miércoles, 14 de enero de 2026

Tiempos de melancolía

 

No engañarse en las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la mercadería; ni ai cosa que más necessite de mirarse por dentro. Ai differencia entre el entender las cosas y conocer las personas; y es gran filosofía alcançar los genios y distinguir los humores de los hombres. Tanto es menester tener estudiados los sugetos como los libros.

[BALTASAR GRACIÁN. Oráculo manual y arte de prudencia (1647). Aforismo 157]


Los siglos XVI y XVII, en los que nace la ciencia moderna, son sin embargo una época en la que cobra protagonismo la melancolía, entendida esta en el contexto del humoralismo o teoría clásica de los cuatro humores, base de la medicina hipocrático-galénica que imperó largo tiempo (unos dos mil años). Este paradigma no solo fue la guía esencial para el quehacer médico sino que tiene su reflejo en la cultura y la moral y, cómo no, en la literatura y el arte. Especial vigor tomó este mito de la melancolía en España, en su Siglo de Oro.


Hipócrates de Cos (siglo V a.C.), nacido en esta isla próxima a la costa de Asia Menor (península de Anatolia, actual Turquía), fundamenta su pensamiento médico en la observación y la razón, aunque ciertamente es una medicina especulativa. La enfermedad, para los hipocráticos (aun siendo religiosos), tiene causas naturales; abandonan estos la idea de que una deidad pueda provocar o curar los males. Así, por ejemplo, la conocida como “enfermedad sagrada”, la epilepsia, era considerada de origen divino y, en cambio, los médicos hipocráticos se atreven a atribuirla a una alteración (hereditaria) del cerebro. En la escuela hipocrática de Cos, además, se da gran importancia a la recogida detallada de los fenómenos y signos que se observan en los enfermos y al ambiente en que estos viven (aires, aguas y lugares).



[Hipócrates de Cos. Imagen aquí]


Creía Hipócrates que el cuerpo poseía cuatro líquidos esenciales o humores de cuyo equilibrio dependía el estado de salud: la sangre, la flema, la bilis (amarilla) y la bilis negra. Cada persona tenía pues su propia proporción de los cuatro humores, que condicionaba su temperamento según el predominio de uno u otro. Así habría cuatro temperamentos: sanguíneo (vital, sociable, noble); colérico (dominado por la bilis amarilla y asociado a la energía, la excitación o la irritabilidad); flemático (en oposición al colérico, representa la calma, la tranquilidad, o una actitud más pasiva); y el melancólico (determinado por el predominio de la bilis negra). La melancolía (del griego, “bilis negra”) correspondía a la tendencia a la tristeza, al miedo, a los sentimientos de persecución, a la alternancia de estados de desánimo con otros de vehemencia. Frecuentemente se asociaba a los desequilibrios mentales, a la locura.


Los tratamientos hipocráticos de las enfermedades (desequilibrio de los humores) eran diversos aunque lo primero que se nos vendrá a la mente es la práctica de las sangrías (afortunadamente se fueron dejando de realizar gradualmente a partir del siglo XIX, por ineficaces y por provocar además el debilitamiento del enfermo). Jean Starobinski nos dice al respecto en Historia de la medicina (Ed. Continente, Madrid, 1965): “Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque esta posee una “fuerza medicadora” en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción. El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia)”.


Galeno de Pérgamo (siglo II d.C.), médico griego del imperio romano y autor muy prolífico, tomó el testigo de las ideas hipocráticas y concedió preponderancia a la teoría de los humores y sus desequilibrios (criticando abierta y duramente otras escuelas). Según señala Jean Starobinski, para el médico de Pérgamo no solo es necesario que los cuatro humores (sangre, flema, bilis y bilis negra o melancolía) se mezclen conforme a un justo “temperamento” sino que es preciso también que las cualidades opuestas (frío y calor, seco y húmedo) se repartan convenientemente. De las diversas combinaciones de humores y cualidades surgirían, según Galeno, las diferentes discrasias o desequilibrios y el tratamiento deberá restablecer el equilibrio del organismo (por ejemplo, en las “discrasias calientes” habría que administrar remedios refrescantes).


[Galeno de Pérgamo. Imagen aquí]


Y es que los cuatro humores tuvieron su correspondencia con los cuatro elementos aristotélicos, de manera que la melancolía (Galeno pensaba que la bilis negra se localizaba en el bazo) es asociada a la tierra, con sus cualidades de sequedad y frialdad. Y será Saturno la deidad y el planeta que le corresponde, el último planeta conocido entonces, en los confines del cosmos (en el modelo aristotélico, más allá sólo se encontraba la esfera de las estrellas fijas), en la profunda negrura. El plomo, según la alquimia, su metal, oscuro y pesado. Por su parte, la sangre se asociaba al elemento aire (cálida y húmeda), producida por el hígado, los pulmones y el corazón; la bilis amarilla se correspondía con el fuego (cálida y seca) y tenía su sede en el hígado; la flema, en cambio, se asociaba al elemento agua (fría y húmeda) y a los pulmones.


[Los cuatro elementos de la Antigüedad. Imagen aquí]


El Renacimiento y el siglo XVII , en plena génesis de la Revolución Científica, paradójicamente, son tiempos de auge de la melancolía (aunque, en este tiempo de nacimiento de la ciencia moderna, hay que destacar la importantísima labor innovadora o en cierta medida disruptiva de médicos como Vesalio, en anatomía, Paracelso, en la aplicación de la alquimia a la terapéutica, o Harvey, descubridor de la circulación de la sangre). Partiéndose de una creencia médica se extiende ampliamente al campo cultural y creativo. El más espectral de los humores, la no observada e imaginaria bilis negra que supuestamente predominaría en los melancólicos, recorrería el cuerpo de los hombres, haciendo languidecer al que se ve afectado por un exceso del negro fluido. El individuo de carácter melancólico se hace una pregunta trascendente, es más, para él el inhóspito mundo es una gran pregunta: "¿para qué?". Pero no pocas veces el espíritu melancólico es inquieto. Nos encontramos a melancólicos de extraordinaria capacidad de reflexión, de singular inteligencia, posiblemente introvertidos y raros, con una actividad mental intensa que los ensimisma de manera extraordinaria. Estos son capaces de mutar la pregunta melancólica, el "¿para qué?" por un "¿por qué?", interrogándose, en el caso del hombre de ciencia, sobre lo que observa, sobre los fenómenos que ocurren en el mundo (en los que focaliza sus inquietudes). Estos "tiempos de melancolía", valga la paradoja, son los momentos del nacimiento de la ciencia moderna. Y, tal vez, el taciturno Isaac Newton, rara avis, sea el melancólico más representativo de la Revolución Científica (véase el artículo de M. Keynes, "Balancing Newton's mind", análisis riguroso y actual de la singular personalidad y extraño comportamiento del gran científico inglés). Tampoco podemos obviar el carácter oscuro o melancólico de Johannes Kepler, que chocó frontalmente con la personalidad epicúrea o hedonista de Tycho Brahe cuando coincidieron en la Praga del emperador Rodolfo II (sin embargo, a pesar de la difícil relación que tuvieron, qué fructífera pareja científica, síntesis del discurrir teórico y matemático, en Kepler, y la minuciosa observación astronómica, en Brahe).


Lo cierto es que durante el Renacimiento había quien relacionaba la melancolía con la inteligencia, el ingenio y ciertas capacidades extraordinarias (en sintonía con las ideas aristotélicas). Carlo Frabetti en "¿En qué se parece la melancolía a un cuadrado mágico?" (capítulo de su libro de divulgación científica, que recomendamos, ¿El huevo o la gallina?, en Alianza editorial) nos dice que la mayoría de los expertos coinciden en ver en el famoso y misterioso grabado de Durero, Melancolía (1514), en el que aparece un cuadrado mágico de orden cuatro (16 casillas), una alegoría del estado de ánimo deprimido, melancólico, característico del pensador incapaz de pasar a la acción (frecuentemente el intelectual no es hombre de acción). Se creía en el Renacimiento que la melancolía era típica de los estudiosos, ensimismados por sus profundas reflexiones que les hacían parecer enfermos. Por tanto, el grabado de Durero podría ser una alegoría de la inteligencia deprimida.




[Melancolía, obra de Durero (1514). Imagen aquí]



Aunque entre los médicos de la época hay discrepancias, no faltan quienes llevan sus ideas sobre la melancolía hacia la extravagancia, asociándola a las capacidades intelectuales más disparatadas. Así, por ejemplo, Antonio Ponce de Santa Cruz, catedrático en Valladolid (defensor de un galenismo intransigente o contrarreformista), publicó en 1622 el manuscrito de su padre, el también doctor Alfonso de Santa Cruz, Dignotio et cura affectuum melancholicorum, quien estaba convencido de que los melancólicos poseían la extraordinaria capacidad de hablar latín sin tener que haberlo aprendido antes.


Para SABER MÁS:


- R. BARTRA, Melancolía y ciencia en el Siglo de Oro, Revista Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

- M. KEYNES, 
Balancing Newton's mind: his singular behaviour and his madness of 1692 - 93, Notes and Records of The Royal Society (2008).

- J. MARÍA LÓPEZ PIÑERO. La Medicina en la historia. Aula Abierta Salvat. Barcelona, 1981.-

- A. MOYA, 
Una reflexión sobre la melancolía del hombre de ciencia, Mètode (invierno 2002/03).

- J. STAROBINSKI. Historia de la Medicina. Historia ilustrada de las ciencias y de las invenciones. Editorial Continente, Madrid, 1965.




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