimos un pluviómetro deberemos tener en cuenta que habrá que medir con exactitud el diámetro de la abertura superior colectora expuesta a la precipitación. Así podremos calcular fácilmente su área (el área de un círculo se calcula multiplicando el número pi, aproximadamente 3,14, por el cuadrado del radio). El agua recogida es dirigida a un depósito (en los dispositivos comerciales ya graduado y calibrado) a través de un embudo. La tarea es fácil; si queremos ver cuál ha sido la precipitación en un día, determinamos los mL (o L) recogidos en el depósito (en los pluviómetros comerciales, ya calibrados, la lectura es directa en mm) y mediante una proporción directa, conocida la superficie de captación de precipitación de nuestro pluviómetro, hallamos los litros que se recogerían en un colector de abertura superior igual a 1 m2. El resultado lo expresaremos, como es norma, en L/m2 o mm, unidades equivalentes. Así, por ejemplo, para un pluviómetro con una embocadura de 14 cm de diámetro (como tenían los primeros dispositivos medidores coreanos de mediados del siglo XV), si se recogen 385 mL de lluvia, haciendo los cálculos, obtendríamos una precipitación de 25 L/m² o 25 mm.

¿Qué ocurre si la precipitación es en forma de nieve? Habitualmente se acepta que 1 cm de nieve recién caída equivale a 1 L/m2  (1 mm) de agua líquida, si bien José Miguel Viñas nos aclara oportunamente en su libro Curiosidades meteorológicas que nuevos y precisos estudios de campo han elevado hasta 1,3 dicha equivalencia, valor que sigue siendo una estimación pues la variedad de nieve es grande, desde la liviana nieve seca (cuya densidad se encuentra entre 0,05 y 0,1 g/cm3; valor este último, recordemos, que es la décima parte de la densidad del agua líquida) hasta la llamada húmeda (con densidad superior a 0,2 g/cm3).

La historia de los pluviómetros es muy dilatada (debido a la importancia de las lluvias, sobre todo en agricultura) y hay que remontarse muchos siglos atrás para encontrar los primeros medidores de precipitación. Hace 2500 años había ya en Grecia recipientes colectores de lluvia que permitían llevar una contabilidad de la precipitación y encontramos una muy temprana referencia en la India en el siglo IV a.C: "Delante del almacén, un tazón de fuente con su boca tan ancha como un Aratni será fijado como un medidor de lluvia" (véase el interesante artículo "Una historia de pluviómetros", de Ian Strangeways, publicado en la RAM). Pero la aparición del primer pluviómetro propiamente dicho está documentada en el lejano oriente, en la Corea del rey Sejong el Grande. El ingenio, conocido como cheugugi, fue diseñado probablemente por el inventor coreano Jang Yeong-sil en 1441. Este pluviómetro estaba hecho inicialmente de hierro y tenía una embocadura con un diámetro de 14 cm. Posteriormente se hicieron también de bronce y de cerámica, con la abertura superior de 15 – 17 cm de diámetro. Se hicieron réplicas del cheugugi que, dada la importancia de la información pluviométrica para la planificación de las tareas agrícolas, fueron repartidas entre los gobernadores provinciales.


[Benedetto Castelli; imagen aquí]

Parece ser que la primera pluviometría moderna realizada en Europa fue llevada a cabo por Benedetto Castelli (1578 - 1643), amigo y discípulo de Galileo Galilei, quien utilizó un vaso graduado cilíndrico en 1639. Digno de mención es el célebre arquitecto, astrónomo y científico inglés Christopher Wren (1632 – 1723), al que se debe, entre otros méritos, la reconstrucción de Londres tras el gran incendio de 1666, con la Catedral de San Pablo como obra cumbre (sin olvidar que fue uno de los miembros fundadores de la Royal Society londinense, institución que vio la luz en 1660). Wren es el inventor del pluviómetro con cubetas basculantes (1662), al que incorporó un sistema mecánico con una plumilla que registraba de forma continua en un papel graduado la lluvia caída durante un cierto período de tiempo (pluviógrafo). Y hasta el mismísimo Robert Hooke (1635 - 1703), uno de los científicos experimentales de mayor relieve en la historia de la ciencia y colaborador y amigo de Christopher Wren, entre los diversos campos que trató estuvo la pluviometría: construyó un medidor de precipitación para la universidad inglesa de Gresham (1695).


[Christopher Wren; imagen aquí]


Actualmente se utilizan los pluviómetros Hellmann, diseño de Gustav Johann Georg Hellmann (1854 - 1939), meteorólogo alemán.  El depósito se fija a un pequeño mástil de manera que la abertura superior (de 200 cm² en los homologados por la Organización Meteorológica Mundial, OMM) constituye la boca de un embudo que se encuentra en el interior de una carcasa metálica cilíndrica. El embudo tiene la misión de llevar el agua de lluvia hasta otro depósito inferior. El diseño permite minimizar las indeseables pérdidas por evaporación, que de ser relevantes llevarían a cometer un error por defecto.


[Pluviómetro Hellmann; imagen aquí]


Por último, señalemos en este breve recorrido histórico por la pluviometría el invento del catalán Ramón Jardí i Borrás (1881 – 1972), meteorólogo, astrónomo y sismólogo, catedrático de la Universidad de Barcelona. A él le debemos el conocido como pluviógrafo de intensidades Jardí, que entró en funcionamiento en 1921. Uno se instaló en el Observatorio Fabra de Barcelona en 1927, la “joya de la corona” de dicho Observatorio, y es considerado el instrumento más antiguo del mundo que registra datos de intensidad de la lluvia, un parámetro de gran interés ya que es lo que suele provocar incidencias y problemas de, a veces, nefastas consecuencias. El pluviógrafo de intensidades Jardí es de sifón y consiste en un recipiente cilíndrico que contiene una pequeña boya, de manera que por una abertura entra el agua de la lluvia mientras que por otra va saliendo.

En este punto es de justicia recordar la olvidada labor de los numerosos inventores españoles poco o muy escasamente conocidos. Es el nuestro un país de ingenio, de inventores que, demasiadas veces, no han sido valorados y reconocidos como merecen. Como muestra de ello, citemos solo a una decena relevante: Juanelo Turriano (1500 – 1585), de origen italiano, es célebre por el “artificio hidráulico de Juanelo”; Jerónimo de Ayanz (1553 – 1613) por la máquina de vapor industrial; Manuel García (1805 – 1906), barítono e inventor del laringoscopio; Isaac Peral (1851 – 1895), inventor del submarino con propulsión eléctrica; Torres Quevedo (1852 – 1936), pionero de la automática; Concepción Aleixandre (1862 – 1952), inventora de diferentes instrumentos ginecológicos; Emilio Herrera (1879 – 1967), inventor de la escafandra estratonáutica; Mónico Sánchez (1880 – 1961) diseñó un aparato portátil de rayos X; Juan de la Cierva (1895 – 1936), padre del autogiro, híbrido de aeroplano y helicóptero; y Ángela Ruíz (1895 – 1975), a quien debemos una enciclopedia mecánica precursora del libro electrónico. Ellos y muchos otros inventores españoles deben ser recordados.

Es importante medir la lluvia como fundamental dato meteorológico (junto con la temperatura es la variable de mayor significación para los estudios climáticos). Y, a veces, la lluvia, qué evocadora … Monotonía de la lluvia en los cristales.


PARA SABER MÁS:

- Viñas, José Miguel. Breve historia del pluviómetro.

Strangeways, Ian. Una historia de pluviómetros. Parte I y Parte II.

https://beteve.cat/medi-ambient/pluviograf-jardi-joia-observatori-fabra-barcelona/