La química lo afirma; pero se engaña. No existe la saturación.
[MARÍA CEGARRA. Cristales míos. Poemas de laboratorio (1935)]
La química y poeta de la minera localidad murciana de La Unión, María Cegarra (1899 – 1993), es un claro ejemplo de aquellas mujeres pioneras de las primeras décadas del siglo XX que tuvieron que abrirse paso en el mundo universitario español en una época donde la sociedad, aún, les tenía reservadas a las mujeres las tareas del hogar y el cuidado de la familia. Fue María Cegarra la primera perito químico de España, obteniendo su titulación en 1928. Esto le permitió ponerse al frente de su propio laboratorio de análisis de minerales y dedicarse profesionalmente a la química, también como profesora, de la que se fue enamorando. Y hoy afortunadamente se va reconociendo cada vez más su valiosa y original aportación a la poesía, en la que enlaza magistralmente la química con la evocación y sensibilidad propias de la creación poética, de lo cual son buena muestra sus Poemas de laboratorio, incluidos en su libro Cristales míos, de 1935.
Dando un salto al mundo de la ficción novelesca hay que destacar la aparición, o más bien rescate, en 2018 de una interesante novela protagonizada por una mujer, una joven estudiante de Medicina en la España de los años treinta del pasado siglo, cuando ya es un hecho evidente la lenta pero progresiva incorporación de la mujer al mundo universitario, incluidas las carreras de ciencias. En 2018 la editorial Caro Raggio sacó a la luz la primera edición completa, sin las mutilaciones que en el pasado hizo la censura, de Laura o la soledad sin remedio, que escribiera el gran novelista vasco Pío Baroja en su exilio de París (1936 - 1940), durante la tragedia española de la Guerra Civil. La novela, que ahora podemos disfrutar plenamente, es considerada por muchos como la mejor de nuestro gran escritor después de la Guerra Civil (publicada por vez primera en 1939 en Argentina y posteriormente en Barcelona en 1942).
La novela nos narra las vivencias de Laura Monroy, una estudiante de Medicina en la antigua Facultad madrileña de San Carlos. La personalidad de Laura, de naturaleza melancólica, tendente al decaimiento de ánimo y al sentimiento de soledad, contrasta con el vigor de Mercedes, que lucha y se esfuerza tenazmente para superar las duras circunstancias que le ha tocado vivir. En cierto modo el tema de esta novela tiene elementos comunes con la gran novela filosófica de Baroja, El árbol de la ciencia (1911). Comprenderá el lector que uno, que es barojiano y descubrió un nuevo mundo de pensamiento en su juventud con El árbol de la ciencia, no haya pasado por alto la publicación íntegra de Laura o la soledad sin remedio.
Laura o la soledad... me resulta una novela muy atractiva por diferentes motivos: el ya mencionado de su relación temática con El árbol de la ciencia, la presencia de personajes de formación científica (médicos no podían faltar; el padre de Laura era catedrático de Geología y esta se casó con un astrónomo y matemático), tan frecuente en la obra de Baroja, médico de formación, y, muy destacable, el hecho de que la protagonista, Laura, sea una joven estudiante de medicina en aquellos agitados años treinta del pasado siglo cuando, además, la mujer española comenzaba a incorporarse con pleno derecho a los estudios universitarios. La propia madre de Laura no ve con buenos ojos al principio la extraña dedicación de su hija. Para doña Paz, la madre de la joven estudiante de medicina, Laura debería haber continuado sus estudios de piano y dedicar su tiempo a las tareas de la casa y a la familia pues para ella "las mujeres no servían para estudios científicos". Opinión esta que no debería de diferir mucho de la de la mayoría de hombres y mujeres de aquella época.
En la narración nos dice Baroja que Laura se alegraba de haber estudiado la carrera de Medicina, pues esta le supuso una “lección de realismo duro y fuerte” que “le convenía para su carácter un poco soñador e idealista”. Los estudios de medicina y fisiología y, sobre todo, la práctica y la experiencia hospitalaria “la acercaron a la vida con sus necesidades y sus durezas” (algo que bien conocía Pío Baroja).
Hasta 1910 no se permitió oficialmente en España la matriculación de mujeres en todos los niveles educativos, haciendo posible su culminación con los estudios universitarios. La universidad que se encontraron estas estudiantes pioneras mantenía sin duda aún fuertes dosis de machismo. Nos dice Baroja que no faltaban en la Facultad estudiantes con aires chulescos, impropiamente llamados "castizos", que no escatimaban comentarios a y sobre las chicas del tipo "está que chuta", etc. Había otros estudiantes aficionados a los deportes (que seguían en la prensa las noticias referentes a partidos de fútbol, ciclismo, carreras o combates de boxeo; siendo cada vez menos los apasionados por la tauromaquia en los estudiantes universitarios). Asimismo, buen reflejo de la convulsa y crítica época (los años treinta del siglo XX) en la que se desarrolla la trama, Baroja cuenta que habían dejado la Facultad buena parte de los estudiantes revolucionarios que conoció Laura al entrar en ella, quedando solo algunos comunistas y fascistas.
La obra de Baroja, producto de la avidez lectora del escritor vasco y de su formación científica durante sus estudios de medicina, está llena de referencias científicas (Laura o la soledad... no es una excepción). Pío Baroja sabía bien que la ciencia, como conocimiento objetivo de la realidad con valiosas aplicaciones en diversos campos (entre ellos la salud), puede ser la mejor herramienta para el progreso de una nación y para el bienestar social.
No quiero concluir estas líneas sin recordar a algunas de esas pioneras en los estudios científicos en nuestro país, mujeres decididas y tenaces que abrieron camino para las demás, ejemplo para todos, cuando no faltaban trabas y críticas. María Sordé fue la primera licenciada en Ciencias en España (1914), alumna muy brillante que durante el curso 1906 – 07 fue la única chica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona. Isabel Ovín fue la primera mujer licenciada en Química en España (1917). El fallecimiento de su madre le impidió realizar el doctorado en Madrid y se dedicó a la enseñanza (uno de sus alumnos fue Manuel Losada Villasante, eminente bioquímico especialista en fotosíntesis y bioconversión de la energía, que obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 1995). Felisa Martín leyó su tesis doctoral en 1926, siendo la primera mujer en hacerlo en Ciencias Físicas en nuestro país y, en 1931, es la primera en ingresar en el Servicio Meteorológico (un año después fue becada para estudiar espectroscopía de rayos X en Cambridge, asistiendo a las clases de Rutherford).
Pioneras valientes en una época, las primeras décadas del siglo XX, en la que la presencia femenina en las aulas universitarias es todavía minoritaria.
PARA SABER MÁS:
Las primeras mujeres universitarias en España (1870-1936) | Archivos de la Historia
CIENTÍFICAS PIONERAS ESPAÑOLAS - Mujeres Ingeniosas
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